Saturno nació en Catalunya. No hay, ni en los confines terrenales ni en los divinos, ningún otro territorio que practique, con más saña, el deporte nacional de devorar a los propios hijos. Esta alma acomplejada y a ratos mezquina que palpita bajo la piel catalana adora crear mitos, pero adora mucho más destruirlos, hasta tal punto que la primera afición solo se explica por el gusto que sentimos con la segunda. Cuando conocí a Jan Laporta era exactamente lo que siempre ha sido: un joven entusiasta de fuertes convicciones catalanistas, de notable agilidad mental, dotado con gran carisma y culé hasta los tuétanos. Por aquellos tiempos ya tenía al Barça en la cabeza, y sin saber que algún día dirigiría los destinos del club, era capaz de sentarse alrededor de unos cafés y explicarte cómo se salvaría el club de los desmanes del nuñismo. Como viví muy de cerca toda la transformación de ese grupo de amigos entusiastas en un proyecto vencedor, puedo asegurar que lo que había detrás de aquella gente sólo era apasionado barcelonismo. Yo, que me movía por las aguas procelosas de la política y respiraba los aires contaminados de las endémicas guerras republicanas, me maravillé con el aire puro de aquel grupo de amigos, casi ingenuos de tan auténticos. Pero, si bien descubrí al amigo Jan Laporta, nunca mitifiqué al líder que había en él. Sólo pensé, con criterio acertado, que estaba ante el proyecto culé más sólido de la historia del club, el más comprometido con los valores cívicos y el más catalanista de las últimas décadas. Y así ha sido, a pesar de los errores cometidos.
Sin embargo, lejos de tratar la indiscutible valía de Jan Laporta como lo que era, una ingente dosis de capacidad humana, el país decidió tratar al Barça como una religión, y a Laporta como un nuevo Dios, y en dos días encumbró su terrenal figura a los altares. Se creó el mito con la misma frivolidad con que ahora se destruye, y durante los tiempos de las victorias, el bueno de Jan tenía que salvar al mundo de todos sus males. Los hubo que lo hacían alcalde de Barcelona, otros lo querían de president de la Generalitat, los políticos le sobaban el oído, los pijos de Barcelona lo querían en sus fiestas, los periodistas se convertían en amigos de toda la vida y el líquido viscoso del poder se le acercaba porque olía a éxito. En paralelo a su encumbramiento al Olimpo ficticio, no cejó el acecho a la persona real, y así Jan Laporta disfrutaba de las mieles de una pelota que entraba y daba copas, a la vez que sufría detectives que lo vigilaban, amenazas de deslegitimar su presidencia, judicialización de su mandato y todo tipo de atropellos que tenían como único fin minar su ánimo y desestabilizar su cargo. Las ratas nunca dejaron de roer su silla, hasta el punto de que no ha tenido ni un solo año de respiro. Por supuesto, ahora que lo ven débil, corren a presentarle una moción de censura con la única intención de asestarle la puñalada final. Poco importa que le queden dos años de presidencia, que esta junta haya delimitado el cargo, después de décadas de abusos, y que, a pesar de los errores, haya tenido notorios éxitos. Poco importa porque solo importa destruirlo.
No seré yo quien diga que lo ha hecho todo bien. En los días del cuñadísimo, me cogió una perrera de campeonato que nos condujo a meses de silencio y distancia.
También es evidente que ha permitido una grave relajación del vestuario y que la confianza depositada en algunos jugadores ha acabado siendo letal. Pero resulta incomprensible que el Camp Nou silbe al presidente del club el mismo día que aplaude al entrenador, como si este no tuviera ninguna culpa de la impresentable desidia de los niños mimados del vestuario. Ahora resultará que Rijkaard solo pasaba por ahí. Como librillos tienen los maestrillos, y el mío no es el del deporte, no puedo analizar los errores en la materia, aunque saber que algunos arraigan en el prolongado festeo nocturno no es cosa de expertos. Pero sí me parece indiscutible que esta junta, a pesar de las turbulencias sufridas, ha dado al club notables grandezas. Ha saneado la economía, ha quebrado la red de influencias del sistema nuñista, ha limitado los mandatos, se ha comprometido con los valores cívicos, ha dotado al Barça de proyección internacional solidaria, ha acabado con los grupos violentos, ha recuperado la catalanidad y ha tenido tiempo para dos ligas y una Copa de Europa. ¡Y sólo en cinco años! Ninguna presidencia del Barça, en toda su historia, presenta unos logros tan brillantes. Por supuesto, ahora estamos en un agujero, y el enfado culé es pertinente. Pero también parece claro que la junta quiere dar un golpe de timón. Lo normal sería criticar, enfadarse y dar tiempo. Total faltan dos años. Pero Catalunya no es normal. Encumbra a los humanos como si fueran dioses y luego monta aquelarres para poder quemarlos en la plaza pública. Jan Laporta es uno de los mejores presidentes que ha tenido el Barça, y ello en tiempo récord. Pero, a diferencia de los anteriores, a Laporta no se le perdona ni una sola caída. Quizás porque siempre ha sido lo que es: un intruso en los despachos del sistema.
Artículo publicado también en La Vanguardia

![El Fuet Diferencial [Fuet Diferencial]](/images/banners/bannerfuet.jpg)
![Los enigmas del 11M - Blog de Luis del Pino [Blog Luis del Pino]](/images/banners/LogoLuisDelPino.gif)
![Fundación Internacional O'Belén [O'Belen]](/images/banners/logoobelen.gif)
