El ciudadano liberal Jiménez Losantos: un discurso para las personas
No sé si se habrán dado cuenta, pero la COPE está recortando a toda velocidad la distancia que le separa de la SER gracias a que toda la izquierda se ha puesto a escuchar a Jiménez Losantos. Es maravilloso lo que está consiguiendo este tipo. Reconozco que le envidio tanto como un ser humano puede envidiar a otro. Tiene a todo un país soliviantado simplemente opinando. Y es sólo una persona, un simple individuo. Cada día un montón de pequeños funcionarios pegan la oreja al transistor y se ponen a transcribir sus diatribas para su jefe, que puede ser de profesión Rey o subsecretario de un ministerio fantasma, estilo vivienda. Y todos los grados intermedios, claro. Resulta divertido imaginarse a Montilla o a Rubalcaba en el trance de leer algunas líneas, con las venillas de su cara inflamándose de ira contenida. Más divertido aún resulta imaginárselos escuchándole a escondidas, hasta que alguien le interrumpe y vuelve a poner rápidamente a Francino mientras trata de ocultar el gesto de niño cogido in fraganti en alguna travesura.
De pequeño me reía a carcajadas leyendo a Mortadelo y a Super López. Mi madre solía entrar en mi habitación para preguntarme si me pasaba algo. Bien, ahora me pasa lo mismo leyendo lo que escriben sobre el director de La Mañana de la COPE un Luis del Olmo o un Matías Antolín. Por no hablar de lo bien que deben caer sus peroratas en Génova o en la sede de la FAES, concretamente en su despacho más importante.
El caso es que Jiménez Losantos ha montado una tremenda con la sola arma de la palabra, lo que es digno de admirar, más allá de coincidencias o discrepancias concretas.
A algunos los tiene al borde de la histeria, y ya manifiestan tics como el de aquel tipo de la película de Hichtcok que se disfrazaba de negro en aquella escena del travelling divino. Otros se atragantan a la hora de hablar (véase la vicepresidenta, que, bien es verdad, se atraganta con casi todo). A otros muchos les ha dado por parecer menos sectarios de lo que en realidad son y hasta critican a Castro (se nota la influencia de don Federico). Todos, en cualquier caso, se han instalado en la consigna única, como salida de la misma pluma: fomenta el odio y transgrede los límites de la libertad de expresión. Dicen. Qué risa.
Yo me río mucho con Federico Jiménez Losantos, la verdad. Aunque reconozco que algunas cosas me chirrían, en especial, cuando hace bromas con el físico de las personas. Eso no debería hacerlo. Tampoco me gusta el excesivo empeño en destacar la ignorancia o incultura de personajes públicos. Se puede hacer una buena gestión política sin ser doctor en La Sorbona o en Oxford. Aunque no es un dato irrelevante lo indocumentados que son algunos responsables públicos, y debe conocerse, lo cierto es que creo que no debe hacerse escarnio de ello, salvo que exista relación entre este hecho y alguna actuación determinada. Pero eso sólo ocurre de vez en cuando. Y además, eso me molesta a mí, pero sé bien que no se le odia por eso.
Se le odia porque consigue convocar a un montón de gente cada mañana ante la radio con un discurso que se sale de la raya a la cruz del monótono e imperial de la corrección política, que es fundamentalmente un discurso de izquierda disfrazado de presunta objetividad democrátrica (como si tal cosa fuese posible). Se le odia no porque provoque odio, gran mentira, sino porque ha devuelto el orgullo a muchos cuyas opiniones son apartadas de las tribunas públicas, denigradas, avergonzadas pero nunca, nunca rebatidas. No se suele molestar nadie en ello.
Jiménez Losantos respeta al ciudadano común, al trabajador sufrido, al que vive en los barrios, al que de verdad lleva a sus críos a los colegios públicos. No los trata como tarados. Un discurso que da un lugar preponderante a los impuestos del ciudadano normal y corriente que cobra una nómina o es un autónomo con cinco empleados o tiene un par de kilos ahorrados esforzadamente en acciones del Santander. Un discurso que gira alrededor de la persona, del ciudadano, español para más señas. Un discurso que se opone a eso que se ha dado en llamar buenismo con acierto y que se opone con rigor, con entusiasmo, con pasión.
Antes el ciudadano del barrio que el de algún país exótico. Pero, en contra de lo que escupe la demagogia izquierdista oficial, en contra de los postulados unánimemente asumidos por los socialistas de todos los partidos, también se preocupa y se acuerda, y mucho, del ciudadano del país exótico. De diversas maneras. En primer lugar porque defiende la apertura de los mercados y el fin de las barreras proteccionistas a la globalización, porque se opone a la economía subvencionada del estilo de la agricultura europea, única idea que realmente puede ayudar a erradicar la pobreza. Es un discurso radicalmente partidario del capitalismo, sistema que ha llevado a la humanidad más cerca que nunca de la libertad y la prosperidad, tan lejos de las pesadillas en que se convirtieron las utopías redentoras.
Y en segundo lugar, porque se opone al camelo que representan muchas de las llamadas ONG’s y que en realidad están haciendo más mal que bien a los que se supone que quieren ayudar. Las critica duramente porque se lo merecen, digan lo digan desde los altares de la corrección política. Organizaciones como Greenpeace son auténticos monstruos que ya no pueden parar de ser lo que son porque se han convertido en un modo de vida para mucha gente, en un soberbio negocio, en una gran multinacional de los buenos sentimientos. Antes la fábrica de las afueras que Kioto, ahora y siempre.
Y se extrañan del éxito de Jiménez Losantos. Y dicen que hace un discurso para las vísceras, ellos los racionales. Los racionales que si pueden no mandan a sus hijos a la enseñanza pública, que si pueden no viven en un barrio de inmigrantes sin papeles y sin trabajo, que no tienen que trabajar en la maderera que Greenpeace quiere cerrar, que llegan tranquilamente a fin de mes y que rebajar un poquito los impuestos no les hace diferencia, que son tan distinguidos, cosmopolitas y cultos que no tienen problemas en ver desmembrada su patria.
Ay, porque eso tampoco gusta de Jiménez Losantos, que sea orgullosamente español. En fin, como si nuestras libertades no estuvieran todas y cada una de ellas basadas en el hecho de ser españoles y tener la fortuna de vivir bajo soberanía española, esa soberanía que disgusta a tantos y en la cual se basa la Constitución del 78 que nos ha permitido vivir como en ningún otro momento de nuestra historia. Ni siquiera eso se le perdona.
Pero son tan, pero tan pobres los argumentos esgrimidos contra el periodista de la COPE que nadie ha tomado la iniciativa y le ha denunciado absolutamente por nada, lo cual es un milagro si damos por bueno todo aquello de que se le acusa. Son tan pobres los argumentos en su contra que hasta se ha visto a uno de Esquerra irritado porque presuntamente el aragonés había ¡injuriado al Rey!
Hay algo que a Jiménez Losantos no le pueden perdonar: critica a diestra y a siniestra, algo que está totalmente fuera del alcance de las mentes sectarias que dirigen intelectualmente hablando este país. Pero es algo que encanta a sus oyentes. Considera a Aznar el mejor presidente de la democracia, un gran presidente. No obstante, le critica sin piedad y ya lo hacía cuando aún estaba en el poder, lo que le hizo ganarse su enemistad eterna. Esta independencia de criterio es un valor que ninguno de sus enemigos puede esgrimir. Es la garantía y el fundamento de su éxito.
En definitiva, son tan, tan pobres los argumentos esgrimidos contra él que se basan exclusivamente en llamarle esto y aquello.
Pues yo me río y hago un fácil pronóstico. A no mucho tardar se comerá a Francino como antaño la Antena 3 de Antonio Herrero se merendó a todos sus competidores sin frecuencias de onda media. Porque, en contra de lo que piensan en la izquierda, a la gente no se la puede convencer absolutamente de todo y –oh sorpresa- a veces las personas hasta ponen la radio que les sale de las narices.
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