Viendo el cariz que han tomado los resultados electorales durante estos últimos años he llegado a la peligrosa conclusión de que o el grueso de la ciudadanía es “gilipollas” o por el contrario el “gilipollas” lo soy yo, porque ya se me han agotado el resto de posibilidades. A ver si no cómo se explica que elección tras elección, ji, ji, ja, ja, la gente elija personajes como Fabra, Trillo o Berlusconi, por poner algún ejemplo, que hay muchos más y muy coloridos: me acuerdo del G.I.L. Yo no encuentro razonable, más allá de explicaciones esotéricas, que el pueblo soberano otorgue su confianza a los estafadores porque es una antítesis “per se”. Para mí esto es una perversión democrática intolerable, tal vez sea que yo me tomo esto con mucha seriedad y no hace falta tanta, pero es que, qué queréis que os diga, elegir Presidente del Gobierno a un tío que es, sin duda alguna, un delincuente convicto y confeso cuya voluntad es ni más ni menos que utilizar las instituciones del estado para burlar la acción de la justicia, con el agravante de que en ningún caso lo ha ocultado, es de ser, con todos los respetos, “gilipollas” pero profundo.
Todo eso nos lleva a hacernos un planteamiento crítico sobre la democracia, porque hace falta preguntarnos si cualquier decisión tomada democráticamente es aceptable, incluso desde un planteamiento radicalmente democrático ¿Cabe cualquier cosa en democracia? ¿Es lícito democráticamente hablando que una ciudadanía soberana decida establecer o restablecer la pena de muerte, la lapidación contra el adulterio o la homosexualidad? ¿Es ético democráticamente hablando que un pueblo soberano tome la decisión, por unanimidad o si me apretáis por mayoría absoluta, de defender sus derechos colectivos mediante el terrorismo o de establecer una dictadura militar? ¿Podríamos cuestionarnos una decisión tomada por los mecanismos democráticos pero que por sí misma, dentro de nuestra cultura judeo-cristiana, sea éticamente inaceptable? ¿Podríamos plantearnos tirar para atrás una decisión tomada por el pueblo soberano por los mecanismos democráticos, dentro de las “reglas del juego” de las instituciones de los estados-nación occidentales, si esta decisión es antidemocrática? ¿Qué pasaría si en las próximas elecciones generales ganara un partido nazi por abrumadora mayoría? La situación es compleja y requiere un análisis desafecto y lo más neutral posible, pero en todo caso, yo creo que es relativamente urgente que nos lo planteemos.
El otro día, en el marco de una comida social, comentaba esta reflexión con unos amigos y posiblemente dejándome arrastrar por mi indignación particular dudé incluso de que estemos preparados para ejercer con responsabilidad la democracia. Puede ser que ésta sea una reflexión, o un corolario, de cariz fascista – ya me lo dijeron – pero es difícilmente comprensible que la gente, en su sano juicio, deposite su confianza, ji, ji, ja, ja, como si tal cosa, en sujetos de “dudosa moralidad” – estoy siendo muy generoso – que han dicho en muchas ocasiones que están en política para forrarse los bolsillos de billetes y si se tercia, eludir la acción de la justicia. Y no me vale el más que dudoso razonamiento de que como aquel tío ya lo ha dicho, que está en política para enriquecerse a costa nuestra, es más sincero que el aspirante, que no lo ha dicho, porque es mentira ya que suponemos “ a priori” que todos somos iguales que el estafador, el mangui y el ladrón, y eso es además de una “boutade” intolerable, una falta absoluta de criterio. Por lo tanto, yo creo que es necesario hacer una reflexión profunda sobre como va la cosa, porque, fascismo o no, hay algo que objetivamente no va bien.
Todo eso nos lleva a hacernos un planteamiento crítico sobre la democracia, porque hace falta preguntarnos si cualquier decisión tomada democráticamente es aceptable, incluso desde un planteamiento radicalmente democrático ¿Cabe cualquier cosa en democracia? ¿Es lícito democráticamente hablando que una ciudadanía soberana decida establecer o restablecer la pena de muerte, la lapidación contra el adulterio o la homosexualidad? ¿Es ético democráticamente hablando que un pueblo soberano tome la decisión, por unanimidad o si me apretáis por mayoría absoluta, de defender sus derechos colectivos mediante el terrorismo o de establecer una dictadura militar? ¿Podríamos cuestionarnos una decisión tomada por los mecanismos democráticos pero que por sí misma, dentro de nuestra cultura judeo-cristiana, sea éticamente inaceptable? ¿Podríamos plantearnos tirar para atrás una decisión tomada por el pueblo soberano por los mecanismos democráticos, dentro de las “reglas del juego” de las instituciones de los estados-nación occidentales, si esta decisión es antidemocrática? ¿Qué pasaría si en las próximas elecciones generales ganara un partido nazi por abrumadora mayoría? La situación es compleja y requiere un análisis desafecto y lo más neutral posible, pero en todo caso, yo creo que es relativamente urgente que nos lo planteemos.
El otro día, en el marco de una comida social, comentaba esta reflexión con unos amigos y posiblemente dejándome arrastrar por mi indignación particular dudé incluso de que estemos preparados para ejercer con responsabilidad la democracia. Puede ser que ésta sea una reflexión, o un corolario, de cariz fascista – ya me lo dijeron – pero es difícilmente comprensible que la gente, en su sano juicio, deposite su confianza, ji, ji, ja, ja, como si tal cosa, en sujetos de “dudosa moralidad” – estoy siendo muy generoso – que han dicho en muchas ocasiones que están en política para forrarse los bolsillos de billetes y si se tercia, eludir la acción de la justicia. Y no me vale el más que dudoso razonamiento de que como aquel tío ya lo ha dicho, que está en política para enriquecerse a costa nuestra, es más sincero que el aspirante, que no lo ha dicho, porque es mentira ya que suponemos “ a priori” que todos somos iguales que el estafador, el mangui y el ladrón, y eso es además de una “boutade” intolerable, una falta absoluta de criterio. Por lo tanto, yo creo que es necesario hacer una reflexión profunda sobre como va la cosa, porque, fascismo o no, hay algo que objetivamente no va bien.

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