Seguramente la noticia que ha dado lugar a que se escriba este artículo no será conocida por muchas más personas que las que vivan cerca, pero muy cerca, del lugar donde se ha producido el salvaje ataque y las que tengan acceso a algún medio de comunicación, preferentemente digital, del que puedan echar mano para informarse de lo relacionado con la religión católica.
Seguramente, en el discurrir noticioso del mundo, no se le de mucha importancia porque, en realidad, se refiere a algo que se prefiere olvidar por si acaso pasa desapercibo.
Seguramente si acaso hubiera pasado la criba de lo que se tiene que informar hubiera ocupado un lugar, digamos, marginal y ante el que casi nadie hubiera prestado atención.
Seguramente, podríamos decir que, en realidad, puede que no interese mucho lo que ha pasado.
Pero, la verdad, hay que decirlo, lo que ha sucedido tiene una gravedad que va más allá de lo hecho porque supone, por lo mismo, un síntoma de que algo está cambiando y de que el cambio no es, que digamos, para bien.
Resulta que en Valladolid, ciudad recia donde las haya, hay, entre las Parroquias que enriquecen tal urbe, una dedicada a San Miguel. En tal Iglesia, como sucede en muchas de las que hay en España, existe un lugar especial dedicado a un santo del que ayer mismo celebraba la Iglesia su onomástica y que no es otro que san Antonio de Padua, el que se llamó Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo y cambiara el mismo por el definitivo de Antonio al ingresar en la orden de Frailes Menores.
Corría, entonces, el siglo XIII de nuestra era.
Desde entonces han trascurrido casi ocho siglos pero parece que las costumbres, bárbaras entonces en los territorios no cristianos, continúan adornando algunas mentes gravemente perturbadas por algún tipo de prejuicio contra lo católico.
Porque resulta que ha pasado lo que sigue.
En la Parroquia citada y en el lugar especial dedicado a San Antonio de Padua existía, lógicamente, una imagen de tal santo. Fue colocada allí después de la posguerra española (que sucedió a un tiempo, recordemos, no muy positivo para lo católico en el bando de izquierdas)
Bien. Hasta ahí resulta un comportamiento básico y esencial para todo pueblo que, amando determinada figura y estimando como importante su contribución a la Iglesia y al mundo le dedica un lugar especial donde rendirle culto de dulía.
Pues resulta que en la víspera del Corpus Christi un grupo de desalmados (con alma negra o sin ella, pues) se dedicó a escupir en el cristal que cubría la imagen y a realizar pintadas satánicas con crucifijos invertidos y demás símbolos. Pero no pareció ser suficiente porque posteriormente la emprendieron a pedradas con el cristal. Aunque lo consiguieron romper la imagen no sufrió daño alguno.
Pero como el mal es persistente y busca, siempre, un resultado negro, 6 de junio, volvieron a las andadas (es de suponer que las mismas personas) Entonces consumaron la atrocidad más propia de salvajes inadaptados y bestias que de personas en sus cabales que son capaces de discutir o dialogar con quien no es de sus ideas: la imagen fue sacada del lugar donde estaba y, tras pisotearla repetidas veces fue reducida, según cuenta un testigo de los hechos, a escombros.
Hasta aquí el resultado de tan valiente acción.
Pero ahora es conveniente decir algo sobre la razón de todo esto porque es obvio que las cosas no surgen de la nada ni de la noche a la mañana se producen. Debe haber un caldo de cultivo para poner en funcionamiento toda la maquinaria laicista contra la Iglesia católica como, ya sabemos, se produjo en otros tiempos.
Entonces, ¿Qué es lo que provoca que puedan producirse tales actos?
En primer lugar, la política anticatólica del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero (la legislación sobre el Divorcio, el cambio en la legislación sobre libertad religiosa, la referida a la familia, etc.) Esto provoca, como no puede ser de otra forma, un ambiente laicista en el que se mueven muy bien aquellos que quieren hacer de la Iglesia un recuerdo del pasado sin saber que, por ser ella misma pueblo de Dios, no tiene pasado sino que siempre está en tiempo presente porque se hace hoy lo mismo que se hizo ayer.
Además, existe una clara permisividad hacia lo que sea actuación contra lo católico en sus diversas manifestaciones.
Esto se ve, claramente, en lo siguiente: ¿qué pasado con las personas que quemaron belenes unas navidades pasadas? Seguramente nada; además, ¿qué sucede cuando más del 70 % de los padres piden, para sus hijos, Religión católica y, a pesar de eso, se le trata de arrinconarla lo más posible en el calendario escolar cuando no se la hecha fuera.
Por tanto, si no pasa nada cuando se insulta con gravedad inusitada a la Iglesia está bien claro que cualquier barbaridad es posible y, como ha pasado ahora, el laicismo establece su forma de actuar que por fuerza expansiva ha de ser contraria a la religión católica.
Y todo esto lo hacen, lo de hoy también, los cachorros del laicismo, alimentados con odio hacia lo que no conocen, con rencor hacia lo que ignoran y con indiscutibles ánimos contrarios a la realización del bien.
Al respecto de todo lo dicho hasta aquí, el Papa Pío XI, el 3 de junio de 1933 presentó la Carta Encíclica Dilectissima Nobis “Sobre la injusta situación creada a la Iglesia católica en España” donde decía que “De todo esto aparece por desgracia demasiado claro el designio con que se dictan tales disposiciones, que no es otro sino educar a las nuevas generaciones no ya en la indiferencia religiosa, sino con un espíritu abiertamente anticristiano, arrancar de las almas jóvenes los tradicionales sentimientos católicos tan profundamente arraigados en el buen pueblo español y secularizar así toda la enseñanza, inspirada hasta ahora en la religión y moral cristianas”.
No parece, pues, que hayan cambiado mucho las cosas desde entonces: la misma ideología y el mismo fatal destino para la Esposa de Cristo.
Sin embargo, para aliviar, en algo, la desazón que producen noticias como la ahora tratada, ayer viernes, 13 de junio, se organizó una concentración al término de la misa (19,30 horas) que conmemora, precisamente, a San Antonio de Padua, cuya fiesta celebraba la Iglesia, ayer mismo, como ya hemos dicho arriba.
Y es que unos ponen la cara para que se la rompan. Y luego, la otra mejilla.
Y, ante esto, sólo cabe lo siguiente:
“A ti, Antonio, dechado de amor a Dios y a los hombres que tuviste la dicha de estrechar entre tus brazos al Niño-Dios, a ti lleno de confianza, recurro en la presente tribulación que me acongoja………….
Te pido también por mis hermanos más necesitados, por los que sufren, por los oprimidos, por los marginados, por los que hoy más necesiten de tu protección.
Haz que nos amemos todos como hermanos, que en el mundo haya amor y no odios. Ayúdanos a vivir el mensaje cristiano”.
Porque, al fin y al cabo, hay distintas formas de comportarse.

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