Perdonen que cíclicamente me entren ganas irrefrenables de enviar un lance directo a un punto donde convergen las extremidades inferiores de quienes están empeñados en convertir nuestra libertad individual, privada, en un asunto colectivo. No soporto a los que se empeñan en determinar el rumbo de nuestro destino y en introducirse en nuestro ámbito subconsciente de pensamiento, o, lo que es similar: en establecer la lengua que hemos de hablar, las ideas que deben imperar, en convertir a nuestros hijos en un engranaje de sus proyectos particulares por mucho que los presenten como salvación del ethos comunitario.

Estos días he podido leer los rebuznos de quienes responden con falsos argumentos y frases hechas a los colectivos de ciudadanos que demandan algo tan sencillo como que se estudie en la lengua del país que aparece en nuestro documento nacional de identidad, o que exigen que se facilite el derecho primigenio, natural, de elegir la lengua en la que los padres quieran educar a sus hijos, o que, por razones del superior interés de esas criaturas a las que se somete a tortura, puedan aprender en su lengua materna, la lengua en la que sueñan, juegan, expresan sus emociones primarias; o en la que solicitan a sus progenitores la atención a sus necesidades primarias. He podido leer estupideces como eso de la “lengua propia” de tal o cual comunidad, como si las lenguas fueran de las lechugas o de las hectáreas y no de las personas, o esa de que el derecho de los ciudadanos a su lengua materna no está contemplada en las leyes. ¿Qué culpa tendremos los ciudadanos de que los legislativos sean unos chapuceros y se olviden de derechos básicos? O bien de que estén insuficientemente contemplados los mecanismos garantizadores de los derechos fundamentales.

Veamos lo que dice un informe de la OCDE en relación a la adquisición de los mecanismos de la lectoescritura en la infancia. El documento se llama PIRLS y es uno de los que se han publicado sobre la situación de los países evaluados en materia de capacidades instrumentales para el aprendizaje. Dice en la página 29:

“Lenguas habladas en casa. Debido a que el aprendizaje de la lectura depende en gran medida de la experiencia temprana de los niños con el lenguaje, la lengua o lenguas habladas en casa y la manera de utilizarlas son factores importantes en el desarrollo de la competencia lectora.
Los niños cuyo conocimiento de la lengua empleada en la enseñanza formal de la lectura se sitúa sustancialmente por debajo de lo que es de esperar en los niños de esa edad, con mucha probabilidad se encontrarán en desventaja desde un primer momento. Además, el empleo de lenguas o dialectos diferentes en casa y en la escuela puede causar problemas a los alumnos a la hora de aprender a leer.”

Es decir, para que se entienda bien dicha recomendación: el precepto emitido dice, como también establecen otros organismos internacionales, entre otros la ONU, que es absolutamente contraproducente introducir la lecto-escritura en una lengua que no es familiar para el niño, ajena a su lengua materna.

Cataluña, y suponemos que también el País Vasco y Galicia -aunque nos falten datos pues de forma persistente hay una pertinaz negativa a estudiar este fenómeno- muestra un fracaso mucho más abultado en aquellos grupos de alumnos que estudian en catalán sin ser ésta su lengua materna, en relación a los que estudian en esa lengua teniéndola como materna. Con ello se produce un efecto perverso que es que aquellos colectivos genuinamente autóctonos en cuanto se refiere a la lengua tienen un trato discriminatorio positivo y una situación de favor perjudicando gravemente a los que no tienen de origen la misma, con lo que se rompe el principio de igualdad y se estratifica a la sociedad en clases sociales cada vez más distantes en igualdad de oportunidades. Y eso lo hacen quienes alardean de ideología socialista o de izquierdas. Triste paradoja.

Empieza a ser hora de luchar por la libertad de hecho no sólo la de derecho. No sirven para nada las alambicadas declaraciones institucionales proclamando la libertad o un entramado jurídico ya anquilosado por su ineficacia e irrealismo si los ciudadanos no velamos por la defensa y conquista de nuestros propios ámbitos de libertad que sólo puede ser individual, pues las libertades colectivas pueden adolecer de carácter democrático si conculcan los fueros particulares en el ejercicio de su albedrío.

No se puede impedir la libre elección de la lengua en la que los padres quieran educar a sus hijos. Y el Estado debe garantizar el derecho a la educación de todos los ciudadanos miembros de la Nación a fin de que ese derecho no sea socavado bajo el pretexto de obligaciones imperativas de lenguas que no son las de los sujetos que aprenden o bajo intenciones obtusas que sobreponen proyectos políticos segregadores al derecho a desarrollar las plenas potencialidades de los niños como sujetos individuales.

Es hora de la insumisión ante planteamientos tiránicos.