El pasado 15 de febrero, una trabajadora de la prisión de Palma se topó con una desagradable sorpresa al acudir al aseo de mujeres del recinto carcelario. Un recluso salía de los baños mientras se abrochaba la cremallera del pantalón. En el interior de los servicios se encontraba otro funcionario. Tras interrogar al interno, éste confesó. El empleado público le acababa de practicar una felación. Esta es, en esencia, la gran metáfora de la legislatura socialista: el Estado democrático puesto a los pies de los delincuentes o sometido a los designios de quienes se parecen mucho a los malhechores.

Por negociar políticamente con la banda terrorista ETA, entre otras cosas, el futuro territorial de España.

Por pactar con los nacionalistas más radicales el gobierno de múltiples instituciones.

Por no perder oportunidad para legitimar a los más extremistas e incendiarios de cada casa.

Por mantener a este país durante meses al albur de las decisiones de un puñado de criminales.

Por el hecho de que todos recordamos las explicaciones dadas en su momento por el ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, para explicar ante los ciudadanos cómo el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero había decidido liberar a un asesino en serie como Iñaki De Juana Chaos.

Por la querencia de la Administración socialista a templar gaitas, en aras de una presunta paz y concordia, con todo tipo de fundamentalistas, desde los fanáticos independentistas vascos al fanatismo islamista de Mahmoud Ahmadinejad.

Por el empeño de los socialistas en manipular la historia a su gusto arrogándose la autoridad de sentenciar, por encima de los afectos y de los espacios de encuentro construidos en la Transición, quiénes fueron los héroes y quienes fueron los villanos de nuestro pasado.

Por la extraña pericia de José Luis Rodríguez Zapatero para anular los hechos y convertir la realidad en una sucesión infinita de opiniones que, por supuesto, se encuentran en su totalidad absolutamente legitimadas, proporcionando, de este modo, tanta justicia ética a las víctimas como a los verdugos.

Por la extremada habilidad del Presidente para insultar a países democráticos como Estados Unidos y por su no menor destreza para aliarse con los líderes más facinerosos del orbe, como Hugo Chávez.

Por, en definitiva, manosear, frotar y restregar las instituciones del Estado democrático y las libertades de todos los ciudadanos españoles por la boca de todo tipo de fanáticos salvapatrias, iluminados independentistas, asesinos etarras, integristas múltiples y radicales de todo tipo.

Por todo esto, a la hora de votar, sería conveniente que todos tuviéramos en cuenta qué es lo que sucede cuando alguien que no cree en el Estado, y que tampoco confía en las instituciones, es elegido como Presidente de Gobierno: que la democracia termina como en la prisión de Palma.