Para una vez que la ministra Bibiana Aída dice algo sensato, que el velo islámico es un símbolo de la sumisión de la mujer al hombre, viene la vicepresidenta De la Vega y, además de llamarle la atención, lo define como legítima expresión cultural y religiosa.
El velo en cualquiera de sus formas, sea pañuelo, hiyab, abaya o burka, es una pieza, preislámica para evitar la lubricidad, incluyendo la de los dioses más viriles en sus templos.
Lo que muchas culturas fueron abandonando, y en el cristianismo sólo usan las monjas, en el islam se mantuvo por indicaciones coránicas, pero, sobre todo, de los hadizes que complementan la doctrina.
Por una razón sencilla: los hombres del desierto que viajaban con sus caravanas querían proteger su honra impidiendo que sus mujeres expresaran o inspiraran lujuria.
Protección en ambos sentidos, porque en el imaginario arábigo y centroasiático, enseguida islámico, la mujer es de natural impúdico y debe ser reprimida. Por eso tiene que llevar velo. De castidad.
Aunque se cree que los cinturones de castidad son de origen cristiano, abunda la literatura en árabe sobre esta prenda que hace siglos provocaba en ambas culturas muchas muertes por infecciones.
El cinturón de castidad es un instrumento más cruel que el velo, pero su razón de ser es exactamente igual: mantener a la mujer apartada de las tentaciones sexuales propias y ajenas.
Y ahora resulta que para la progresista y feminista Teresa Fernández de la Vega la represión es un signo de cultura y no de sumisión ni de esclavitud.
Es como si Boyle, Harris, Bacon, Browne, Voltaire, Rousseau, Diderot y tantos racionalistas que nos liberaron de supersticiones con la Ilustración dijeran que el cinturón de castidad es un signo de cultura que debemos mantener: ¡Bravo, vicepresidenta!

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