El tema que pretendo tratar hoy resulta de extrema dureza, hago esta advertencia para evitar herir sensibilidades, si es que eso es posible refiriéndose a la pederastia.
No es un problema nuevo pero si ha tomado un novedoso cariz en los últimos tiempos. En la época en que Roald Dahl creó la historia de una niña que entraba en un país fantástico con objeto de engatusar a niñas de carne y hueso, a las que posteriormente fotografiaba desnudas, el pederasta era un ser marginado, sin lugar alguno donde confesar sus sentimientos. Así permaneció la situación de estos sujetos hasta que la era de Internet les proporcionó la posibilidad de formar auténticas comunidades. Disponen de foros donde presumen de sus últimas “conquistas”, intercambian material audiovisual y lo compran a individuos que, para obtenerlo, obviamente requieren del secuestro, violación y tortura de niños y niñas de cortas edades, en ocasiones bebes.
Debido al aborrecible caso de la niña Mari Luz el tema en cuestión resulta ser de actualidad. Es triste pero en España no se toman medidas hasta que muere alguien. No es necesario que les recuerde la consecución de despropósitos que permitió la libertad de su asesino. Dichas negligencias fueron responsabilidad de una o varias personas pero existe un factor más grave que la dejación de funciones de unos pocos burócratas: el trato que se otorga a un culpable de abusos a menores en nuestro país. Se sigue considerando presos comunes a este tipo de delincuentes, salen en libertad condicional, acortan penas por buena conducta etcétera. Si hablásemos de un mal tipo, pongamos un asesino que matase a un pariente por dinero, el miedo a la cárcel podría evitar que, tras veinte años en prisión, volviera a cometer una nueva atrocidad. En el caso del pederasta no es así, porque la excitación sexual que le producen los niños forma parte intrínseca de su sexualidad. Es por dicho motivo que la reincidencia de los agresores sexuales a menores o consumidores de pornografía infantil, que con su demanda provocan lo primero, es altísima. Lo cual convierte en un peligro para la infancia cualquier permiso penitenciario que reciban.
Enfermos, sí, por supuesto, pero extremadamente dañinos y conscientes, en la mayoría de los casos, de la gravedad de sus actos. No pensemos en ellos como en seres extraños, embrutecidos, de esos que dan miedo sólo con verlos… Muchos consiguen trabajo en centros educativos, guarderías o lugares cercanos a zonas habituales de juego como parques y plazas. Háganse idea de la potente atracción, del sentimiento obsesivo por la infancia de los pederastas para que incluso su vida laboral funcione en base a tan aberrante obcecación sexual. Es, por tanto, el pederasta una auténtica alimaña. Consciente del daño que causa a la infancia la utiliza para satisfacer sus necesidades lúbricas.
Aún se ve el abuso sexual, sea a menores o a personas adultas, como algo grave pero no tanto mientras la víctima no muera o sufra lesiones físicas de importancia. La consecuencia de ese inaceptable grado de ignorancia judicial y legislativa es que verdaderos depredadores anden libres por nuestras calles. Cuando un niño sufre de abusos, tocamientos o es violado, algo se rompe dentro de él. Necesitará años, bastantes, para superar el miedo, el asco y la aparición del rostro de su agresor al cerrar los ojos cada noche, el revivir lo sufrido una y otra vez. Es una tensión que mina la psique del joven infortunado, destroza su capacidad para entablar relaciones nuevas y, aún siendo adulto, en especial si no recibió la ayuda necesaria tras el o los ataques, encontrará insalvables muros dentro de su propia mente para llevar una vida normal. Dicho de otra forma: La agresión sexual es como un potente tóxico que mata lentamente, convierte en un muerto en vida a aquella niña o a ese niño atormentados por el abominable acto que supone.
Se habla ahora de aumentar las penas para quienes abusen de niños. Una chiquilla ha sido asesinada por un pederasta y ahora, sólo ahora que resulta popular, todo el mundo alza la voz. En otros países, véase la vieja Inglaterra, estos criminales son controlados de por vida, han de presentase en comisaría en intervalos de tiempo muy cortos y no hacerlo les supone el regreso a prisión por muchos años. Además las penas no son tan ridículas como en España donde un violador de niñas es condenado por 17 crímenes y está en la calle cumpliendo menos de un año por cada atrocidad cometida. Nos frena la idea de que padecen una patología, de que no deben ser tratados como delincuentes sino como personas que requieren de tratamiento psicológico. No me opongo a ello, siempre que el tratamiento vaya acompañado de medidas, como su reclusión en centros psiquiátricos, que eviten nuevos daños a menores.
Verán ustedes, para mí es cuestión de prioridades, entre un niño que tiene toda una vida por delante para descubrir el mundo y un enfermo que puede destruirle, mi elección es proteger al primero.


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