Esa fotografía de un Zapatero solo y desolado, aislado y abandonado por absolutamente todo el resto de jefes de gobierno y de Estado de la OTAN ha debido de resultar desesperante para el formidable aparato de agitación y propaganda de la Moncloa.
 
Pero así son las cosas y así las han fotografiado. Porque esa imagen vale por mil palabras que pudieran definir la posición de la España de Zapatero en la política internacional. Odiado por el imperio realmente existente, despreciado por el resto de Occidente, sólo tiene amigos entre los sátrapas meridionales, los teócratas orientales y los caudillos indigenistas de América.
 
Pero no nos engañemos. El problema no es del leonés, el problema es de los ciudadanos españoles, que le han renovado su confianza después de cuatro años de desgobierno nacional e internacional, y que ha dejado una España donde el terrorismo nacionalista ha vuelto a las instituciones, donde las taifas regionales han instaurado la desigualdad ciudadana a golpe de estatuto, donde la Justicia ya no es un cachondeo sino un escarnio, donde unas regiones mueren de sed mientras otras se inundan por la falta de un Plan Hidrológico Nacional.
 
Es esta "España de charanga y pandereta, chiquilicuatre y cía, devota de Zapatero y María, de espíritu burlón y de alma quieta" la que vota a Rodolfo Chikilicuatre como representante máximo de la canción española y a José Luis R. Zapatero como representante máximo del gobierno.
 
El diccionario de la Real Academia define chiquilicuatre como "Zascandil, mequetrefe"; zascandil como "Hombre despreciable, ligero y enredador" y mequetrefe como "Hombre entremetido, bullicioso y de poco provecho". Eso es lo que tenemos, eso es lo que somos: un país de chiquilicuatres.