La aparición y el posterior ascenso al gobierno en varios países europeos, en los años de 1918/39, de partidos de ideología totalitaria, en la que se instalarían personajes tales como Salazar, Hitler, Dolfus, Franco, Mussolini o Lenin/Stalin, no representaría mas que la conversión de una parte de la opinión pública al irracionalismo moderno. Las características principales de este período podríamos definirlas por tres aspectos:

-Eliminación de la disidencia y abuso del poder del Estado.
-Ruptura con los poderes institucionales tradicionales y la división de poder.
-Exaltación de los valores sentimentales del individuo.

Pero quizá el más importante fue la utilización de la guerra para remodelar la sociedad y el escenario geopolítico.

Hace unos días, se han cumplido cinco años del inicio de la guerra de Irak. Una gran cantidad de manifestantes han vuelto a litigar contra este tradicional concepto: utilizar la violencia para modificar el escenario político. Con una considerable perspectiva de tiempo, podemos afirmar que la intervención en ese país se ha saldado con un considerable fracaso.

Una de las causas de esta guerra, en su aspecto interior, es que la sinrazón (Sadam Husein) estaba instalada en dicho país. Muchos objetarán con acierto que regímenes corruptos hay en muchos sitios y no se les invade. Pero es necesario constatar que la operación de cirugía partió desde la potencia hegemónica (EEUU) con el fin de asegurar y reforzar su dominio político en la región.

Esto provocaría, en su momento, una división de la opinión pública europea entre intervención o co-existencia.

¿Algo ha cambiado en estos años? Para algunos, el mundo es más inseguro. Existen diversos argumentos extendidos e inclusive contradictorios al respecto: por ejemplo, la guerra de Irak se encuentra en clara regresión con el país al borde de la guerra civil. O Afganistán es el siguiente conflicto a punto de estallar. O los EEUU se hunden en el conflicto.

¿En algo hemos avanzado? En reconocer que el Islamofascimo está en auge y un cinturón de fuego y sangre amenaza extenderse desde Pakistán (no olvidar este país en un futuro) hasta Marruecos.

Si echamos la vista atrás, las causas objetivas ya existían antes de la intervención. Están condensadas en los primeros tres puntos: a saber, el abuso del poder del Estado, la ruptura con la división del poder y la exaltación de los valores sentimentales del individuo. Estos elementos se manifiestan con fuerza en el cinturón de Estados donde lo islámico late en la sociedad buscando una relación más estable entre las estructuras políticas y su representatividad. Ante ello, siempre quedan multitud de interrogantes:
¿Debajo del régimen de Sadam Husein no existían las diferencias étnico-religiosas actuales? ¿O la dictadura en Argelia no deja de presentar un futuro incierto? O la Monarquía Marroquí, dueña del 60% de la economía del país, ¿no es una máscara que nos esconde los problemas que vendrán? ¿O la monarquía de Arabia Saudita, con sus extremas diferencias, en las cuales la más llamativa es su ideología de sumisión de extranjeros y mujeres? ¿O el Irán, partido entre tradición y modernidad?


Dicho esto, sería interesante recordar la relación establecida entre El Gran Khan de China y Marco Polo. Este Emperador le obligaría a quedarse entre ellos 15 años, encomendándole tareas de inspección más allá de los confines de su reino. Durante ese período, surgirán en la Corte voces críticas contra la figura de Polo, con la sospecha de que éste no regresaría y traicionaría a los intereses del Rey. La base de las misiones descansaba en la opinión de la Emperatriz, que afirmaba “que no saber que hay más allá es la debilidad del Imperio”. He traído este ejemplo histórico a colación para afirmar algo tan sencillo como que la guerra responde a una lógica de poder. Quien lo ejercita busca constatar si su debilidad está próxima o lejana en el tiempo.

Pero la cara amarga de la guerra deja tras de sí secuelas, que la propia sociedad intenta ocultar. En EEUU, esto aparece no tan solo en las estadísticas de muertos en combate, sino en los mutilados. En la propia sociedad escenario del conflicto, que es más aterrador, pero igualmente cuantificable.

De una u otra forma, el debate en la propia sociedad americana es el elemento que marcará los próximos pasos en esta ideología de la irracionalidad. Los seres humanos estamos unidos al arco y la flecha. Pero quien activa esta actitud es el nacionalismo.

Para ser más precisos, no nos oponemos a la guerra, sino que, en función de nuestras simpatías políticas, aceptamos intervenir. Mientras Rodríguez Zapatero se opone a enviar tropas a Irak, decide apoyar la política de Naciones Unidas en Afganistán. ¿Y cuál es la diferencia entre ambos escenarios? En este segundo país, hay un gobierno democrático que resiste al terrorismo con el apoyo de la comunidad internacional. Pero que descansa en la tolerancia al mayor comercio de opio mundial.

La comunidad internacional está desarrollando un política selectiva de intervenciones preventivas en los lugares donde aparecen problemas locales (guerras entre mafias, elecciones ilegales, diferencias religiosas, estados No-Viables con diferencias religiosas en su interior, etc).

Esta práctica ha situado a las tropas de la ONU (por cantidad y detalle de operaciones) en un cierto tono diferente al de EEUU. Pero llegará un determinado momento en que podremos comparar objetivos y resultados. En el último año, el número de cascos azules es de 104.106, las bajas de 2.420 –desde 1948- y el presupuesto autorizado de junio de 2007 a julio 2008 de 6.8 billones de dólares.

En ambos casos, o sumando la OTAN, o el nada despreciable presupuesto militar de Japón o China, podemos afirmar que en la política de defensa americana existe un elemento que comparte con la opinión pública mundial: ¡Es la desmesura en los gastos bélicos! El policía mundial puede estar en cualquier conflicto debido a que existe un nivel de armamentos suficiente generado por los diferentes estados que impide una red de gestión de otras vías de diálogo. La política de los cascos azules ha añadido el uso militar con el fin de asegurar que el conflicto que ya ha estallado no continúe. Pero con ello no hemos resuelto el verdadero estilo que preside nuestras relaciones.

¿Deberíamos ir a una política de desarme mundial?


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