Suena bien. No recuerdo que haya pasado con anterioridad.
En el debate de investidura, por fin alguien ha puesto el dedo en la llaga. Por fin alguien ha denunciado allí donde se personifica la voluntad general lo que algunos llevamos clamando en este desierto estúpido teñido de silencios o bien cómplices o bien alelados. Alguien ha puesto voz a los que insistentemente venimos expresando algo inadmisible si el sentido común no fuera a veces el más insensato de los sentidos: la política lingüística más inaudita e inédita conocida en la urbe desde que en Irlanda decidieran poner en dique seco las pretensiones de implantar una lengua, el gaélico, con carácter general contra la voluntad de los hablantes, con un sonoro fracaso. Eso fue en los años treinta del siglo pasado. Tras el absurdo intento frustrado nadie supo del por qué se abandonó el proyecto inmersionista, aunque es fácilmente deducible, y hoy todo el mundo habla la lengua anglófona común en Irlanda..
Rosa Díez ha estado espléndida, brillante. También me ha parecido que estuvo acertado Rajoy, aunque en clave de hombre de Estado, es decir, prudente, moderado hasta la desesperación de quienes pretenden que el líder de la oposición sea más un látigo que un cauce para resolver los desaguisados del Gobierno.
Pero, volviendo a nuestra émula de Agustina de Aragón, Rosa, ha estado impresionante. Los que le conocemos sabíamos de sus aptitudes para poner en evidencia los problemas en los que nos ha embarcado un socialismo desviacionista, y para producir sarpullidos en quienes hace tiempo han hecho renuncia a los principios fundacionales del partido de Pablo Iglesias. Y, sin embargo, Rosa ha estado mejor de lo que esperábamos. No ha defraudado, y abre la perspectiva de una legislatura muy interesante, exprimiendo todas las posibilidades que tiene un escaño dentro de un hemiciclo repleto de otros diputados normalmente somnolientos. Gracias Rosa.
Mientras que en el mundo donde los derechos humanos son una prioridad se moviliza la opinión pública, y hasta en el aletargado Parlamento Europeo se ha tomado una posición clara respecto al desprecio a la dignidad humana que manifiesta el país anfitrión de los juegos olímpicos, aquí damos por buena la dictadura china. Será por eso de que tiene procedencia maoísta y lo rojo tiene un plus de legitimidad aunque haya producido en su devenir millones de víctimas. Pues sí, señor Moratinos, antes están los derechos humanos que los juegos olímpicos; es cuestión de moral política. Sin relativismos.
Rosa Díez ha pronunciado en el debate de investidura unas verdades de tal calibre que Zapatero se ha revuelto en sus negros vaticinios de la aparición de esa voz ectoplasmática de su conciencia. Rosa Díez es la esperanza blanca para este país en bancarrota de principios, en una autodestrucción demoliendo sus pilares.
Sí señor Zapatero: si se rompe la igualdad, si se destruye la libertad de las gentes, España dejará de existir. No se puede predicar a favor del igualitarismo de campanario mientras se disuelven los lazos de los españoles y se difuminan en algo etéreo los derechos fundamentales, la lengua común que nos permite entendernos entre nosotros y con el mundo hispano que es la de todos los españoles, la que nos permite la movilidad interna; o si se rompe la unidad jurisdiccional de la justicia; o si se fragmenta en 17 trozos inconexos el sistema funcionarial y retributivo; o si se impide la armonización fiscal; o si se anulan las posibilidades de practicar políticas comunes para, por ejemplo, resolver asuntos tan importantes como una política energética autónoma (la nuclear), una política hidráulica que obliga a poner en marcha grandes infraestructuras que conecten las cuencas, una política del sector primario de la economía que genere factores de desarrollo, etc. Pero eso es pedirle demasiado, señor Zapatero. Se vive mejor sin abordar los problemas y sin complicarse la vida, chupando del bote sin dar respuestas nobles y eficaces a las preocupaciones ciudadanas.
Eso no es posible sin un Estado fuerte que usted se ha encargado de convertir en algo virtual. Por eso Rosa Díez, la esperanza progresista de este País ha dado en el clavo, y da la pista de lo interesante de su actuación en un parlamento aletargado, enclaustrado en las disciplinas partidarias que ahogan la libertad de conciencia y la libertad de actuación de los representantes de la soberanía nacional.

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