Es un fenómeno digno de estudio.

Tras las últimas elecciones estamos ante un panorama de crisis de los partidos y de crisis de las personalidades. En la percepción de la masa de la población están dos triunfos relativos. Uno, de ese partido escoba que es el que predica un socialismo antisistema aglutinante del voto muelle del “hoy para aquí, mañana para allá” que es lo mismo que pan para hoy y hambre para mañana. Y otro, de esa  opción renovadora que ha irrumpido en un escenario significado bajo el signo  de la  desvertebración, con un cierto carácter cesarista. 

Esta nueva realidad, en el actual contexto reconstitutivo por vaciamiento del Estado constitucional, ha  provocado en el resto esa imagen goyesca del personaje mitológico que se come a su hijo. La crisis de los partidos está llevando a la realidad política a una nueva situación bajo el síndrome de Tánatos, autodestructiva, o lo que es lo mismo, a una búsqueda de la identidad perdida sin saber a dónde se va. En ese “vivo sin vivir en mí” se están quedando por el camino personajes que son víctimas de su propio error de partida: considerar la política como una forma de obtención de poder personal, no como una  forma dinámica de logro de una utopía, de una conquista de la perfección de nuestra sociedad que es un proceso de perfeccionamiento similar al que cada persona tiene en su educación permanente.

Cuando la política se realiza como ejercicio del poder puro y duro, y no como búsqueda de la justicia, de la felicidad de la gente, se convierte en posibilista, y se acerca a la intranscendencia, a la superficialidad burda. Deja de ser interesante y aburre al común de las gentes. No tiene elementos atractivos y abandona el campo de la pedagogía social que siempre tiene algo que ver con la ejemplaridad del que ejerce la legitimidad en forma de autoridad moral.

Eso es lo que ocurre cuando quienes tienen la difícil y necesaria misión de dirigir los partidos políticos no tienen altura de miras, entrega generosa, y liderazgo en aquellos cometidos que tratan de corregir la perversión y la desviación respecto a las metas nobles, en momentos difíciles y complicados. Quienes buscan el poder por el poder, o acrecentar la hacienda personal, y no  la defensa de las ideas y la coherencia en las actuaciones, acaban perdiendo la respetabilidad y la afectación de las gentes. No se puede hacer política simplemente para permanecer al frente del poder, abandonando la defensa de los principios, y cambiando de criterios al albur de la oportunidad de la ocasión. La crisis abierta en muchos de los partidos no beneficiados por las preferencias del voto de los ciudadanos tienen mucho que ver con esa falta de coherencia y de nobleza en la defensa de sus ideas, con  la incoherencia de las actuaciones, con la veleidad en las actuaciones cotidianas. Yo mismo he sido testigo preferente de cómo puede caerse un castillo de naipes cuando no se es consecuente con el mantenimiento de postulados, con la defensa de principios que debieran ser irrenunciables aún a riesgo de no ser comprendidos.

Es arquetípico el hecho de que cuando un dirigente de un partido político defiende más sus intereses que los de su colectividad ideológica arrastra a su opción electoral al olvido social, a la desafección. Cuando las causas justas y nobles no se defienden con convicción y se abandonan siguiendo banderas coyunturales convertidas en ídolos de una mística pasajera, al final se pierde capacidad de persuasión y credibilidad.

Eso está en el origen de la pérdida de expectativa electoral de bastantes de las ofertas políticas, que no ideológicas, que pululan en la actual jungla partidista.

Siempre, tras unas crisis surgen nuevas posibilidades y expectativas esperanzadoras.