Hace unos días el hijo de un notable falangista y franquista de Toledo, José Bono, amonestó en el Parlamento que preside a un combatiente de la guerra civil, comunista y expreso político de Franco, por enarbolar allí una bandera de la II República.

El anciano la había introducido al homenaje que, siguiendo la Ley de la Memoria Histórica, se le ofrecía a 300 antiguos excautivos de Franco.

Fue una situación típica del sadomasoquismo español, secuela de la Guerra Civil. Porque, ¿era malo el padre franquista del socialista Bono y bueno el excombatiente comunista de la bandera republicana, era al revés, o eran malos o buenos ambos?

Este debate surge porque hay homenajes a los excombatientes de la guerra civil. Franco se los hacía a los suyos. Los llenaba de honores. A los rojos los fusilaba o los tenía en prisión varios años. Era un dictador. Murió hace 33 años.

Muchos cabecillas rojos fueron también brutales torturando y asesinando en su zona. No luchaban por la libertad, como dice la propaganda falsamente progresista, sino por la dictadura del proletariado. Si Franco hubiera perdido, estos habrían creado una nueva URSS estalinista.

Uno observa a los excombatientes aún vivos de ambos bandos –no a los que fueron a la guerra forzados, soldados inocentes— y siente que no hubiera querido tenerlos cerca cuando eran jóvenes henchidos de furor, ideología, exhibían banderas y mataban disparando a las nucas, inmisericordes, sin remordimientos.

Rojos y azules, azules y rojos: en las retaguardias asesinaron indiscriminadamente por igual, y numerosas fuentes no politizadas dan casi las mismas cifras por cada bando.

Los homenajes a los excombatientes voluntarios y fanatizados militantes, azules o rojos, son indeseables en la democracia actual: da sonrojo aquella España sangrienta que ellos fabricaron y alimentaron, intransigente, sectaria y vengativa.