Lo siento. Creo que me he equivocado al defender a Rajoy, con la noble intención de hacer causa común con la causa de Estado que es la unidad y la cohesión del Partido Popular ante el desastre en el que estamos sumidos. La defección de Zaplana y de Acebes me causó estupefacción y preocupación, pero a pesar de todo seguí en la creencia de que Rajoy era un hombre de Estado y que era posible encarnar en él la voluntad de los que deseamos un país que funcione, donde se preserve la igualdad ante la ley por la que ha dado su vida tanta gente desde 1812 y donde se camine hacia el progreso económico y social, con la paz basada en la justicia como trasfondo. Evidentemente las impresiones que guían las opiniones están soportadas por una información a veces defectuosa. Tras el plantón dado por María San Gil a Rajoy en la ponencia política por no querer ser cómplice con una felonía que es abrir la posibilidad a pactos con los nacionalistas que balcanizan a España, no me deja lugar a dudas: Rajoy debe ser sustituido. No representa a quienes deseamos un marco de libertades soportado por un Estado fuerte: una España superadora de las tendencias centrifugadoras.
María San Gil, junto con Rosa Díez, representa para los vascos, y para los españoles en general, la esperanza superadora de la España feudal en la que nos encontramos. Tiene toda la credibilidad porque, por encima de intereses coyunturales de poder o de circunstancias electorales episódicas, mantiene los mismos principios y valores pese a la presión terrorista y un medio hostil asfixiante donde el nacionalismo ha impuesto su signo y ha contaminado al medio político que es tributario de la comodidad, del buen vivir del momento, y de los privilegios institucionales.
El drama que afecta hoy a España es, por desgracia, aquellos partidos políticos que juegan a corto. Su ambición es lograr el máximo poder en el más corto plazo de tiempo posible. Y ese poder pasa por la conquista de los ámbitos territoriales en los que el desdichado Título VIII de la Constitución ha dividido la soberanía de la Nación española. Esos partidos están compuestos de personas con intereses particulares para el logro del oropel que proporciona el tener el mando en plaza local, el virreinato, que tanto poder en el control social y económico proporciona en un localismo barato, provinciano y alicorto. Sobre todo cuando los personajes están desprovistos de los más básicos ingredientes de tipo académico, profesional y cultural, y se les ha aparecido la fortuna de no tener que competir con otros ciudadanos en la lucha por la demostración de la capacidad y el mérito. Indudablemente, partidos políticos como los que conocemos son un reino de Taifas, donde los llamados barones imponen su mira estrecha y no buscan el interés ni el bien común de España ni de los españoles sino su interés concreto en el ámbito territorial en el que aspiran gobernar. Y, claro, eso sólo es posible si se pacta con los caciques locales, si se busca apoyos en aquellos que están minando la nación, que destrozan la cohesión territorial de España y la solidaridad entre las comunidades para acompasar el desarrollo de la riqueza y del bienestar de los ciudadanos sea cual sea su lugar de residencia o nacimiento. Esta idea tan tradicionalmente socialista hoy es una utopía cada vez más lejana. Tanto el PSOE como el PP están aprisionados y condicionados por su expectativa a tener más poder con mínimo esfuerzo a costa de los principios, valores e ideales que fundamentan una causa noble en la acción política. El paradigma Montilla es lo más representativo en el plano político actual en España.
Lamentablemente, según todos los indicios, Rajoy está llevando al PP a la misma situación del PSOE, agobiado por su debilidad tras las últimas elecciones y acosado por los barones territoriales que pugnan por quitar los apoyos al PSOE a pesar del riesgo de prostituirse pactando con quienes buscan un horizonte radicalmente opuesto al que el PP ha defendido tradicionalmente.
Podría ser que el Partido Popular en el corto plazo consiguiera frenar la expansión socialista restándole apoyos puntuales en ciertas comunidades autónomas, incluso en las Cortes Generales. Lo preocupante es que con ello estará cavando su propia tumba para el futuro, pues los electores, como cualquier consumidor de bienes o servicios, pueden acabar más pronto que tarde apoyando a los auténticos, es decir a los que en puridad representan lo que el Partido Popular trata de emular. Consiguiendo que los más concienciados en aquello a lo que nunca se debiera haber renunciado acaben quedándose en casa, decepcionados y desesperanzados.
Por el camino que parece haber abierto Rajoy mal va el PP. A lo mejor es imprescindible buscar otro liderazgo en el centro-derecha.

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