Durante los últimos días hemos podido asistir a un episodio que, por lo patético que es (de parte de quien viene) es muestra, más que clara, de por dónde van las cosas en la relación entre el Estado y la Iglesia católica.
Como es bien sabido se ha producido, digamos, un aparente cruce de manifestaciones entre el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero y el Vaticano. ¡Sí!
Esto, en realidad, es bastante ridículo. Y lo es por lo que sigue.
Bien sabido es que el relativismo procura hacer de todas las cosas y realidades algo que sea, digamos, igualitario (que, por cierto es el mejor camino, o el recto, para hacer algo injusto) y trata, por eso, a todas las realidades con imaginaria igualdad.
Por eso, cuando desde Rodríguez Zapatero hasta el último de sus ministros y ministras tratan algún tema relacionado con la Iglesia dan la impresión de que manifiestan, a la vez, un presunto respeto y una equidistancia que no los pueda identificar con la Esposa de Cristo pero, tampoco, con ninguna otra confesión religiosa.
Y eso es porque, en verdad, se creen que pueden actuar de tal forma con un índice de ignorancia bastante grande. Por más que se quiera, la realidad es como es y por mucho poder que se tenga no se puede (aunque lo intenten a base de leyes y reglamentos en los, por ejemplo, establecen el imposible “matrimonio” entre homosexuales) cambiar la misma.
Por eso es tan ridículo lo ocurrido.
Al parecer, desde el Vaticano se dice que hubo una reunión entre al Cardenal Tarsicio Bertone y Rodríguez Zapatero. Sin embargo, desde La Moncloa se dice que tal reunión no se produjo.
Sin embargo, aquí lo que importa no es eso aunque, francamente, no se entiende qué tipo de acuerdo puede darse entre unas inteligencias tan dispares: la del Cardenal Bertone es más que reconocida mientras que la de Rodríguez Zapatero está, escribiendo con bastante caridad cristiana, aún por descubrir.
Y decimos que el hecho de que tal reunión se llevara a cabo (que seguro que se llevó a cabo pues, a fuerza de pruebas, hemos de creer a Tarsicio Bertone antes que a Zapatero) hay algo que va más allá.
En primer lugar lo niega Zapatero porque, seguramente, querrá tener alguna reunión con la confesión religiosa más seguida de España, la católica, ya que por más desdén que muestra hacia ella y peor comportamiento tenga con la doctrina de la Iglesia española (que, aunque no lo entienda ZP es la misma que la de Roma) lo bien cierto es que no tiene otra salida porque, al fin y al cabo, los votos cuentan (en su caso es lo único que cuenta)
En segundo lugar (que es el meollo de la cuestión) lo que se ha producido es un ejemplo más de la manía (ya enfermiza) que tiene el Ejecutivo español de hacer de arquitecto de las relaciones internaciones. Y hace de tal ejercicio profesional porque tiene la costumbre (mala o desaguisada como se decía siglos atrás) de construir puentes.
Y eso parece que no es, en principio, mala cosa.
Sin embargo, los puentes que construye no tienen la finalidad de unir orillas separadas (que suele ser la función elemental de tales construcciones) sino, muy al contrario, la de separar.
¿No es tal cosa algo extraña?
Pues, en realidad, no lo es.
Cuando se producen tales reuniones (que parecen al más alto nivel de las correspondientes diplomacias) no se hacen con ánimo de acercar posturas enfrentadas sino con una mentalidad algo arcaica y pasada de moda. Es decir, con ánimo, sobre todo, tergiversador de la realidad.
En realidad, Zapatero ha de pensar que si se dirige, directamente, a los “jefes” (en el lenguaje puramente carca) de los obispos españoles, aquellos, los “jefes”, van a acabar llamando la atención a la cúpula episcopal española porque, según ha de entender ZP, se está portando muy mal, pero que muy mal, con su Gobierno.
Aquí no vale de nada que desde la Iglesia española se defienda una doctrina y unos valores que se han demostrado válidos desde hace centenares de años sino que tal doctrina y valores se posicionen frente al comportamiento caprichoso y volandero de la ideología progresista del socialismo español. Esto, al parecer, es lo que importa.
Por eso hacen esos puentes, para “puentear” (pasar de un lado al otro, directamente, sin previos pasos) a la Conferencia Episcopal Española y, dirigiéndose directamente al Vaticano, leerle la cartilla a la CEE en la cara de la diplomacia romana (¡casi nada al aparato!) para ver si de esa forma acaban las críticas del Cardenal Rouco, del Cardenal Cañizares, del Cardenal García Gasco, etc. hacia los comportamientos claramente laicistas del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero y que pretenden acabar, lo más rápido posible, con la Iglesia española.
Por otra parte, la Vicepresidenta del Gobierno ya hizo tan aberrante cosa en la legislatura pasada en alguna ocasión, saliendo en imágenes y todo, con intención de evitar las aguas turbulentas de unas relaciones a todas luces obligadas.
Y es que cree en ladrón que todos son de su condición. Y decimos lo de ladrón porque han hurtado y, luego, robado, el diálogo necesario y previo a tales reuniones con Roma.
Sin embargo, como bien dice el refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
Pero es que la plaza de San Pedro tiene muchas piedras que están colocadas allí para demostración de una Fe universal. Pero universal del todo.
Aunque es lógico que un laicista no entienda lo siguiente: la Iglesia no actúa según conveniencia sino según una Fe sólida y establecida hace muchos siglos.
Y es que, trayendo a colación otro dicho: es poco pollo para tanto arroz (aunque no sea pollo sino gallo republicano).

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