Dice Ignacio Merino, nombrado por la Gran Logia Simbólica Española (GLSE) director de comunicación de la misma, que “la salud de la masonería en España es ahora bastante buena” y que parece que la sociedad española tiene interés por tal tipo de asociaciones filosóficas. Tanto una cosa como otra deben producir, a todo cristiano y a cualquier católico, en primer lugar, no poca extrañeza y, acto seguido, onda preocupación.
Es extraño, decimos que una sociedad secreta, por arte de birlibirloque se haya convertido, o pretenda convertirse en algo accesible a casi cualquiera cuando la esencia de la misma es, precisamente, el ritual contrario a la publicidad y los contenidos doctrinales no muy propios de otras corrientes de pensamiento.
Por tanto, no vemos cómo es posible que llame “mucha gente de toda condición a nuestra puerta solicitándonos información y pidiéndonos entrar”
Sin embargo, como la libertad está, se supone, garantizada en España, quizá sea una percepción que tiene el Sr. Merino.
En verdad, es sintomático de la verdad de la situación cuando se puede mantener, en la misma noticia, dos cosas contrarias: dice, la persona citada, que, en realidad, la masonería no es una sociedad secreta pero, a la vez, que se explica que el secreto que “ha rodeado siempre a la masonería se justifica en que es una sociedad iniciática y que como tal mantiene hacia el interior una serie de ritos y de disciplinas, secretos incluso para los distintos grados de los que se adentran en ella y que van conociendo según avanzan en ese camino iniciático”.
Y esto, claramente, es una auténtica perturbación de la lógica: si no es secreta la masonería no se entiende como sí pueda tener rituales que, en sí mismos, son secretos.
Sin embargo, podemos entender lo que pasa sabiendo que, en realidad, se trata, más que nada, del ejercicio de lo políticamente correcto adaptado a cada situación. O sea, plenamente moderno.
Pero esto debe carecer, casi, de importancia porque, en el fondo, en el armario del que dice el Sr. Merino que ha salido la masonería, quedan encerradas muchas cosas no siempre buenas ni siempre benéficas.
En verdad, lo que más nos preocupa, como hemos dicho arriba, es el hecho mismo de que la masonería pueda tener gran difusión en nuestra patria, tradicionalmente católica pero, también, quizá, algo alejada, en el fondo, de la misma fe por una falta generalizada de formación en la misma y en los valores que la misma tiene y transmite. Esto último puede convertirse en un vivero de posibles adeptos a la Masonería porque, en realidad, no se comprende que no es posible la denominada doble pertenencia (Iglesia católica-Masonería)
Es posible que más de un católico se haya preguntado si es posible pertenecer, además de la Iglesia católica, a la misma masonería porque ella misma difunde que sus ideas tienen una relación, en el fondo, comunes con el cristianismo.
Sin embargo esto está alejado de la realidad tanto que la similitud es, sólo, mera coincidencia.
Pero, en la más pura superficie de las cosas, en la más estricta evidencia de la realidad, bien podemos hacernos la siguiente pregunta:
¿Por qué un católico no puede ser masón?
Para dar respuesta a esta pregunta, don Fernando José Vaquero Oroquieta nos ofrece una explicación, bastante clarificadora, en el número 43 de la revista Arbil:
“El Teocentrismo cristiano nada tiene que ver con el antropocentrismo propio del humanitarismo masónico.
Para la masonería, la Revelación no tiene sentido. Sólo sería posible un esfuerzo intelectual y práctico del hombre para vivir y conocer la Tradición.
Por otra parte, dado el carácter "esotérico" (oculto) de la masonería, ésta pretende nivelar todas las religiones, de lo que se deriva un deísmo vago y etéreo, reductor del mensaje cristológico, de modo que Jesús ya no sería —según esa visión-- el "centro de la historia y del cosmos". Jesús sería, eso sí, un gran maestro, un gran iniciado, pero al nivel de Buda, Mahoma, Zoroastro, etc.
El Gran Arquitecto del Universo es un concepto abstracto; no sería un ser personal.
La razón es autónoma de cualquier instancia, para la masonería. Lo que contrasta con la adecuada relación entre razón y fe de la Iglesia católica.
La tolerancia masónica, al considerar iguales a todas las religiones, incurre en un indiferentismo religioso imposible de conciliar con la afirmación de que Jesucristo es El Camino, La Verdad y La Vida. Con ello se incurre en un cierto sincretismo religioso.
La moral, a juicio de los masones, no está ligada a ninguna creencia religiosa en particular: moral subjetiva.
Según su concepto de la verdad, no es posible su conocimiento objetivo.
La libertad es un valor absoluto para la masonería, pero ello contrasta con los juramentos (el secreto) y normas que se impone a sus miembros en los ritos de sus ceremonias”
O sea (dicho esto para las personas que puedan albergar alguna duda en su corazón) que frente a reconocer a Dios como centro de nuestra vida se reconoce al hombre como tal posibilidad; que la Revelación no es importante; que se pretende poner al mismo nivel a todas las religiones y, por tanto, hacer de Jesucristo un profeta más y, por tanto, todo es igual para que nada valga la pena; no existe relación entre razón y fe…
Y esto apunta, exactamente, a que la masonería (de la española se escribe ahora) tiene muchas cosas escondidas en el armario de donde ha salido porque, en realidad, no ha salido para abrirse sino para encerrar, en tal armario, a todo incauto que se deje vencer por los nuevos/viejos métodos masónicos.

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