Las elecciones generales, celebradas el pasado domingo 9 de marzo de 2008, arrojaron un resultado inesperado: el que las encuestas predecían. Se produjo un extraño efecto, sintomático de las reacciones internas de un organismo que no funciona como debiera. Podría decirse que Rajoy completó una campaña excelente, que elaboró un plan con causas, efectos, objetivos y soluciones, y que lo explicó a los españoles por goteo. Podría decirse, también, que Rajoy se impuso a su rival circunflejo en la suma de los dos debates. La alternativa que proponía Rajoy era razonable y clara, y por ello aspiraba a recibir el apoyo de muchos votantes indecisos o desencantados, que se sumarían a una base electoral en la que por fin se endurece la argamasa que la une. Eso, precisamente, fue lo que le condujo a la derrota. Ya lo escribió Umbral: «Rajoy triunfa entre los leones, y Zapatero triunfa entre los catalanes». He ahí el síntoma. Los carteles electorales del PSOE eran alarmas urbanas como las que en Birmania anuncian la llegada del tifón alertando a la población. Las llamadas desesperadas a impedir que el PP “se salga con la suya” han sido oídas, y ejecutadas de buena gana. Ya no ha excusa: los ciudadanos españoles, aunque por apenas un 3% de los votos, han preferido el modelo de Zapatero.
Rajoy ha tenido un buen resultado, aunque eso no excluya el fracaso. Muchos repiten en estos días aquello de la ‘derrota dulce’, pero eso no sirve más que para calmar conciencias. La semana que viene se caerá el adjetivo, y quedará en ‘derrota’, a secas. Ya estamos inmersos en la segunda legislatura Zapatero, que no será sino una continuación de la anterior. En España las legislaturas duran como mínimo ocho años, y las elecciones intermedias sólo son una encuesta a gran escala. Rajoy ha caído presa de los titulares de El País y de los comentaristas de la SER. El PP es el foco de atención de la vida política. Se analiza cualquier comentario, y se recitan sus listas electorales. En el ‘rajoycentrismo’ —que no significa que sea centrista— las listas del PSOE se ignoran, y los elementos más radicales entre sus filas se aplauden. «No pueden ganar las elecciones con Acebes y Zaplana. Son unos radicales». «¿Y Bermejo, ’Maleni’, Chacón, Soria o Rubalcaba? ¿Y ‘Pepiño’, la mano izquierda de la ‘Zeta’? ¿Son acaso moderados?». «Hombre, ya se sabe, pero es que el Pepé…». Tras el triunfo del “que viene el lobo”, ya desde algunos medios se pide la cabeza barbada de Rajoy. Ha dejado al partido en una situación digna. Pero hay un motivo letal al que cualquiera puede agarrarse, frase con formato de debate televisado, con estructura de eslogan: «Cogió el partido con mayoría absoluta, y ya ha perdido dos veces».
Iba a poner por escrito lo que comentaba con mis amigos sobre la encrucijada de Rajoy, pero la realidad se adelantó señalando en la misma dirección. «En el Partido Popular debe haber unas elecciones para que lo dirija el más capacitado, el que defienda mejor sus principios, el que multiplique las fuerzas de sus dirigentes con una mejor cooperación, y el que tenga más posibilidades de gobernar para todos. Y Rajoy, podría presentarse como candidato». Lo que apoyo, conste, es una elección, no una obra de teatro. Es fundamental que se presenten varios candidatos. Todos aquellos que están en boca de la gente, y que dicen que son los más capacitados. No habría que tener miedo si se es mejor. No sería malo que las cuchillas dancen y que los puñales hagan correr sangre política en su justa medida. El que de ahí salga tendrá legitimidad para dirigir el partido sin ataduras, para rodearse de los mejores sin temor a empequeñecer bajo sus sombras, y después habría tiempo suficiente para que las heridas cicatricen, y se proyecte un futuro más libre y democrático para España.
Mientras tanto, muchos ciudadanos nadamos ya en la segunda legislatura Zapatero, braceando en busca de un islote al que agarrarnos. Esperando que esta segunda oportunidad para hacer algo sea la última. Todo puede pasar, pero visto lo visto intuyo que seguiremos siendo gobernados por el golpe de efecto, el titular pernicioso y la repetición extenuante del eslogan goebblesiano. Y al final de la función, como siempre, harán la señal de la ceja, sonrisa ‘zapateresca’ en ristre, y, entre aplausos y algazaras nos pasarán con puntualidad el cepillo del canon.

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