A pesar de que el sobrenombre de "blonde bombshell", la bomba rubia, sugiere connotaciones de cárnico contenido, Alexander Boris de Pfeffel Johnson no se lo ha ganado por el erotismo de sus proclamas. Su pelo rubio y sus bromas pesadas, muchas de ellas lanzadas en el programa satírico "Have I got news for you", le han hecho merecedor de unas cuantas polémicas, algunas expulsiones y, sorprendentemente, la alcaldía de Londres.
Las anécdotas de este graduado con honores en la Universidad de Oxford llenan los corrillos de los clubs londinenses, tanto como alegraron la vida de los corresponsales en la Eurocámara, cuando escribía crónicas desde Bruselas, para The Daily Telegraph. Ácido, polémico, con un humor que no siempre controla y con un sentido grueso de la vida, Johnson es la antípoda del tory clásico.
Me comentaba un reputado periodista inglés que estas elecciones han sido un duelo entre personajes histriónicos ("Llamen a los payasos", tituló The Economist,hablando de Ken Livingstone y Boris Johnson) cuyo ring central se ha situado en los programas de televisión satíricos. El viejo Londres "no ha vivido un debate político, sino una pugna entre tipos famosos por su azarosa vida privada y su gusto por armar líos en la televisión". Es decir, tanto el rojo Ken, como la bomba rubia no sólo no han hecho ascos a la fama mediática, sino que la han usado sin complejos para su provecho político. Y, como era evidente, en la pugna del humor grueso, ha ganado el más excesivo de los dos. El propio Livingstone lo asumía en una entrevista: "Si pierdo ocuparé el lugar que él dejará vacante en la televisión. Lo único que haremos es cambiar de sillas".
Ciertamente, si Johnson llamó "caníbales" a los habitantes de Papúa Nueva Guinea, Livingstone fue suspendido durante cuatro semanas por comparar a un incisivo periodista judío con un "guardián de un campo de concentración", y los dos han complicado la vida a sus partidos. Livingstone llegó a ser repudiado por Tony Blair, y Johnson, expulsado de la portavocía de los tories,por un asunto de faldas. Alguien escribió que estas elecciones en Londres han enfrentado a dos viejos conocidos del público cuyas formas nuevas de ganar elecciones -en cierto sentido, cercanas a las de Nicolas Sarkozy- apuntan al fin de la oratoria y al inicio de la política como espectáculo.
Sin embargo, y más allá del estridente fenómeno mediático, la derrota de Ken Livingstone ofrece datos relevantes que la izquierda debería analizar con preocupación. Y no me refiero a sus extrañas amistades con miembros reputados de la izquierda lunática como Hugo Chávez. Más allá de la rojería jurásica de Livingstone, su problema principal ha sido el fracaso en la gestión de los conflictos que más seriamente afectan a los londinenses: paro, radicalismo religioso, inseguridad y medio ambiente.
Londres ha visto cómo aumentaban las muertes de jóvenes en peleas callejeras, cómo se disparaba el fanatismo islamista, cómo subía el paro y cómo pagaban peajes por una política medioambiental que no servía para respirar mejor. Es decir, el rojo Ken ha abordado los grandes problemas de la capital británica, ha lanzado propuestas audaces, ha jugado fuerte con su autoridad, pero ha fracasado en las soluciones. Y la constatación del fracaso en la gestión de la ciudad ha sido la piedra angular de su propio fracaso electoral. Magníficas para los discursos de oposición, sus propuestas se han mostrado ineficaces como motor de gobierno.
Y es en esa herida donde Johnson ha hurgado sin piedad. ¿Significa que lo hará mejor? Esa la gran incógnita, porque de la bomba rubia sólo sabemos que domina el arte de la provocación. Su capacidad política es un misterio y, sin embargo, los ciudadanos han preferido a un histriónico sin experiencia a la experiencia conocida de su alcalde. Es decir, han optado por echar al loco conocido y comprar al loco por conocer. Más fracaso político, difícil.
Artículo publicado también en La Vangardia

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