Hace unos días, fue publicado en el País Semanal una imagen en un reportaje sobre Albania. Aparecen estatuas del pasado comunista retiradas con la caída del comunismo. Uno de los últimos países del Socialismo. Pero, de lo que se trata –si a Ud le parece-, es de hablar del fin de la ideología socialista. Durante casi un siglo, hemos asistido al secuestro de la razón y la opinión publica por parte de un grupo de aventureros que asaltaron el Estado. Uno de los últimos regímenes es Cuba. Esta generación de políticos de izquierda llegaró al poder mediante un golpe de Estado, o vía manifestaciones, o con los carros rusos o chinos empujándoles, como en la situación de los satélites del Este de Europa.
¿Qué nos decían estos políticos de la revolución?
Por citar algo tan temible e incierto, hablaban del hombre nuevo y de una sociedad más justa. Y hay fe, que a ello se aplicarían con fervor. Un ejército de burócratas inexpertos, bravucones y famélicos de poder ocuparía posiciones que instaurarían formas de dictadura austeras de cara al público, pero con una actividad intensa y rica en la esfera privada de la élite.
El Gulag era la cara más atrevida del régimen. En estos sumideros de dolor y cárcel, acabarían las individualidades incapaces de escapar al exilio. “El instrumento empleado para llevar a cabo la represión fue el NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores), policía de carácter político cuyo principal responsable a partir de 1938 fue Beria. Esta policía era la encargada llevar a cabo las detenciones, interrogatorios y ejecuciones de aquellos considerados desafectos al régimen. Miles de éstos fueron enviados a campos de concentración (gulags), la mayoría ubicados en Siberia donde fueron sometidos en condiciones infrahumanas a trabajos forzados.” (1)
Entre la élite y los guetos de muerte y represión, viviría durante años una marea humana el continuo experimento social. Masas ingentes depauperadas prisioneras de la cartilla de racionamiento (2), o de niveles educativos, en la cual la calidad se mide por una masiva imbecilidad de tan sólo saber leer y escribir. Aún hoy es posible encontrar opiniones de izquierda que sostienen que Cuba es defendible por sus estándares de calidad educativas. En la dirección de la economía, prevalecería la mentira. O sea, estadísticas alteradas en las que aparecía como que el sistema funciona, pero el síntoma era una irracionalidad improductiva. El discurso oficial descansaba en “más mantequilla que cañones”, pero los gastos en ejército y seguridad en su momento serían mayores que los ámbitos de educación o sanidad. O, como sucede en el ejemplo cubano actual, las empresas más eficientes son propiedad de las Fuerzas Armadas.
En la segunda mitad del siglo XX, lentamente la miseria ideológica fue superada. La inesperada liberación de la razón abrió paso a una mayor libertad de opinión. Pero deberíamos constatar que este fuerte sentido de considerar que “la sociedad necesita un correctivo reformista o revolucionario” nos aparece continuamente, hasta inclusive en nuestros días; podemos citar la derecha evangelista que arroparía a Bush en sus primeros años de gobierno, o el contenido presbiteriano del gobierno de Rodríguez Zapatero.
Martin Amis nos habla de este “sujeto político recurrente” en su libro “Koba el terrible” mediante un recurso narrativo, al dirigirse a su padre de la siguiente forma: “Pero ¿en qué se basa la necesidad emocional? –es decir, la necesidad de la reforma-, se pregunta el hijo, recurriendo a otro párrafo del mismo ensayo, aquel en el que Kingsley –Amis- afirmara: «El ideal de la fraternidad del hombre, la construcción de la Ciudad justa, es un ideal que no se puede desechar sin tener toda la vida un sentimiento de decepción y pérdida».
La construcción de la Ciudad justa, en palabras de Kingsley Amis, es un ideal que nos coloca ante el desatino. Ante el experimento social, o ante la necedad de vernos obligados a ignorar, cuando observamos que el estalinismo u otra forma de actuación aventurera anula la democracia y se convierte en autorregulador de la propia sociedad. Dirá Martin Amis que es “una broma sobre la naturaleza humana: la absurda diligencia, la estrafalaria rapidez con que la utopía se torna distopía, con que el cielo se torna infierno...”.
¿Quiere esto decir que debemos abandonar el deseo de la revolución o la reforma?
No. Únicamente el principio que guía el cambio es… la democracia y el marco de libertades. Una sociedad avanzada presupone que la competencia entre las diferentes opiniones impulsa por si solo el cambio.
(2) En un condado de Gansu –China, 1960- donde murió un tercio de la población, el canibalismo estuvo muy extendido. Un jefe local, cuya esposa, hermana e hijos murieron por entonces, afirmaría más tarde ante los periodistas: “Había tanta gente en el pueblo que comía carne humana […] ¿Ve esas personas que están en cuclillas tomando el sol fuera de la oficina de la comuna? Algunas de ellas comían carne humana. […] El hambre hizo que la gente se volviera loca.” Página 537. Mao La historia desconocida. Jung Chang, Jon Halliday. Edit. Taurus.

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