El fuet diferencial Josep se va al frente Carroful
Tras una tormentosa reunión de la célula durante la cual Josep nos acusó, como casi siempre, de revisionistas y en la que terminó, remedando a Krushev en la ONU, golpeando repetidamente en una mesa con sus espardeñas, se marchó refunfuñando.
- Lo que yo digo; se empieza criticando la solidaria y gloriosa intervención de la madre patria socialista en Checoslovaquia para acabar con el caos tejido por la CIA y se termina con el partido de masas y tragando quina. En este partido, encima de cornudo, hay que poner la cama.
- No hemos terminado, camarada- le advirtió el veterano responsable de la célula-. Tenemos que discutir el ingreso de un nuevo miembro.
- ¿Se trata por un casual de José Antonio Girón? Como en el partido de masas caben todos. No tengo tiempo, porque tenemos que preparar la toma del palacio de invierno.
- El día de tu ingreso, cuando nos deslumbraste con tus espardeñas y distes buena cuenta del plástico, ya intuí que serías una fuente de problemas. Teníamos que haber blindado el partido.
Estuve una temporada sin verlo. No acudía a las reuniones y tampoco lo veíamos cuando teníamos que hacer algún trabajo. El camarada Josep, Andreu, Ja o como diablos se llame ha liberado al partido de una pesada carga - me comentó el veterano comunista-.
No quise desengañarlo. Yo sabía positivamente que Josep nunca nos dejaría. Por lo menos a mí. Una noche, por fin me lo encontré deambulando por el barrio.
- ¿Qué es de tu vida?
- Mañana paso a la acción directa. Acompaño a la asamblea de parados al Carroful.
- Tú no eres desempleado, Josep.
- Ya estamos con los remilgos puritanos. Los compañeros parados han propuesto ocupar el centro comercial y aprovisionarse de comida. Las bebidas alcohólicas no las tocaremos. Están pasando una situación desesperada y estoy con ellos porque la propiedad es un robo.
- El partido no aprueba esas aventuras.
- El partido terminará bendiciendo los intereses bancarios y la usura. Hasta hacemos las reuniones en la iglesia.
- Son los únicos que nos dejan una sala.
- No te hagas el estrecho. Entre la corriente rosa, los cristianos por el socialismo y los eurocomunistas, el partido parece el camarote de los hermanos Marx, de Groucho, por supuesto, porque el otro os da hasta urticaria.
Me interesé por la hora en que terminaría la acción y me aposté cerca de su casa esperándolo porque temía lo peor y me inquietaba que mezclara a la organización en aquellas acciones. Y, sobre todo, porque temía que sus ínclitas espardeñas dejaran pistas sueltas. Por fin apareció Josep sobre las ocho de la tarde:
- ¿Qué son esos cinco dedos marcados en tu mejilla, compañero?
- Es una larga historia. Mejor es que te la cuente desde el principio. No te preocupes, que no me avergüenzo del estigma de mi moflete. Es una insignia revolucionaria.
- Pues parece enteramente la marca del zorro. ¿Acudiste finalmente al pillaje con la partida de desempleados?
- Fuimos a cobrar el impuesto revolucionario. Al principio todo fue la mar de bien. Cogimos los carros y los fuimos llenando hasta el borde. Como te dije, sólo nos podíamos aprovisionar de comida según el acuerdo de la asamblea de parados. Yo, mayormente, me dediqué a las pastas, al embutido y a los dulces. Cogí una ristra de butifarras enorme. Y cuatro fuets. Ya sabes que es lo que más me tira. Por su puesto que tenía la voluntad de regalar el carro a un parado nada más salir del supermercado. Una debilidad sí que te tengo que confesar que tuve. Vi una estantería llena de espardeñas y no pude resistir la tentación, así que cargué cinco pares para tener suficiente repuestos. Si las dosifico bien, estoy servido para unos años.
- ¿Qué pasa?- preguntó una mujer- ¿ha habido una epidemia de separados? Nunca había visto tanto hombre tirando del carrito.
-Al llegar a la caja e intentar pasar sin pagar, apareció la contra en forma de esquiroles con sus uniformes azules. Estábamos convencidos de que los compañeros cajeros se pondrían de nuestro lado por conciencia de clase, pero se parapetaron tras las cajas registradoras como si el centro comercial fuese el Álamo.
- Hermanos- les arengó un parado-, estamos pasando necesidades y apelamos a vuestra solidaridad para llevar algo de comida a nuestras familias. Estas viandas no son vuestras. Son de los capitalistas. Os pido que abandonéis el piquete y nos abráis paso.
- Iros de cartoneros- respondió uno de los empleados. No nos coloquéis este marrón, que vamos a engrosar la nómina del INEM.
-Como decidimos pasar a las bravas, los empleados comenzaron a tirar toda clase de objetos. Nos llovían latas y botellas de todas partes. Algunos clientes se unieron a la lapidación de la clase obrera. Hasta encendedores nos arrojaban.
- Aquí, o todos moros o todos cristianos- gritaba una mujer mientras golpeaba a un compañero con un rollo Albal-. Ustedes se llevan el botín y la empresa sube los precios para enjuagar pérdidas.
- Compañera, comprenda usted, no nos dedicamos al saqueo; es mayormente por la prole.
- Mucho hablar de la hambruna de la prole y luego los hartan a gominolas.
- Recuerde usted los versos de la estaca de Lluis Llach.
- A mí lo que me pone es aquello de “con tu cara lavada y recién pintá, niña de mis amores que guapa estás”.
- Yo, al Escobar, no lo tengo reconocido como cantautor, qué quiere que le diga.
- Pues a mí me encantan todas sus coplas. Y no le miento la del carro me lo robaron por no hacer leña del árbol caído.
-Hice un escorzo para eludir una lata de atún y recibí un botellazo de agua de Lozolla en el occipital que me dejó durante unos segundos conmocionado. Cuando me levantaba dando tumbos, me alcanzaron con un botella de lejía. Los empleados parecían entrenados de lo divinamente que atinaban. A mi lado cayó derrumbado un parado tocado de lleno por un paquete de pilas.
- Me han dado, compañero. Huye tú, que aún estás entero y no te preocupes por mí. Tengo una herida incisa en la sien que me ha dejado quebrantado. Se conoce que la plantilla no está por hacer la vista gorda en la razzia.
-Intenté auxiliarle, pero me arrearon con un tambor de detergente que casi me causa una hernia discal. Aquello parecía una gimcana en lugar de un acto contestatario. Viendo que poco podía hacer por el compañero herido y cerciorándome que la mitad de la asamblea de parados yacía por los suelos quejándose de diversas contusiones, aproveché el desconcierto que se había originado con el descarrilamiento de carritos de la compra para jugármela a una carta. El responsable de la asamblea de parados, subido en la estantería de los embutidos, aún tenía presencia de ánimo para arengarnos.
- ¡Ánimo, compañeros! Quizá perdamos una batalla, pero no la guerra. Que todo sea para que nuestros hijos puedan comer caliente.
- No mientas, que te he visto en un bar dejándote la paga a chorros en las tragaperras- le gritó la misma mujer arrojándole un bote de gel a la cara- y no insistas más que esto es enteramente el ejército de Pancho Villa.
- Fueron sus últimas palabras. Un reponedor le atinó con una lata de fabada y se derrumbó desde la estantería. Al caer al suelo, fue rematado por una cajera con una lata de aceite a granel de cinco litros nada menos.
- Toma del frasco, Carrasco. De aquí no os lleváis ni una modesta bolsa de macarrones.
- Manda huevos con el lumpen proletariado- se quejaba el dirigente amargamente- y eso que tan sólo hemos pillado los productos en oferta, que si agarramos el salmón en lonchas nos hacen rodajas con la máquina de cortar embutido. Otro parado, al que le habían atizado con la paletilla de un jamón en la espalda, se atrincheró tras la estantería de las verduras:
En pie pueblo obrero
A la batalla
Hay que derrotar a la reacción...
-Pero no pudo seguir; la pescadera comenzó a golpearlo con una enorme merluza que le llenó los ojos de escamas.
- Pare usted, compañera, que voy a tener que acudir a Barraquer con la saña con la que me arrea.
- Del Caserío me fío- gritaba otra dependienta tirando proyectiles de la marca de quesos.
- Embestí el cordón de cajeros y reponedores y salí corriendo a la calle. Comencé a correr por la vía del tren empujando el carro sin mirar para atrás. Al menos, pensé, si salvamos un carrito, la acción no habrá sido baldía. Cuando llevaba cien metros, apareció una pareja de la guardia civil y me paró en seco.
- ¿Usted viene del pillaje? Pues que sepa que no está en Harlem.
- Las criaturas necesitan comer.
- Estas no son formas ni maneras.
-¿Qué sabe usted de eso? Mire mis manos llenas de callos. Enséñeme las suyas. Seguro que las tiene como un pianista.
- Aquí las preguntas las hago yo. Vamos a ver, ¿usted en qué gremio trabajaba antes de ir al paro?
- No, yo no milito en el INEM. Yo he venido por solidaridad.
- Usted ha venido a rapiñar.
- Si ustedes son los encargados del orden público, deberían poner más orden en la economía de mercado. ¡Abajo los precios, arriba los salarios! ¿Qué le parece la consigna para combatir la gazuza?
- Pues mire, ya que se pone a faltarnos, le voy a quitar el hambre a tortazos.
-Fue entonces cuando me arreó el mandoble que ves reflejado en mi rostro. Me pegó tal viaje, que vi las estrellas. Me requisaron el carrito y después me dejaron marchar.
- Las espardeñas no son producto del saqueo. ¿Me las puedo llevar?
- ¿Lleva usted el correspondiente ticket?
- Con el barullo que se ha formado lo he perdido.
- De parte de toda la Benemérita, se puede usted meter las diez espardeñas en el culo una a una- fue lo último que dijo. Y de gracias que no le llevemos al cuartelillo.
- Josep, te avisé de las consecuencias de esa aventura. En fin, mañana queremos pintar un mural sobre la necesidad de más escuelas públicas en el barrio y, como no se te da nada mal la pintura, podías venir.
- Me parecen mariconadas, pero cuenta conmigo. Ahora te digo una cosa: pienso ir con espardeñas aunque sea por darle en la cara al responsable político. Se que va diciendo por ahí que será imposible la transición pacífica si mi calzado tiene un efecto llamada.
|