Las gorras de béisbol, caracterizadas por su gran visera arqueada, comenzaron a verse fuera de los campos de juego estadounidenses como parte del uniforme pandillero del Harlem que se acompañaba, además, de bates y otras armas para descalabrar a las bandas rivales.

Se volvieron así un violento símbolo tribal que popularizaron las películas y series de Hollywood y que copiaron enseguida las pandillas latinas.

En España la ponen ya numerosas cabezas, casi siempre de bandas latinas, pero también de alguna gente común que, sin saberlo, provoca en bastantes personas desconfianza e inquietud.

Porque lo que la gente lleva en la cabeza, como las plumas y los huesos desde tiempos primitivos, emite un mensaje sobre la voluntad y jerarquía de cada persona.

Hubo un escritor de gran éxito en el tardofranquismo, Fernando Vizcaíno Casas, que escribió un libro, “Los rojos no usaban sombrero”, que reproducía un eslogan publicitario de una sombrerería: advertía que tal prenda era propia de de la clase adinerada, y la gorra con todos sus modelos, signo de clases proletarias.

En las retaguardias de la guerra civil hubo franquistas que fusilaban a los que veían con gorra y rojos que hacían igual con quienes tenían sombrero.

Pero, con gorra o sombrero, en tiempos de paz la gente se descubría al entrar en un local cerrado. Como gesto de educación y de salutación. Bajo un techo todos se mostraban respeto.

Esa norma, tan democrática como de cortesía, la han roto los usuarios de gorra de béisbol, siempre cubiertos: aunque sus usuarios no lleven bate, esos ojos tapados por una larga visera en un lugar cerrado resultan agresivos, belicosos y traicioneros.

Habría que crear un término para definir a quien, con un sentimiento parecido al del racismo, rehúye a esos tipos y quisiera verlos lejos de su proximidad.