MUJERES DEL SIGLO XXI “No hay cárceles para todos”
El otro día, charlando sobre los acontecimientos políticos, sociales y culturales de estas ultimas semanas, una amiga me comentó: “Pobres hijos nuestros, menudo mundo que les espera”.
Cuando se trata de la educación de los hijos, todos coincidimos en que los padres tenemos la obligación y la responsabilidad de educar a las mujeres y a los hombres del futuro. Educarlos para ser personas con ideas claras, profesionales competentes y , ciudadanos responsables, íntegros y coherentes. Queremos que nuestros hijos sean amigos leales y comprensivos, solidarios con los necesitados, respetuosos con sus oponentes... pero nos falta conseguir un objetivo educativo fundamental en nuestra sociedad: enseñar a desarrollar la capacidad de exigir, luchar y defender unos ideales altos que den sentido al dolor, el trabajo, el sufrimiento, el esfuerzo, con el objetivo de crear un mundo justo y bueno dónde poder vivir.
Si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta de que MUCHOS padres tenemos una asignatura pendiente con nuestros hijos. Bueno, tenemos muchas, pero, con los tiempos que corren, hay algo a lo que nunca le hemos dado demasiada importancia y que merece un poco de reflexión. Os cuento.
Esta asignatura pendiente la podríamos titular: “Aprender a defendernos”. Debemos enseñar a nuestros hijos a quejarse ante las injusticias, a manifestarse en contra de la avalancha de descréditos y barbaridades a los que nos tienen acostumbrados nuestros lideres políticos, a denunciar públicamente los delitos que se cometen en los medios de comunicación contra la dignidad de la persona e integridad moral y física de nuestra sociedad, a no tener miedo a enfrentarse con los poderes institucionales ante las coacciones e interferencias hacia nuestras propias convicciones, a vencer la pereza de salir a la calle para hacer oír su voz.
No voy a negar que este tipo de educación lleve consigo una ración de exigencia con la que tenemos que contar. Primero, tenemos que exigirnos a nosotros y, luego, exigir a nuestros hijos. No olvidéis que nuestros hijos tienen derecho a ser exigidos para crecer.
Y, sobre todo, hay que tener en cuenta una cosa muy importante: no podremos enseñar si no sabemos lo que tenemos que enseñar. Y no lo sabremos si no las vivimos. Como dice David Isaac en su libro La educación de las virtudes, “si nuestros criterios -lo más valioso que tenemos- son buenos y los vivimos congruentemente, no hará falta “convencer” a los hijos. Se tratará, más bien de dejarse ver, exigir y orientar”. ¡Que los niños vean que luchamos por conseguir las mismas metas que les exigimos a ellos, sencillamente porque es bueno para nosotros y para los demás!
Los hijos sólo necesitan tres cosas para aprender: tener un MODELO, saber IMITAR y, si se lo hacemos atractivo, tendrán GANAS DE REPETIR. Y el resultado final valdrá la pena, os lo aseguro.
Me gusta pensar que, en un futuro no muy lejano, nos encontraremos por la calle gritando el mismo lema que aquellos manifestantes bielorrusos: ¡No hay cárceles para todos!
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