El tenis es un deporte sutil, agresivo, pero donde las miserias personales, es decir, los cambios de humor, aparecen con demasiada frecuencia. En nuestra sociedad, utilizamos una expresión de alto valor: “tienes razón, debo cambiar el chip.”
 
Los aguerridos jugadores del tenis, además de trabajar la técnica, hasta pulir cada golpe, luego deben ser capaces de coordinarlo con dos elementos: la flexibilidad y la velocidad, para ser capaces de situarse ante una bola lánguida y rápida que les envía su adversario. Pero su dinámica les acerca a nuestro actuar cotidiano. Para ellos y nosotros, cada respuesta está influida por el autocontrol.
 
”Se me ha ido la cabeza”. Es un clásico grito entre estos jugadores. Como si la página de sucesos de nuestros telediarios no estuviera cubierta de seres disparatados y áulicos que han perdido el Norte. Sin ir más lejos, hoy, en el juicio de Gescartera, se ha condenado a siete años a su director general por haber estafado a 4.000 clientes de su entidad. Si Vd. me permite, podríamos citar miles de ejemplos, algunos más efímeros u otros más atrevidos.
 
También estos jugadores hablan -y mucho- del sentimiento de inseguridad o de cobardía. Para ellos, es un momento en que una sucesión de errores les coloca en indefensión frente al rival y se les agarrota el brazo. En nuestra sociedad, la repetición en los errores nos es imposible aceptarlos. ¡Es incómoda! Vemos cómo grandes ídolos caen por una decisión desacertada. Es definida por aquella frase de “lo políticamente correcto”. Un prestigioso director de un medio escrito, en una conversación privada, me decía: “en Internet, los comentarios no son censurados”, acto seguido intentaría rectificar su frase, ante la dificultad de ser mal interpretado, al afirmar que lo que intentaba trasmitir era que todos debían identificarse. Mi respuesta tal vez iba en la misma línea, al entender, igual que mi interlocutor, que la autocensura debe responder al respeto en el debate por la opinión contraria, no pudiendo suponer el anonimato una ventaja. A pesar que la red en su universal crecimiento absorberá hasta el ultimo rincón de Input conocido.
 
¿Hablamos de comportamientos cambiantes, efímeros, broncos? Sí. Pero cada vez más representativos de una suma de movimientos con el único fin de influir en los diversos apetitos humanos que se entrecruzan. Y esto genera una insoportable presión y angustia. “Vivimos la metáfora del desplazamiento, de la agilidad, de la inteligencia emocional. Me desplazo. Hago surf, skate. Soy hacker y, al moverme, hago saltar las barreras. Millones de emigrantes buscan nuevos hogares. Las películas de ciencia-ficción nos muestran individuos que se insertan en nuevas realidades. Navegar en internet o contactar con millones de web o blogs que cambian constantemente da una sensación de red más amplia que los vecinos de la calle o el bloque de pisos donde vivimos desde hace años. Los nuevos individuos están modulados bajo el prisma de la adaptabilidad” (1).
 
Los mitos televisivos lo demuestran. Nuestro más conocido médico, House, anida en su soledad dicha enfermedad. Nuestro más conocido mafioso –Tony Soprano- debe consultar su psicóloga particular, o una galería de esperpénticos personajes abundan en las páginas rosas contando sus inefables solicitudes de amor.
 
Hay que cambiar el chip… Es abusiva y repetitiva la invasión de lo gestual en nuestra sociedad. Conferimos al gesto y la imagen la capacidad de hablar por sí solos.
 
Pero el silencio y la textura de la conversación plácida aún resisten.