En mis tiempos – esta expresión da para mucho – se sostenía por mucha gente de izquierdas el axioma de que “no hay nada más tonto que un obrero de derechas”; hoy debemos replantearnos la cuestión y preguntarnos si los obreros primero tienen alguna ideología y, segundo, existen como clase social o si me apuran como grupo organizado aunque sea mínimamente. Es más, conozco personas de izquierdas que dicen y piensan cosas feas de “los trabajadores” así, en general, aunque siempre alguno se salva de la quema por alguna extraordinaria característica personal.

En el País Valenciano el obrerío en masa vota mayoritariamente al PP, pero también la juventud lo hace, independientemente de su estatus socio-económico; las clases medias, independientemente de su edad y su sexo, votan también mayoritariamente al PP; incluso hay gente que se define de “centro-izquierda” que también vota al PP. El PSPV-PSOE se ha salvado de la quema por el trasvase de votos del electorado de EUPV, ERC y del BLOC, mientras que buena parte de su electorado ha desertado para votar al PP. Aquí todo dios vota al PP aunque nadie lo admite en público, porque es como un pecado, que les debe de resultar placentero de experimentar pero vergonzoso de reconocer. La pregunta es ¿por qué? Y la respuesta es “ni puta idea”. No se me desesperen, que tengo algo que decir al respecto.

Según Francis Fukuyama, un pensador de esos, las ideologías han muerto y sus putrefactos cadáveres se momifican al sol del capitalismo triunfante que ha llegado a la cúspide, al máximo, al súmum, el no va más, la “repera” vamos. El ser humano es uno, grande y libre, como la patria de los amigos del aguilucho – del pollo pintado en la bandera, que al otro aguilucho no le tienen respeto sino que a la más mínima le descerrajan dos cartuchazos y al zurrón –, y por lo tanto soberanamente egoísta; claro que el egoísmo individual es “el motor de la economía” del capitalismo globalizado. Y uno puede estar o no de acuerdo con Fukuyama, pero este sujeto no habla de oídas ni en balde, que sabe bien lo que dice. En esto también opina Norberto Bobbio cuando en “Derecha e Izquierda”  afirma que cuando una ideología es dominante se empeña en hacernos creer a todos que las ideologías han muerto a fin de afianzar su hegemonía. Ambos tienen razón, porque el liberalismo, entendido como una ideología – y puede que haya mucho que discutir –, es hegemónico en Occidente, tanto que a poco que investiguemos encontramos un evidente corrimiento hacia posiciones ideológicamente liberales por parte de los partidos políticos de izquierdas, tanto de la socialdemocracia como de los herederos del marxismo, que aquí no se salva nadie aunque siempre haya cuatro nostálgicos puristas refunfuñando su tragedia personal en alguna cueva lóbrega y oscura. Y el hecho de que los partidos políticos de izquierdas se hayan desplazado hacia el “centro” obedece a la constatación epistemológica de que la ciudadanía ha huido como de la peste de los maximalismos (también de los maximalismos de derechas, pero esos no me importan un pimiento) y de las pseudo-religiones que anunciaban el advenimiento del paraíso en la Tierra; hablo del comunismo por si hay dudas.

Ustedes saben, y yo sé también, que las ideologías no han muerto, pero sí es cierto que los partidos políticos no las representan, al menos no a título individual, sino que más bien lo que buscan es abarcar cuanto mayor trozo puedan de la parte del continuo ideológico en el que se identifican; así los partidos políticos que se definen de izquierdas tratan de apropiarse de todas las ideologías de izquierdas que encuentran en su camino, salvo aquellos planteamientos más cercanos al extremo, y no por falta de ganas sino por falta de votantes. La realidad es esta y frente a la realidad están los delirios de quienes viven encerrados en su burbuja ideal, inasequibles al desaliento, impasible el ademán, viento en popa a toda vela, surcando el proceloso mar de la esquizofrenia. Nada se puede hacer contra los poseedores de la verdad absoluta, que por definición no admite discusión ni planteamiento en contra, y cualquier idea por razonable que sea acaba estrellándose contra el muro del dogmatismo para hacerse añicos, así que no vale la pena perder más tiempo con estos. A la izquierda nos queda ser realistas – y lo dice un republicano, que ¡manda huevos! – y asumir que ha pasado el tiempo de revoluciones, de utopías, de salvadores, de lucha de clases, de colapso del capitalismo, de paraísos terrenales y otras zarandajas, y que por el contrario, ha llegado el momento de la soberanía popular, de la democracia liberal y de la política pragmática. Sobran aventuras absurdas y faltan políticos con vocación de servicio, no como el “morenito de Maracay” que estaba en eso para forrarse (el caradura dixit).