La nueva Ministra de Igualdad (el mismo nombre ya mueve a preocupación) ha querido mantener el nombre de su área de gobierno y ha pretendido equiparar, entre hombre y mujer, el tema del vestir en el mundo islámico.
Para la Sra. Aído, Bibiana de nombre, no es entendible que “los hombres árabes vayan vestidos al modo occidental mientras ellas llevan vestidos largos y pañuelos”. Y cuando dice “ellas” se refiere, obviamente, a las mujeres de religión musulmana.
Se habla de vestidos: más o menos largos; de pañuelos y, por supuesto, del famoso velo.
Pero como la política de lo políticamente correcto no podía permitir tal palabrería tuvo que salir al quite la vicepresidenta primera del Gobierno, la Sra. María Teresa Fernández de la Vega para dejar bien sentado cuál es la opinión del Gobierno: ha corregido lo dicho por la ministra y ha dejado caer que lo importante es “el respeto a las tradiciones culturales” aunque se hayan de ajustar a la legislación vigente.
Sin embargo, la legislación española establece una igualdad básica porque lo dice el artículo 14 de la Constitución Española aún vigente: “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o socia”.
Bien. Esto es lo que podemos decir desde nuestro punto de vista occidental y, más concretamente, español.
Ahora hemos de acudir a una fuente inmediata que nos informe qué es lo que se piensa en el mundo musulmán sobre vestidos y velos.
La página web www.islamenlinea.com dice lo siguiente con relación al velo:
“En una sociedad que sin ninguna vergüenza expone el cuerpo y la intimidad de una mujer públicamente, donde la desnudez de algún modo simboliza la expresión de la liberación femenina, y donde los hombres llevan a cabo sus más depravados deseos sin ningún límite, cuesta poco entender por qué muchas mujeres musulmanas deciden llevar el hiyab, o velo.
Sin embargo, las generalizaciones sobre el Islam y los musulmanes que llenan los medios de comunicación – y la mente de muchas personas – hoy en día, estigmatiza injustamente a la mujer musulmana que se cubre considerándolas oprimidas o fanáticas y fundamentalistas. Estas consideraciones están gravemente erradas y son totalmente imprecisas. No sólo se mal interpreta el fuerte sentimiento de estas mujeres hacia el hiyab, sino que también se desconoce el coraje y la identidad que les brinda.
Dentro de los prejuicios más comunes, se cree que la mujer musulmana que lleva hiyab está forzada a hacerlo. Nada puede estar más lejos de la verdad. Ciertamente la decisión final de llevar hiyab no se alcanza tan fácilmente y normalmente lleva días de meditación, de temor a consecuencias y reacciones adversas y finalmente un gran coraje al momento de decidir. Llevar hiyab es una decisión personal e independiente que surge de apreciar la sabiduría que subyace en la orden de Allah y del deseo sincero de complacerlo”.
Está visto que en este texto hay, sobre todo, una imposibilidad manifiesta: se dice que la decisión es causa del coraje pero, a la vez, se dice que la misma se toma tras días de meditación, “de temor a consecuencias y reacciones adversas...”. Esto es verdaderamente incompatible con la libertad y tiene más relación con el miedo insuperable, lo cual no es, precisamente, un índice muy alto de ejercicio del libre albedrío.
Pero también conviene volverse al libro sagrado musulmán, el Corán, para ver lo que dice, en general, sobre el vestir.
La Sura 24 (“La Luz”)-31 dice que ”Y di a las creyentes que bajen la vista con recato, que sean castas y no muestren más adorno que los que están a la vista, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino a sus esposos, a sus padres, a sus suegros, a sus propios hijos, a sus hijastros, a sus hermanos, a sus sobrinos carnales, a sus mujeres, a sus esclavas, a sus criados varones fríos, a los niños que no saben aún de las partes femeninas. Que no batan ellas con sus pies de modo que se descubran sus adornos ocultos. ¡Volveos todos a Alá, creyentes! Quizás, así, prosperéis”.
Bien podemos decir, con este simple ejemplo, que la concepción que se tiene de la mujer no es, digamos, de mucha ostentación de libertad. Por ejemplo, se habla de “adornos” para referirse a las partes femeninas (pues más adelante se hace tal cosa al referirse a los niños) lo cual es una evidente cosificación de la mujer.
Y esto no parece muy de acuerdo con la defensa de la igualdad que debería proteger la Sra. vicepresidenta del Gobierno.
Pero, por aportar algo que pueda resultar significativo ante la cobardía gubernamental (muy relacionada con lo políticamente correcto y con el respeto humano o qué dirán) baste el ejemplo del que ahora se hace referencia:
En diciembre de 2007, un hombre, de 57 años de edad, fue detenido en Toronto porque había asesinado a su hija de 16 años de edad.
Esta noticia es ya, en sí misma, grave. Sin embargo, debería ser entendida como más que grave cuando se diga cuál fue la causa de tan antinatural acción: la mató porque la hija se negaba a llevar velo islámico.
Se podrá decir que personas exaltadas las hay en todos los lugares del mundo pero difícilmente las habrá de otra religión que no sea el Islam en el que una persona puede llegar a matar a otra por no cumplir una práctica religiosa de, además, dudosa importancia.
Habrá alguien que tal comportamiento venga causado por un exceso en el cumplimiento de la fe. Sin embargo lo que, verdaderamente es, es puro y simple fanatismo y nada relacionado con la igualdad.


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