Juan Pablo II Magno dirigiéndose, el 10 de noviembre de 2003, a los miembros de la Academia Pontifica de las Ciencias y a otros científicos de renombre mundial, les dijo que cada vez estaba “más convencido de que la verdad científica, que es en sí misma una participación en la Verdad divina, puede ayudar a la filosofía y a la teología a comprender de una más plena la persona humana y la Revelación de Dios sobre el hombre, revelación que es completada y perfeccionada en Jesucristo. Por este importante enriquecimiento mutuo en la búsqueda de la verdad y del beneficio del género humano, junto a toda la Iglesia, os estoy profundamente agradecido”
Se deducen, de tales palabras, que ha de existir, entre ciencia y religión, una relación que ha de ser, sobre todo, fructífera en beneficio del mismo ser humano.
Por eso extrañan mucho (o no) unas recientes declaraciones de la Ministra de Ciencia e Investigación, doña Cristina Garmendia. Tales palabras nos han llevado a pensar que, en realidad, las relaciones entre ciencia y religión no se entienden y si se entienden están tratando de ser disimuladas para que parezca que la religión es enemiga de la ciencia.
Entre las palabras dichas por la encargada de la cosa de la investigación están las que siguen: “el debate religioso no debe influir en la política de investigación”
Lo que quiere decir la Ministra es que los valores religiosos no pueden influir en el devenir de la ciencia; lo que quiere decir es que, al contrario, la ciencia sí puede inmiscuirse en los valores religiosos para influir en el devenir de la religión.
Es bien cierto que si la Iglesia se opone al aborto por muy “avanzados científicamente” que sean los métodos para producir el mismo esto no puede gustar a la política socialista (y, en general, progresista) porque lo que quiere la misma es facilitar tanto el aborto que parezca algo tan natural como el mismo nacimiento. Y bien cierto es, también, que cuando la Iglesia se opone a la manipulación de células madre embrionarias porque tan aberrante acto supone, al fin y al cabo, la manipulación de seres humanos y, además, el aniquilamiento de los que “no sirven”, no puede gustar tal actuación a la política socialista que lo que pretende es hacer de su capa de poder un sayo podrido y muerto; es bien cierto que cuando la Iglesia no está de acuerdo en... etc., etc.
Vemos, con cierta facilidad, que la relación entre ciencia y religión, cuando a la misma se le otorga un papel político, siempre se acaba declarando que la segunda es enemiga de la primera.
Sobre esto, Benedicto XVI, en el Discurso que pronunció el 1 de abril de 2006 en un seminario sobre “El patrimonio cultural y los valores de las universidades europeas como base para la atracción del ‘Espacio europeo de instrucción superior’ dijo que “Las instituciones universitarias se han distinguido siempre por el amor a la sabiduría y la búsqueda de la verdad, como verdadera finalidad de la universidad, con referencia constante a la visión cristiana que reconoce en el hombre la obra maestra de la creación, en cuanto formado a imagen y semejanza de Dios”
Por tanto, la referencia a la “visión cristiana” de la que habla el Santo Padre no puede dejar de significar que entre ciencia y religión no hay ningún abismo sino, al contrario, un puente que, a veces, no quiere cruzar la primera.
Pero dice, también, la Ministra de Ciencia e Investigación, al hablar de la postura de la Iglesia en relación a la utilización de las arriba citadas células madre embrionarias que “Pero fíjese si es rápido que eso lo dije hace tres años o cuatro años y hemos avanzado enormemente”.
Pues no se ha avanzado nada en cuestión de células madre embrionarias. Más bien se ha retrocedido (porque en ciencia cuando no se avanza, en realidad, se atrasa porque las cosas quedan como están mientras que avanza el tiempo) Y, además, se ha avanzado, y mucho, en el papel de las células madre adultas que son las que, en realidad, pueden dar solución a muchas enfermedades.
Sería conveniente, por tanto, que se dijera cuál es la razón, si es que la hay, de que constantemente se esté utilizando el tema de las células madre embrionarias para hacer que se es progresista cuando de ninguna de las maneras se avanza nada con el uso (malo y negativo) de las mismas.
Dice, también, la Ministra ante la pregunta de si es católica que “Digamos que soy católica culturalmente y familiarmente, pero no soy una católica de gran ejercicio”
Y, efectivamente, se nota demasiado porque las palabras de Juan Pablo II Magno “la verdad científica, que es en sí misma una participación en la Verdad divina” no parecen ser del gusto de la Sra. Ministra de Ciencia e Investigación.
Ella prefiera la ciencia en el mundo y la religión en lo íntimo de cada cual como si fuera posible que quien estudia el universo pudiera apartarse de Quien lo creó.

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