En el maravilloso clásico de la Edad de Oro de la ciencia ficción “El día de los trífidos”, su autor, John Wyndhan, nos muestra un mundo súbitamente transformado. La inmensa mayoría de los terrestres han perdido la vista y están condenados a una más o menos lenta muerte. Los que han tenido la discutible fortuna de no perder el preciado sentido, sobreviven amenazados por una especie de plantas carnívoras de dudoso origen cuya singularidad más aterradora es la capacidad de desplazarse y lanzar letales dardos envenados. Más aún, a pesar de su apariencia irracional –carecen de órganos que puedan desempeñar funciones similares a las de nuestro cerebro-, parecen ser capaces de aprender y de desarrollar estrategias.

Quienes no han perdido la vista, sobreviven como pueden, con muchas dificultades y contrariamente a lo que hacen los trífidos, tardan en comprender los radicales cambios acaecidos en el mundo y se muestran incapaces de desarrollar una estrategia común. Así las cosas, los restos de la Humanidad se van disgregando hasta quedar reducidos a pequeñas tribus, pequeñas unidades de supervivencia. En el paroxismo de la incapacidad para la adaptación, un día aparecen unos exaltados con la pretensión de ser los representantes de Estado y de su Ejército. Rápidamente son barridos por los trífidos, que los superan en número de una manera apabullante, e capacidad estratégica, en capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias (los trífidos carecen del sentido de la vista) y, sobre todo, en determinación, absolutamente ciega -nunca mejor empleado el adjetivo- en el caso de las plantas carnívoras.

Al releer recientemente la novela, se me aparecieron innumerables paralelismos, circunstancias que me recordaron a la situación política española y que quiero compartir con ustedes.

Una vez conocido el resultado de las elecciones legislativas creí, como muchos, que había motivos fundados sino para el optimismo si, al menos, para no caer rendidos a la desesperación. Creí, en definitiva, que el resultado proporcionaba un claro mensaje: cierto que los partidarios del zapaterismo, dentro y fuera del PSOE, sumaban más votos que sus opositores pero que habiendo demostrado éstos una fuerza enorme y consolidada, el proceso de desmembración nacional, que es el mismo que el de la ilegítima demolición del Régimen Constitucional refrendado por la Nación en 1978, no podría seguir realizándose del modo tan descaradamente rupturista en que se ha venido realizando en la última legislatura.

Dicho de otro modo: en las primeras horas tras las elecciones, incluso el Gobierno pareció comprender que media España había puesto pie en pared afirmando con rotundidad que en esa dirección, ni un paso más. Es más, resulta bastante evidente si se repasan las valoraciones políticas de esas primeras horas, que el Gobierno se sintió bastante desconcertado ante el espectacular resultado de la oposición. En los 30 años de democracia, jamás una oposición había sido tan fuerte. Sin embargo, la oposición era, precisamente, la única que no se enteraba de la evidencia. El resultado fue que, inmediatamente, la fuerza del resultado electoral de la oposición se diluyó como un azucarillo en el océano, dilapidada irresponsablemente por un partido político incapaz de comprender el mensaje arrojado por las urnas: el zapaterismo no estaba autorizado a continuar con su ilegítima labor de destrucción constitucional.

El Gobierno, como los trífidos, se adaptó inmediatamente a las nuevas circunstancias. Sus componentes pueden no ser muy brillantes en términos intelectuales, pero en términos estratégicos se meriendan día tras día a la oposición. El zapaterismo comprendió inmediatamente el peligro del resultado electoral y tras unas horas de desconcierto comenzaron una labor metódica e implacable para desactivar los objetivos peligros que le acechaban.

Lejos de hacer lo mismo, la oposición dictó una impresionante lección de cómo desperdiciar 10,2 millones de votos en un par de días. España es muy diferente a la de 1978, los que no han perdido la vista lo han comprendió hace tiempo. Su voto al PP el 9 de Marzo del 2008 es el canto del cisne de una España que se ha perdido por el sumidero de la historia. Sin embargo, aquí aparece el señor Rajoy hablando como si fuesen unas elecciones cualquiera en un país normal en el que se dirimen pequeñas cuestiones de detalle en la gestión del presupuesto entre los liberal-conservadores y los socialdemócratas. Rajoy es ese personaje que aparece con la pretensión de representar a un Estado y un Ejército que ya no existen. 10,6 millones de españoles (sólo contando PP y UPD) afirmaron con toda su fuerza que se oponen a la desaparición de España y que quieren que se detenga el proceso de su deconstrucción, que se oponen a la disolución de sus derechos individuales en el ácido histórico de los nuevos reinos de taifas. Pero la respuesta de los beneficiarios de la mayoría de esos votos -que además podrían fácilmente esgrimir que con lo fundamental desus tesis también coínciden muchos millones de los que no le han votado- está siendo que hay que cambiar de caras y renovar el mensaje ¿De qué mensaje hablan?

Si nos hemos quedado ciegos y la Nación se disuelve llevándose con ella la legalidad constitucional vigente, la estrategia para oponerse a una transformación de semejante calado no puede ser “modernizar” el logo del partido o cambiar los colores corporativos. La ceguera se ha extendido al único partido nacional y de oposición que le quedaba al país. Y la consecuencia en los que conservan la vista será, más que previsiblemente, la resignación y la aceptación del nuevo statu quo, la “Cláusula Camps”, el discurso de la derrota que se va extendiendo como una mancha de aceite. Recarte, nada menos que editor de Libertad Digital- habla de adaptarse a las nuevas circunstancias, ya que –según él- el 60% del país aprueba la política de Rodríguez Zapatero, y lo afirma en la tertulia de “La Mañana de Cope”, justo unas horas ante de que la combativa Cristina López, en “La Tarde” de la misma cadena radiofónica, hace una alabanza de religión, afirmando que la vida política no es ni de lejos tan importante como ella. Como en “El día de los trífidos”, la tribu se impone sobre el proyecto colectivo, en este caso España. La derecha ex-nacional se prepara para seguir ahondando en el regionalismo filonacionalista ya esgrimido, incluso teóricamente, por todo un ex-ministro de la dictadura franquista como Manuel Fraga, en cuyo haber quedará ya para siempre haber creado las condiciones sociopolíticas necesarias para el desarrollo de lo antiespañol en una tierra como Galicia, tradicionalmente muy hostil a ello. De la Administración Única sobre la que él teorizó al partido único en fusión con los nacionalistas, hay un paso cada vez más factible.

Los trífidos han devorado la Nación y la libertad pero la derecha no ha establecido una nueva estrategia en la que se acepte como premisa fundamental la grave situación en la que nos encontramos. Todo lo contrario, han interiorizado diferentes virus inoculados desde el zapaterismo y desde las elecciones no han dejado de hablar de renovación de “caras y mensajes”, “ganar el centro” y otras simplezas por el estilo. Dan por sentado, al parecer, que intentando hacer más potable para las izquierdas su discurso ganarán nuevos votos y conservarán los que tienen. Así, Rajoy se nos presentará de nuevo como el mejor posible presidente de algo que ya no existe, después de haber conseguido que 10 millones muy largos de personas le votasen en el convencimiento de que, efectivamente, la España que hemos conocido está en trance de desaparecer.

Los trífidos se manejan mejor en las nuevas circunstancias, las mismas circunstancias que están empezando a corroer la posibilidad de un partido interclasista, liberalconservador y nacional. Pero la ceguera se impone. Primero arrasó a la izquierda y ahora ha comenzado con la derecha. Los nacionalistas antiespañoles tienen a España en jaque, si cae la última pieza de la defensa, el mate será inevitable.