En las pasadas elecciones, nació un nuevo presidente: Mariano Rajoy. El fallido intento del PP de obtener una mayoría en el Parlamento que le permitiera gobernar España durante los próximos cuatro años no debe hacernos perder la perspectiva y llevarnos a pensar que los líderes, los candidatos, el programa y la campaña del Partido Popular ha sido errónea. De hecho, la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero se ha debido, sobre todo, a que a sus votantes tradicionales ha sumado los apoyos de los sectores nacionalistas e izquierdistas más radicales de la sociedad. En este sentido, el voto útil en el ámbito “progresista” ha funcionado perfectamente, otorgando al líder del PSOE una nueva mayoría relativa para seguir gobernando durante los próximos cuatros años. ¿Recuerdan la llamada de Joaquín Sabina, militante clásico de Izquierda Unida, a votar al PSOE, “para plantar cara a la derecha”?. Esta, junto con la estrategia del “miedo a la derecha extrema”, es la apelación que ha triunfado, pero esta táctica también sitúa a José Luis Rodríguez Zapatero ante el límite de su apoyo popular. El líder del PSOE nunca volverá a contar con tanta fidelidad por parte de sus seguidores, nunca volverá a tener una parte importante de la sociedad tan movilizada, nunca volverá a disfrutar del sostén de tantos extremistas como le han apoyado en estas elecciones y, desde luego, nunca volverá a disponer de tantas cosas a su favor. A partir de hoy, todo van ser dificultades para José Luis Rodríguez Zapatero: datos macroeconómicos negativos, problemas territoriales irresueltos, decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán, convocatoria de referéndum ilegal por parte del lehendakari Juan José Ibarretxe, retos educativos, encrespamiento de los problemas lingüísticos, etc.
Dicho esto, tenemos que tener en cuenta que el PP de Mariano Rajoy ha alcanzado unos excelentes resultados, especialmente si tenemos en cuenta el clima social de crispación, alarma y convulsión que el PSOE y sus adláteres habían conseguido levantar contra este partido antes de la jornada electoral. Como dato sumamente revelador de este ambiente, un ejemplo sumamente descriptivo: en el País Vasco, en esta tierra éticamente infecta, ideológicamente irracional y políticamente convulsa, se han oído durante los últimos días, y tras el asesinato por la mafia etarra del ex concejal socialista Isaías Carrasco, más gritos de “asesinos” y “fascistas” dirigidos a los líderes del PP que destinados a los miserables proetarras que, gracias a la política de José Luis Rodríguez Zapatero y a los apoyos de Izquierda Unida, gobiernan en Mondragón.
Que en este lodazal purulento, con prácticamente todos los medios de comunicación en contra y con la corrección política jugando a favor de la lenidad moral y de la vacuidad intelectual de alguien que dice llamarse ZP, el Partido Popular haya obtenido los resultados que ha obtenido es un éxito relativo, aunque, muy probablemente, si este partido hubiera moderado más su discurso en los temas sociales y religiosos, el resultado hubiera sido todavía mejor. Mariano Rajoy ha construido un discurso con el que se puede estar conforme o no, con el que se puede coincidir en parte o en su totalidad, pero que, sin lugar a dudas, es un programa sólido, cargado de valores, coherente, sereno y lleno de posibilidades.
Ciertamente, las elecciones generales de 2008 han dado un ganador, José Luis Rodríguez Zapatero, pero, además, y no menos importante, es que han confirmado que es Mariano Rajoy, y no otro, quien deberá estar a la altura de una nueva realidad política española en la que los socialistas, con su alma vendida a tantos demonios como pululan por este país, solamente podrán acercarse un poco más hacia el abismo. Excepto en el País Vasco.
Un PNV más radical
La victoria del PSE en el País Vasco ha sido aplastante. Los socialistas vascos no han triunfado solamente en la comunidad autónoma sino que, además, han conseguido ser la fuerza más votada en cada una de las tres provincias (Guipúzcoa, Vizcaya y Álava), en las tres capitales y en prácticamente todas las principales ciudades de la comunidad autónoma. Para conseguir estos resultados, la formación liderada por Patxi López ha tenido que acercarse tanto al imaginario nacionalista que, en ocasiones, resulta difícil discernir si los representantes vascos de José Luis Rodríguez Zapatero son socialistas o si, simplemente, son el nuevo rostro del nacionalismo autóctono. No es una exageración. Para conseguir desbancar al PNV de su trono en Euskadi, el PSE ha tenido que sentarse públicamente en una mesa de conversaciones con Arnaldo Otegi, ha tenido que insultar a las víctimas (tal y como en su momento Pilar Ruiz, madre de Joseba Pagazaurtundua, militante socialista asesinado por los etarras en 2003, recordó a Patxi López), ha tenido que mostrar sus dudas sobre la conveniencia de ilegalizar a ANV y, sobre todo, ha tenido que abandonar cualquier intento firme de defensa de los principios fundamentales de la Constitución. La mayor parte de los vascos no tolera ni perdona que en Euskadi se pronuncie en demasía la palabra España y, por ello, los socialistas han pasado a hablar con soltura del Estado español, han mostrado una profundo desinterés ante el hecho de que en las instituciones autonómicas jamás se coloque la enseña nacional y, por supuesto, no han mostrado ninguna postura concreta ante los continuos ataques que la enseñanza del español recibe desde el Ejecutivo autónomo. Así es como se triunfa en Euskadi, y así es como el PNV de Iñigo Urkullu se ha visto superado por los socialistas, incluso en un feudo tan inexpugnable para los hijos de Sabino Arana como es Bilbao.
Ante este “sorpasso” socialista, los nacionalistas están comenzando a realizar sus primeros análisis internos, pero quienes piensen que el PNV va a moderar su discurso por la dramática pérdida de votos padecida (más de 100.000) se equivocan radicalmente. La radicalidad del partido de Iñigo Urkullu no es algo coyuntural sino que es algo intrínseco a esta formación, a pesar de que en determinados periodos históricos esta apuesta por la irracionalidad patriótica pueda ser más moderada por las exigencias del momento. En este sentido, las primeras reflexiones internas realizas en el PNV revelan que este partido sigue considerándose como indispensable “para la pacificación” y para resolver el “conflicto vasco” (ellos sabrán - y la Justicia también tendría que saber- qué relaciones mantienen con los terroristas para tener tanta influencia sobre las decisiones de éstos) y, consecuentemente, los nacionalistas han afirmado sin ningún tipo de complejos que venderán “muy caro” su apoyo a José Luis Rodríguez Zapatero, aún cuando éste necesite más el soporte de CiU que el del PNV.
Hay que tener en cuenta algo fundamental. En estos momentos, Iñigo Urkullu es el máximo responsable del PNV, pero el lehendakari Ibarretxe, el fanático iluminado que guía a su pueblo a través del Nilo español y el integrista visionario que ha hecho sus propios planes sobre cómo debe ser el porvenir de un país que considera como su propio coto privado, es quien va a marcar el rumbo de este partido hasta las próximas elecciones autonómicas, que tendrán lugar, si no hay ningún adelanto electoral por medio, exactamente dentro de un año. Y Juan José Ibarretxe va a intentar aglutinar a todas las fuerzas ultranacionalistas vascas alrededor de su proyecto de referéndum para el próximo 25 de octubre, va a intentar movilizar a los sectores soberanistas más cerriles alrededor de su apuesta por el “derecho a decidir” y, sobre todo, va a tratar de compensar con el electorado más independentista la pérdida de apoyo de parte de los nacionalistas más moderados o puntuales, esos que en estas elecciones han dado su voto a José Luis Rodríguez Zapatero. A fin de cuentas, ya dijo en su día el ínclito Xabier Arzalluz que éstos nacionalistas suaves son, simplemente, los “michelines del partido”.
No debemos equivocarnos. La pregunta no es si el PNV se moderará mucho o poco tras su dramático fracaso electoral. La cuestión fundamental radica en averiguar hasta dónde llegará este partido para captar el apoyo de tanto patriota vasco intransigente, anatizado, exaltado, intolerante y extremista como hay en este país.


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