Excelente número si no fuera porque es mi DNI argentino extendido hace 36 años. Los escritores tenemos una extraña dificultad: todo nos remite a la molicie de las letras. He buscado este fin de semana en cajones antiguos este tosco documento y no ha aparecido. Esta mañana,, he llamado al Consulado y una voz femenina austera y latina me dicho que desde Barcelona el trámite supone un año. ¡Maravilloso! El pasado regresa y aprieta sin igual hasta que la otra mitad española no pueda servir. Ni siquiera una ajada y superpuesta partida de nacimiento italiana.

Este feo y travestido documento verde oliva mantiene la corriente del pasado. ¡Que regresa a borbotones! Inalterado el futuro y seco del asco vital, todos nos encontramos jugando al póquer. Es una media luna de recuerdos en los incontables cambios que nos impone la vida.

¡Es más! Nos movemos de un sitio a otro hasta que aparece la autoridad estatal y nos recuerda que este trocito es nuestro y aquel es de otro. Nada ruge con más fuerza que el nacionalismo sistematizado. ¡Nada! Y todo. Es una continua afirmación de rivalidades, de luchas por el agua, la biosfera, la tierra, los derechos de trabajo, los permisos de venta y lo más descontrolado: el fútbol, el tenis, las motos. En ellos palpitamos con el color propio y metafísico. Allí nos dejamos llevar hasta meter los cuernos al enemigo.

¡Somos crueles! ¡Pasionales! Aparece la bandera o el tocado de color en las gafas o nuestros sombreros. Somos un asno atávico que se encierra en su deseo: que gane aquel que nos representa. Nuestro elixir está a un paso de los labios. Sólo deseamos el triunfo imperativo del nuestro.

El citado documento, o el DNI español, no dejan de ser un sello, una marca, una alegoría numérica de cuantos son de aquí. Nada más ingenuo que la defensa de nuestra forma de entender la vida. Que comemos así, defecamos asá. O los perros los vacunamos de tal manera. ¡Todo es cuestión de territorio!

Hace unos días, una amiga me explicó que tenía una víbora y ésta se acostaba a su lado estirándose. Al consultar con el veterinario, le aconsejó eliminarla. Su explicación fue sencilla. Se medía con ella, hasta que llegase el momento en ser lo suficiente poderosa para devorarle. Extraño el pegamento del que estamos construidos. Una mezcla de animalidad y territorio. Una mezcla de posesión y silencio a la espera de consumar nuestro voraz dominio.

Este autor ha cambiado del territorio A al E (¿o Ñ?). ¿Todo es un problema de letra? O de paciente espera, o de crecimiento hasta ocupar el espacio psicológico. Sea uno u otro, en ambos la memoria siempre regresa… ¿Apelando?

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