“A priori, la globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente quiera que sea”.
Con estas palabras, en un Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, el 27 de abril de 2001, Juan Pablo II Magno, dejó bien puestas, digamos, las bases, de lo que es admirado por muchos y vilipendiado por otros muchos.
No vaya a creerse, sin embargo (en el ánimo de excluir a la Iglesia de los grandes temas sociales y económicos que acaecen en el mundo) que la Esposa de Cristo no tiene nada que decir sobre el ya imparable proceso de globalización. Muy al contrario, tiene mucho que decir, aunque lo que diga es muy posible que no sea ni oído ni escuchado.
Por otra parte, es conocido que determinados sectores, digamos, radicales de la política, no ven con buenos ojos el tema de la globalización porque es muy posible que tergiversen el sentido de la misma y crean que debe ser cosa de los americanos o algo así.
Sin embargo, aquí de lo que se trata es de traer la globalización al redil, por decirlo así, de la Iglesia porque sabido es que, muchas veces, las cosas no son lo que parecen.
Empecemos diciendo que para Juan Pablo II Magno la globalización es un “signo de nuestros tiempos” (Mensaje a la XLIII Semana Social de los Católicos Italianos, 10 de noviembre de 1999) Pero no sólo eso sino que, además, hay que descubrir “los aspectos positivos” y, por tanto, evitar “los peligros” (Discurso a los participantes en el Congreso Universitario ‘UNIV 201’, 9 de abril de 2001)
Por tanto, debe tener aspectos que, además de los negativos que sin duda tiene, puedan ser resaltados.
Para Benedicto XVI (dicho lo que sigue en la carta dirigida a la Presidencia de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales) el mundo globalizado tiene que enfrentarse a tres desafíos que hay que tener en cuenta. Estos son, a saber:
1.-“El primer desafío atañe al medio ambiente y a un desarrollo sostenible. La comunidad internacional reconoce que los recursos del mundo son limitados y que todo pueblo tiene el deber de poner en práctica políticas encaminadas a la protección del medio ambiente, con el fin de prevenir la destrucción del patrimonio natural cuyos frutos son necesarios para el bienestar de la humanidad“
Por eso, atendiendo, por ejemplo, al doctor Kevin Schmiesing (En artículo titulado “Cómo no proteger el medio ambiente”, publicado en el suplemento Iglesia de www.libertaddigital.com de fecha 2 de marzo de 2005) que dice que “estamos moralmente obligados a usar el medioambiente con responsabilidad, porque es un “regalo de Dios y porque el bien de los demás (presente y futuro) depende de ello” no nos queda otra que no sea defender esa donación de Dios, que en tiempos tan pretéritos pero tan importantes para la raza humana, ofreció para su gestión, evolución y desarrollo.
Ese, digamos, ecologismo cristiano, tan alejado del otro apoyado por los “profesionales” del progresismo, se basa, sobre todo, en el significado de lo dado por Dios y, por eso, en la consecuencia que esto tiene para nosotros, sus depositarios.
2.- El segundo desafío “implica nuestro concepto de persona humana y, en consecuencia, nuestras relaciones recíprocas. Si a los seres humanos no se les ve como personas, varones y mujeres, creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26), dotados de una dignidad inviolable, será muy difícil lograr una plena justicia en el mundo”
Es muy posible que se pueda pensar que con la existencia de normas protectores de los derechos de la persona es ya suficiente porque puede dar la impresión, en una sociedad que se desarrolla sobre la norma, que basta con tal actitud de respeto por la ley. Pero la Iglesia tiene algo más que decir. Y es lo que sigue:
“A pesar del reconocimiento de los derechos de la persona en declaraciones internacionales y en instrumentos legales, es necesario progresar mucho para que ese reconocimiento tenga consecuencias sobre los problemas globales, como los siguientes: la brecha cada vez mayor entre países ricos y países pobres; la desigual distribución y asignación de los recursos naturales y de la riqueza producida por la actividad humana; la tragedia del hambre, de la sed y de la pobreza en un planeta donde hay abundancia de alimento, de agua y de prosperidad; los sufrimientos humanos de los refugiados y de los prófugos; las continuas hostilidades en muchas partes del mundo; la falta de una protección legal suficiente para los niños por nacer; la explotación de los niños; el tráfico internacional de seres humanos, armas y drogas; y otras muchas injusticias graves”.
Y es claro que en tales aspectos, la Esposa de Cristo tiene mucho que decir y, de hecho, dice con su actuación en defensa de los más desfavorecidos. Defensa que no se queda en meras teorías sino que, entrando en los mismos sufrimientos humanos trata de darles fin o, al menos, de calmar sus efectos con la caridad a la que Benedicto XVI refiere en su primera Carta Encíclica sobre el hecho efectivo de que Dios es Caridad.
3.-“El tercer desafío concierne a los valores del espíritu. Urgidos por preocupaciones económicas, tendemos a olvidar que, al contrario de los bienes materiales, los bienes espirituales, que son típicos del hombre, se extienden y se multiplican cuando se comunican... A diferencia de los bienes divisibles, los bienes espirituales, como el conocimiento y la educación, son indivisibles, y cuanto más se comparten, más se poseen”.
La globalización ha propiciado que las relaciones entre las naciones y las religiones que las sustentan como pueblos sean profundas. Por eso la Iglesia propone “un diálogo que pueda ayudar a las personas a comprender sus propias tradiciones cuando entran en contacto con las de los demás, para desarrollar una mayor autoconciencia ante los desafíos planteados a su propia identidad, promoviendo así la comprensión y el reconocimiento de los verdaderos valores humanos dentro de una perspectiva intercultural”
Para más abundancia y para que se comprenda que la Iglesia no está, ni se siente, al margen del devenir de la sociedad y la economía, Benedicto XVI, en el Discurso a la fundación "Centesimus Annus, pro Pontifice" pronunciado el 31 de mayo de 2008, dijo que “ Puesto que el actual proceso de globalización que está atravesando el mundo afecta cada vez más a los campos de la cultura, la economía, las finanzas y la política, hoy el gran desafío es ‘globalizar’ no sólo los intereses económicos y comerciales, sino también las expectativas de solidaridad, respetando y valorando la aportación de todos los componentes de la sociedad” porque, sobre todo, el “crecimiento económico no debe separarse jamás de la búsqueda de un desarrollo humano y social integral. A este respecto, la Iglesia, en su doctrina social, subraya la importancia de la aportación de los cuerpos intermedios según el principio de subsidiariedad, para contribuir libremente a orientar”.
Y a todo lo aquí dicho (y lo que se haya dejado por decir que, seguramente, será mucho) se llega, según el Padre Federico Lombardi, en primer lugar con la necesaria búsqueda de “la verdad”; en segundo lugar con “una visión de la realidad que conserve la dimensión espiritual y religiosa”; en tercer lugar, es con un “respeto de la variedad y de la riqueza de las diversas culturas que aplanan el mundo entero y contra el colonialismo cultural a los más pequeños y sigue difundiendo los modelos de los países más ricos y poderosos”.
Y es que, como puede verse, la Esposa de Cristo tiene mucho que decir en referencia a la globalización. Es una realidad que entiende a la perfección pero que sabe, seguro, necesitada de un modelo que seguir y que ella, precisamente por ser fundada por el Hijo de Dios, reconoce universal y válido en el dado por su Maestro.


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