"Para los europeos, lo peor de Bush ha sido su política internacional. Para nosotros, lo peor ha sido su política interior". Por supuesto, quien me hizo este comentario no era un apasionado votante demócrata, a la caza del político republicano, sino uno de los miles de votantes republicanos que han acabado repudiando a su propio líder.
Seguidor generacional de los republicanos -"toda mi familia, siempre…"-, John S. representa en propia carne la enorme decepción que ha significado George Bush, y no por ser un desaforado militarista, sino por ser, además, un pésimo gestor.
A diferencia de los votantes demócratas, que referencian la política internacional, o las mentiras del presidente, o su radicalismo religioso, como motivos de su crítica frontal, en las filas republicanas abunda la convicción de que Bush ha agravado la crisis económica y no ha aportado ninguna solución a los problemas endémicos de su país.
Ha sido tal su incompetencia que ha conseguido algo muy raro: hacer coincidir, en una misma valoración, a demócratas y republicanos. Casi todos consideran que George Bush ha sido el peor presidente de Estados Unidos en décadas. Y si esa coincidencia es rara, aún lo es más la coincidencia americana y la europea, generalmente a miles de kilómetros una de la otra. Podríamos decir que Bush ha conseguido que todos, seguidores y contrarios, propios y extraños lo valoren con la misma puntuación. Es decir, bajo cero.
Como escribí, ya a los inicios, que Bush me parecía una opción nefasta, no necesito expresar ahora ninguna sorpresa. Y ello a sabiendas de que su adversario John Kerry fue uno de los peores candidatos que han presentado nunca los demócratas, miembro del Club de los millonarios del Senado, visto por la mayoría como un auténtico pijo.
Pero con todos sus defectos, esposa del Ketchup incluida, Kerry parecía mejor opción que el hijo de Bush, cuya primera presidencia ya se había significado por su homenaje a la nada nietzschiana. Después vendría la cruenta e irresponsable guerra de Iraq, las mentiras perpetradas a escala planetaria, la incapacidad de administrar la posguerra, la muerte masiva de ciudadanos iraquíes y de soldados norteamericanos, la vergüenza de Guantánamo y, en definitiva, la demostración de que George Bush había administrado un momento delicado de la historia como un elefante enloquecido en una tienda de cristal de Murano.
De sus dos mandatos, personalmente salvaría a Colin Powell y a Condoleezza Rice, los dos excelentes vasallos, si hubieran tenido buen señor… Pero más allá de los matices, lo realmente cierto es que Bush ha protagonizado un momento triste de la historia de su propio país. No es extraño, en este sentido, que el candidato Barack Obama ponga el acento en la necesidad de recuperar "la dignidad" de Estados Unidos, tanto en el propio país como en el mundo. Porque la percepción de haber perdido la dignidad es, hoy por hoy, un sentimiento altamente extendido.
Con todo ello, las manifestaciones que han jalonado la visita de Bush por Europa no me causan sorpresa, pero sí cansancio. Y no tanto por la expresión lógica de rechazo, sino porque en ellas siempre se encuentran, en común griterío, todas las familias del antiamericanismo más reaccionario, capaces de denostar a Estados Unidos con la misma furia que perdonan a las peores dictaduras.
Estos gritones del viejo yankees go home sólo se conmueven con Guantánamo, pero no se preocupan de Darfur, o del terrorismo islamista, o de la seria amenaza iraní. Son los practicantes de la solidaridad tuerta, cuyo único ojo sólo llora si el malo es un yanqui. El resto de víctimas no le interesa. En fin, Bush acaba su mandato, pero, por desgracia, con él no se acabarán los gritones antiamericanos. Y no porque el próximo presidente vaya a ser bueno o malo, sino porque, para una determinada izquierda europea, la única identidad que les queda es el antiamericanismo. Puro ADN, en pleno naufragio de ideas.
Artículo publicado en La Vanguardia

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