Si a ese caballerete le arrimaran una botellita, qué sé yo, de vodka por ejemplo, para que la oliese un poquito nada más, a lo mejor eso le aplacaría los nervios. Se quitaría la peluca de Luis XIV y se daría cuenta de que es sólo un patético payaso aunque, eso sí, con muchos años de oficio en el circo.