Eran cuatro los ministerios ‘orwellianos’ que velaban por el poder absoluto del Gran Hermano. El Ministerio del Amor era el encargado del control de los ciudadanos de ‘1984’, castigando y torturando a los que ofrecían alguna posibilidad de pensar por sí mismos. Prohibía, incluso, las relaciones amorosas por temor a que despertara sentimientos no controlables por el Estado. El Ministerio de la Paz se ocupaba de que la guerra fuera permanente, de forma que el estado de excepción atemorizara a los habitantes, y los hiciera dóciles y fácilmente manipulables. El Ministerio de la Abundancia dosificaba la propiedad y la economía, y se preocupaba de que la gente viviera al límite de la subsistencia. Y el Ministerio de la Verdad tenía como objetivo la manipulación emocional de los ciudadanos, basándose en una red artificial de informaciones y de constante reescritura de la Historia. En todos los ministerios ‘orwellianos’, la denominación grandilocuente del mismo era una declaración de algún valor que supusiese lo diametralmente opuesto a lo que realmente se hacía. A usanza parecida, nace en España, en el año 2008, el Ministerio de la Igualdad.
La declaración del valor de la Igualdad es el objetivo principal de dicho ministerio, por encima de su contenido, utilidad, o eficiencia. Oficialmente, de lo que se trata es de aplicar la discriminación positiva a favor de las mujeres, y del desarrollo de la Ley de Igualdad. Tanta igualdad repetida en leyes y frisos de edificios oficiales trata de ocultar lo que de verdad se pone en práctica, que es una desigualdad ante la Ley, forzada en el sentido que marca lo políticamente correcto. Es decir, que se esforzará en que los castigos penales sean mayores para hombres que para mujeres, y regulará la vida privada de las empresas —quien sabe si también de las familias— mediante las cuotas y las prohibiciones que tanto desprestigian la de por sí brillante labor de tantas mujeres profesionales. El disfraz del que se viste la norma, para aparentar que se basa en la igualdad y no en la discriminación, llevará al extremo en que sectores empresariales mayoritariamente ocupados por mujeres en la actualidad, como el periodismo o la industria farmacéutica, deberán eliminar a muchos cargos meritoriamente alcanzados en favor de otras personas que no habrían llegado por medios naturales.
El hombre y la mujer sufren en la actualidad una diferencia estadística en cuanto a la tasa de población ocupada y al nivel de retribución. Pero el Gobierno juega con los distintos significados de diferencia y discriminación. La mujer está situada profesionalmente en peores posiciones que los hombres por antiguas discriminaciones sociales, que fundamentalmente revierte ahora en una tasa de formación diferenciada. Sin embargo, ahora las mujeres jóvenes reciben el mismo —probablemente mayor— nivel de formación, lo que irremediablemente conducirá a un ajuste natural. De esa forma, en la actualidad en Estados Unidos las mujeres entre treinta y cuarenta años son estadísticamente más eficientes, más numerosas en puestos ejecutivos, y cobran más en promedio en puestos similares. Ha sido fruto de una mayor tasa de formación y especialidad producida por una corriente cultural, y no, por sorprendente que pueda parecer, por medidas gubernamentales que se alimentasen de impuestos e intervinieran en la vida privada de las empresas o las personas.
A los liberales, aparte de la intromisión en la vida privada y en la ordenación gubernamental de los valores de la población, nos preocupa sobremanera el vacío de contenido con el que nace este ministerio. Todo organismo con poco contenido —y más aún un ministerio— siente siempre una necesidad imperiosa de autojustificar su existencia, de forma que inventa regulaciones y normalizaciones innecesarias y casi siempre dañinas. No hay que descartar la creación de una cuadrilla o cuerpo de “agentes supervisores del estricto cumplimiento de la igualdad”, que en cuanto se dé alguna señal de diferencia, alguna ruptura de la homogeneización biempensante, saldrán por la barra como bomberos ante un incendio e irrumpirán en el lugar del conflicto con luces y sirenas. Una niña jugando a las muñecas, vieja costumbre fascista, o una carrera en la que el más rápido gana, en lugar del deseo ‘zapaterino’ de que todos lleguen al mismo tiempo, pueden ser alarmantes ejemplos de machismo. La ociosidad sólo puede dar lugar a la recaudación de las carteras ciudadanas, y con la suma acumulada, la intromisión en la vida de los que han pagado.
Bibiana Aído, flamante ‘neoministra’ de la Igualdad, afirmó rotundamente que el ideal más noble de la democracia es la Igualdad. Olvidó la Libertad, que es precisamente la afectada por el control al ciudadano y por el cobro masivo de impuestos. La democracia no es más que un requisito para la existencia de Libertad, pero no es condición suficiente. Otra es la igualdad ante la ley, que es exactamente lo contrario que la igualdad “mediante” la ley, vieja confusión socialista que promueve la creación de este ministerio, y sobre la que se han levantado los estados más totalitarios de la Historia.
Con éste, podría Orwell añadir un quinto ministerio en el que se formará, por ejemplo, una nueva Academia Feminista de la Lengua, en la que el género neutro y masculino queden abolidos. La discriminación positiva es, por sorprendente que pueda parecer, un tipo de discriminación, en el que cambia el punto de vista. El feminismo es un sexismo políticamente correcto. Algunos argumentan que la discriminación positiva, esa “orwelliana” contradicción de términos, es la única forma de acabar con las diferencias actuales entre hombre y mujer. Yo soy partidario del modelo de la Libertad, de la abolición de cualquier sexismo, en el que el sexo deje de ser un criterio profesional. Con este sexismo oficial, ahora es el sexo el criterio principal para la regulación de la vida privada de los ciudadanos.


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