El laicismo que promete imponer este Gobierno en realidad trata de apagar la influencia del catolicismo en los ciudadanos demasiado apegados a la información disolvente de la cadena COPE.

El proyecto de Z es reducir la omnipresencia católica, actualmente más histórica que piadosa, apoyando el protagonismo de otras religiones, especialmente la islámica, cuyas doctrinas y normas son contrarias a la democracia.

El catolicismo, más como cultura que como religión, impuesto durante siglos, es ya imposible de eliminar, aunque desde 1966, final del Vaticano II, haya renunciado a su poder temporal: sólo le quedan el espiritual y el mediático.

Pero ahí está, inevitablemente, en los nombres de las calles, las festividades, ahora el Rocío, la Semana Santa, las Navidades, los patronos, bautizos, bodas, entierros, procesiones y tantas actividades públicas y privadas.

Añádanse las iglesias, las catedrales, todas las artes base de la cultura: el catolicismo ha penetrado tanto en el imaginario español que, le guste o no el Gobierno, influye inevitablemente en la esencia del país.

Siendo el protestantismo y el judaísmo tolerantes, hay una religión incompatible con ambos y con el catolicismo moderno, aunque este conserva aún algunas excepciones: el islam. Que es más desacorde aún con el laicismo y con la democracia que con las anteriores creencias monoteístas.

Ahora, la vicepresidenta De la Vega, que se escandaliza con la poligamia musulmana en Niger, anuncia que el Gobierno igualará todas las creencias, “las de los católicos, pero también las de los musulmanes, judíos o evangélicos, y las de los que no creen".

No promete romper el concordato del Estado que le concede ayudas al catolicismo: parece proponer darle iguales canonjías a las demás religiones.

Judíos, protestantes y católicos nadan libremente en las democracias, pero el caso musulmán es muy distinto.

Por lo que, finalmente, la “Alianza de Civilizaciones” zapateril logrará que los minaretes lancen baraúndas más potentes que cualquier campana.