MUJERES DEL SIGLO XXI Conversaciones virtuales con J.H. Newman (I)
Las luces de la mañana empezaban a aparecer por el horizonte. Poco a poco, íbamos vislumbrando la maravillosa campiña inglesa y la silueta de los colleges bañada por una capa dorada que hacía del paisaje una obra de arte.
Y fue entonces cuando mi amigo John Henry Newman (1801-1890) -Cardenal de la Iglesia Católica- me sorprendió con estas palabras: “Después de vagar una noche por una ciudad encantada, mira hacia atrás al amanecer y comprueba con asombro que los edificios han desaparecido, que se han disipado- como los fantasmas y la niebla- bajo la luz del naciente día.”
Nosotros seguíamos ahí, sentados en un banco de Merton Grove, bajo la sombra de mi castaño preferido. Sin darnos cuenta, habíamos pasado la noche charlando sobre la Iglesia Anglicana, el verdadero espíritu de la universidad y la vida universitaria, la vocación, la importancia de la coherencia y del testimonio de vida, de… ¡Tantas cosas!
Ya sé que charlar con un difunto no es cosa frecuente. Sin embargo, la actualidad de su vida y de sus ideas -teológicas y educativas- bien compensa este pequeño esfuerzo, ¿no os parece?
Remedios- En los últimos años, su vida y sus obras están siendo objeto de numerosos estudios por parte de académicos especializados. ¿No le sorprende que después de tantos años su figura siga manteniendo actualidad?
J.H. Newman: Sí, la verdad es que me sorprende. Tal vez se deba a la reciente publicación de parte de mis obras, que, aunque fueron escritas en la segunda mitad del S.XIX, contienen aspectos de carácter universal, que pueden interesar a los hombres de todos los tiempos.
R.- Usted fue considerado un inconformista durante toda su vida. Abandonó privilegios y comodidades y siempre estuvo dispuesto a iniciar nuevas tareas. ¿Cómo explicaría su inconformismo a la sociedad que le rodea?
J.H.N..- Es cierto que durante mi vida no estuve quieto mucho tiempo en el mismo sitio, aunque los últimos cuarenta años de mi existencia los dediqué a trabajar en el Oratorio de Birmingham. Sin embargo, sí es cierto que mi pluma y mis opiniones eran ampliamente difundidas en la Inglaterra de mi época, y que acometí numerosos proyectos, algunos en vano, y otros con más provecho. La razón última de mi actitud ante la vida se basó siempre en la búsqueda de la Verdad. Esa búsqueda me llevó a crear y fomentar el MOVIMIENTO DE OXFORD, con el que varios clérigos anglicanos pretendimos una modernización de la Iglesia anglicana, mediante la búsqueda de sus virtudes. Lamentablemente para la Iglesia Anglicana, esta búsqueda puso ante nosotros a la única Iglesia verdadera, la Iglesia Católica, tan denostada socialmente en mi país. Piense Ud. que un converso en la Inglaterra victoriana era socialmente un ser marginado y al que todos los demás se sentían con derecho a ultrajar.
R.- Pero sus conflictos no provenían siempre de sus antiguos colegas anglicanos. También con la Jerarquía Católica sufrió incomprensiones. ¿Por qué a un converso tan ilustre como Ud. no le fue más sencilla su conversión al catolicismo?
J.H.N.- La respuesta a esta pregunta deberían formularla aquellas personas a quienes Ud. se refiere. Desde mi punto de vista, nunca pretendí nada más que defender mis puntos de vista sobre las cuestiones que me habían llevado a la conversión, y lo que yo pensaba de buena fe que podría ser útil a la Iglesia y a la sociedad de mi tiempo.
R.- La Iglesia Anglicana atraviesa en la actualidad por una etapa crítica. Un ejemplo de ello es la norma que autoriza la ordenación sacerdotal de mujeres que ha desencadenado una tormenta en su seno. ¿Que piensa Ud. sobre este tema ahora que ya no le afecta como feligrés?
J.H.N.- No deja de ser una consecuencia de la inconsecuencia sobre la que se asienta la existencia misma de la Iglesia Anglicana. Ya en el S.XIX no se advertían en ella las notas que deben identificar a una Iglesia para poder ser considerada como tal y, lamentablemente, el paso del tiempo no ha hecho más que agudizar la situación. Su dependencia absoluta del poder civil es una de las evidencias de que la Iglesia Anglicana no puede ser tomada como una Iglesia verdadera. De todos modos, siguen existiendo creyentes de buena fe en ella, cada vez menos, es duro reconocerlo, a los que agradaría un proceso de convergencia con la Iglesia Católica. Para muchos anglicanos de buena fe, el ambiente en su propia comunión es cada vez más irrespirable. El goteo de conversiones individuales hacia la Iglesia Católica es constante. Además, no debe perderse de vista que, cuando un clérigo anglicano se convierte al catolicismo, hoy como en el S.XIX, pierde toda su posición social, su trabajo, su pensión y su casa, pagadas por el Estado, y además, accede a una Iglesia en la que no puede ostentar un ministerio por su condición de casado; la verdad, no les resulta fácil.
R.- Hábleme de sus principales obras.
J.H.N..- Afortunadamente para sus lectores, es fácil acceder a algunas de mis obras. Existen muy buenas traducciones de PERDER Y GANAR, de APOLOGÍA POR VITA SUA, de CARTA AL DUQUE DE NORFOLK, THE IDEA OF A UNIVERSITY- la niña mimada de mis ojos- y, la colección de mis Cartas, recientemente publicadas. Las traducciones realizadas, especialmente por Víctor García Ruiz, me parecen muy ajustadas a los textos originales. Además, en ellas se puede saborear el ambiente victoriano que impregnaba la sociedad de mi tiempo y, sobre todo, el mundo académico de la Universidad de Oxford. Pero deberíamos dejarlo para otro día, estoy un poco cansado. Y hablar de las posibilidades para crear una Universidad Católica no es fácil, puesto que, antes de ser católica, debe ser Universidad.
Con la promesa de reencontra
rnos otro día, a la misma hora bajo el mismo castaño florecido, nos despedimos.
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