Luciérnaga, de Joan Valls Capitulo I
Las tres de la madrugada es la hora de la muerte para ellos. Desde hace veinticinco años, el despertador me suena a las tres de la mañana, de martes a domingo, por lo que, al menos los lunes, si no hay continencia de por medio, tienen descanso. A las tres en punto me voy al baño a orinar y ahí están todos esos bichitos de la humedad, como solías llamarlos. A veces, hay tantos en el suelo, que no tengo más remedio que echarles agua con la ducha, y ellos se mueren al instante. Qué humedad, entonces, Mamá. Míralos: los cuerpecillos se quedan patas arriba y ya flotan en el agua que se escurre.
Basta con que una gota les caiga encima para que se mueran al instante, pero con una bondad que no he visto en ningún otro ser vivo. No se revuelven, ni sufren; a lo sumo, se despiden con un lamento demasiado lejano para mí. Y, aunque algunos tratan de huir hacia los zócalos, casi siempre se quedan en el camino y el agua se los lleva en paz hacia el desagüe. Tampoco he acabado nunca de entender lo de “bichitos”. No son bichitos, Mamá; son bichos. Ni muerta va a librarse el mundo de tus diminutivos. Ahí se ha quedado el mundo, lleno de tus pequeñeces, yo como buque insignia, como si las cosas fueran menos malas, o menos repugnantes, o más tranquilas por llevar tu inocencia adosada a la palabra. Sí, sigo durmiendo con Tillito, pero te entristecerá saber que ahora es manco. De tanto utilizarlo como almohada, en algún momento se le desgajó el brazo derecho y supongo que la desidia lo perdió. Al menos le he cosido el muñón para que no se le salgan las estreñas de espuma descolorida. Aunque ahora lo llamo Tillo y, a veces, Tillito, y me he llegado a imaginar que él me dice “Albertito” con esa cara de póquer y entonces yo le digo que no, que ya tenemos los dos casi cincuenta tacos y es hora de ponernos serios.
A las tres y dos acabo de orinar. Me lleva bastante esfuerzo por causa de algunos problemas que ya te contaré más tarde. Inspecciono de nuevo el suelo por si hubiera algún bichito o bicho agonizante y entonces me lavo los dientes. Lo hago más que nada por si mi jefa me pregunta algo. Tiene la costumbre de hablarle muy de cerca a todo el mundo, así que no quiero que se lleve una mala impresión. También es por higiene, Mamá, pero lo mismo me los podría lavar a las siete de la mañana, cuando regreso del trabajo. No hay noche en la que no me entren arcadas al cepillarme los dientes. Siempre me acabo imaginando a todos esos bichitos en mi boca. Luego me peino los pocos pelos que me quedan y me pongo el uniforme fosforescente. Ah, me olvidaba decirte que Tillito está tuerto. Lo mismo que al brazo le ocurrió al ojo.
Con la ropa de trabajo, la cosa va rápida; lo más difícil es meterse en el chaleco. Como me lleva un tiempo, me pongo bajo la lámpara para aprovechar la luz y que el traje brille más en la oscuridad. A las tres y diez salgo de casa y en dos minutos ya estoy en la oficina. Mi jefa, que me quiere como a un hijo, me tiene siempre preparados los 290 periódicos en una mesita especial que hay cerca de la entrada: 130 ejemplares del “Nacional”, 120 de “L´hora de Catalunya” y 40 de “Catalunya Economia”. El vagón que utilizo para transportarlos no es como el del resto de mis compañeros. Me lo hicieron a medida los de la división de reparaciones de la empresa y le añadieron un taburete que encaja en la parte delantera del carrito. Tendrías que ver con qué destreza cargan mis compañeros los periódicos de sus manzanas. Toman montones de treinta ejemplares, los meten en los vagones y en cinco minutos ya están listos. Los hay que en una noche reparten tres manzanas. Cargarlos me lleva a mí veinte minutos largos. Luego cojo el libro con las direcciones de los suscriptores, las llaves de los edificios y parto hacia la noche, a distribuir una vez más toda esa mierda periodística entre ronquidos y sueños que se me escapan.
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