Nada más insensato que pensar que la pasión transformada en letras se mantendrá inalterada en el tiempo. La mugre histórica se alarga y canibaliza a sí misma.
Recuerdo hace unos años que, al entrar en un pequeño cementerio, una de mis primas me señalaría sucesivamente la lápida de mi padre, luego la de mi abuelo y, un poco más adelante, la de su padre. No pude más que pensar: no es más que mármol oxidado y tenue que marca las generaciones.
Esbozo dominar mis pensamientos que disparan los recuerdos. Es un pequeño intento de ser racional, pero lo emotivo se desborda ante la fatal atracción del tiempo. Es una suma de un candado detrás de otro.
¿Lectores? Pueden ser actuales o surgir dentro de varios años. La globalización y lo virtual crean islas complejas que se estancan esperando esa visita furtiva y sedienta. Se ha roto el espejismo del escritor que publica y reproduce su metáfora con cierta ascua cada dos años. La isla de marfil ya no asegura más esquemas. La memoria nutre y dirige cada paso.
Una imagen da miles de lecciones.
Como los nazis pulcros y atónitos que buscan en España sus raíces arias. Ellos se mueven perplejos y barruntan la violencia del mundo que desean construir. Pero el resultado de su necio optimismo nos presenta ahora varias lápidas como en la cual mis progenitores escampan su crónica. Muchos asesinatos sirvieron a su imperio, muchas gargantas pasaron hambre ante su insolencia. Y, de repente, un día, aquella larga noche se marchó.
Cada tiempo histórico cambia. Ahora es un material de barbaridad hueca construida por el apetito que nos alimenta. Ahora los monstruos tecnológicos se auto reproducen.
Es Jagger y sus acólitos. Entre ambas fotografías está la decadencia consumista del espíritu libertino del hippismo de los 60. Y la droga sedienta de sus dependencias. Productos culturales cínicos, armados de eno y zarzaparrilla. La decadencia artística se posee a sí misma. Y las masas de seguidores anhelan tocarles, o vislumbrar un segundo de su pesada gloria. Pero ni con un estornudo fino hay sitio para tantos. La élite se desespera de aquellos que desean igualarle.
La Hilton visita Rusia. Y en su lista de demagogia para actuar incluye Ketchup y caramelos para chupar de sabores variados. La meritocracia rusa le alaba el peinado, la corte y su mal encarado estilo de no incluir un vibrador para la siesta.
Tiempos extraños e intuidos. Perfiles polvorientos de la aldea global.
Ni una mácula de carne de cerdo para montar la fiesta del fin de semana. Es que se ha podrido hasta la sana inocencia de los 50. La de las películas donde se intuií el sexo, pero la rosada cresta nos impedía mostrarlo de una manera evidente. Es un siglo encaramado y vil que trae también sus fantasmas. Sólo nos queda adinarlos.

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