Las últimas encuestas sobre las preferencias de los españoles los señalan como muy demócratas, pero del Partido Demócrata estadounidense.

Dentro de estos hipotéticos votantes en EE.UU. destacan las feministas, entusiastas de Barak Obama, el guapo candidato mulato que venció definitivamente a Hillary Clinton para enfrentarse al republicano John McCain.

Las lideresas más visibles del feminismo profesional, que son las que viven de exhibir esa militancia, apoyaban inicialmente a Hillary: había que defenderla por solidaridad de género.

Siempre hay que recordar esto del género: en España las feministas profesionales rechazan hablar de sexo, sólo se refieren al “gender”, término usado en EE.UU. porque “sex” señala concupiscencia.

Y se copió la expresión, pese a que el género en España está normalmente en los mostradores: mire que buen género esta ternerita, dice el carnicero; estas peras son mi mejor género, anuncia la frutera, y la pescadera exhibe su género, tan fresco.

Pero, volviendo a la pasión española por el Partido Demócrata, el feminismo profesional abandonó muy temprano a Hillary para apoyar a Barak Obama.

Una traición a su género. Ya lo hicieron hace poco las diputadas del PSOE rechazando defender a las Damas de Blanco, víctimas de la dictadura de los machos Fidel y Raúl Castro.

En Obama encuentran un imaginario de género parecido al de Z. En lugar de atraerles la sexualidad ideológica de ambos machos les enamora su ideológica generolidad, neologismo que viene de género.

Obama no tiene los ojos azules, pero sí piel canela como los cimbreantes mulatos de Varadero, género fresco, mientras Hillary es género pasado.

¡Que nos den la nacionalidad estadounidense para votar al género Obama!, parece pedir esta pasión demócrata, que actualizaría en inglés aquel Edicto de Latinidad de Vespasiano, del siglo I, que nos hizo ciudadanos romanos.