La noticia era repetida por todos los medios de comunicación ayer mismo. En la casa-cuartel de la Guardia Civil de Legutiano (Álava) había explotado una furgoneta cargada con material explosivo. Como consecuencia de la deflagración había fallecido el Guardia Civil don Juan Manuel Piñuel Villalón de 41 años, casado y con un hijo.
De forma inmediata le vienen a uno a la mente muchas ideas y no todas ellas buenas. Hacer tal cosa supone, sobre todo, una falta de algo sin lo cual, francamente lo digo, es muy difícil vivir o, al menos, se vive de una forma mala y negra.
Lo que, en realidad, ha faltado (y viene faltando desde hace muchos años) aquí es una palabra, su contenido y esencia, que dice mucho (o poco) de quien no la lleva a la práctica porque supone una falta de conciencia humana: el Amor (con mayúscula)
Precisamente el texto el Calendario Litúrgico nos proponía para ayer era uno del Evangelio de san Juan. Concretamente el que sigue:
(Jn 15: 9-17): “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”.
Por lo tanto se refiere, explícitamente, al mandamiento más importante que, además, es citado así en varias ocasiones, por Jesucristo a lo largo del Nuevo Testamento: Amor.
El Amor es, digamos, una realidad propia de la Ley natural pues de forma natural una persona ha de sentirlo por los demás porque lo que no es propio es que se sienta odio por un ser de la misma especie, humana, que uno mismo. Otra cosa ha de suponer una especie de perversión básica que debe ser estudiada por algún psiquiatra o algún psicólogo.
¿Qué consecuencias puede tener la falta de tal sentimiento hacia el prójimo?
Es claro que cuando lo que, en realidad, pasa es que se odia a otros seres humanos por el hecho de serlo o por aplicarles algún tipo de distintivo especial, se está tergiversando la realidad según la cual el ser humano es digno por ser el simple echo de serlo. Por tanto, cuando se desprecia la vida ajena como se ha hecho en el caso referido supra como en otros anteriores, lo que se tiene es una mentalidad deformada por una ideología que desprecia al otro porque, seguramente, no entiende lo que el otro significa para el devenir de la humanidad. Odio puro.
Y, entonces, ¿Cómo ha de ser el amor al prójimo?
“Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo”.
Con estas palabras, Benedicto XVI nos muestra (en su primera Encíclica Deus caritas est, 18) lo que, al parecer, es lo que falta en la banda terrorista ETA:
-Amar a la persona que no me agrada…
-Amar a la persona que no conozco…
-Mirar al prójimo con los ojos y sentimientos de Cristo…
Los dichos estados del alma requerirían, por tanto, haber confiado en Dios y haberlo recibido en sus vidas; haber conocido al Padre a través del Hijo; haber visto sufrir a Cristo y no hacer daño a los que le inferían el sufrimiento; haber reconocido, en la figura de Jesús, la misericordia del Creador; haber sabido hacer uso de la razón y de la fe como un solo instrumento; haber…
Tantas cosas que no parecen que concurran en según qué tipo de mentalidades…
Esto hace imposible otro tipo de pensamiento y acción que no sea la manifestación de ira y de rabia contra quien no merece ni la ira ni la rabia de tan nefasto proceder por ser contrario a lo justo religioso, a la justicia de Dios, a su voluntad (que no es matar)
“Omnia vincit amor, dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: “et nos cedamus amori”, rindámonos también nosotros al amor”. Esto lo dice Benedicto XVI en Carta Encíclica, Deus caritas est (4) citada arriba, y nos ofrece la posibilidad, única, de saber a qué es posible y razonable amoldarse: al Amor.
Y, además, sólo a él vale la pena rendirse.

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