El voto joven es un caladero donde los políticos echan las redes electorales en busca del escaño anhelado. A menudo se cae en la generalización de considerar a los jóvenes una especie de masa fácilmente manipulable, no interesada por la política y en cierta parte ignorante; intelectuales del botellón y de la música ‘house’. No siempre es falsa esa visión, conste, pero entre la ‘maleza’ juvenil hay muchas ideas frescas, pocos prejuicios y algún resplandor de brillantez. La radicalización y visceralidad suele constituir una herramienta política que sustituye al argumento, y no sólo para persuadir a los jóvenes, sino que se extiende con naturalidad entre la población. Los cebos que cuelgan de los anzuelos para jóvenes tienden a suprimir la reflexión, y llaman al voto sentimental y emotivo. Y hay que impedirlo de la manera más perjudicial para los demagogos: reflexionando. Ahí va la mía desde la honestidad, que es la subjetividad más sincera.

Ahora los jóvenes, al igual que todos los españoles, estamos ante la encrucijada de las urnas. La campaña electoral ha sido larga y cansada, porque ha durado cuatro años. Han sido muchas las cosas que han pasado en ese periodo, y de ahí deben tomarse elementos de juicio para la evaluación electoral que habrá de plasmarse el domingo sobre una papeleta. Pero no sólo de ahí, sino también hay que valorar los proyectos, los perfiles, y sobre todo las ideas y los principios que los guían.

Atendiendo a la ideología —me niego a enterrar las ideas, pese a los que ponen en ello su empeño—, me considero un liberal convencido. Eso dificulta mi apoyo al PSOE, así como a cualquier partido socialista, comunista o nacionalista. El PP es un conglomerado de liberales y conservadores con importantes rasgos socialdemócratas. La faceta liberal había permanecido ahogada hasta hace relativamente poco, pero ha resurgido en un paquete de medidas anunciado para afrontar la crisis que incluye una amplia reforma del IRPF, un descenso sustancial de impuesto de sociedades, la eliminación del impuesto de patrimonio, la eliminación del canon digital, así como de otras medidas destinadas a revitalizar la economía y a flexibilizar la relaciones comerciales. Es la sustitución de la subvención por la deducción fiscal, y de la forma menos arbitraria posible. Es decir, que llegue a todos por igual. No es casualidad que el PP haya sido el artífice del llamado “milagro económico”, mientras que el PSOE siempre ha dejado la economía y el paro en mal estado. No es un problema de gestión, como mucha gente piensa, sino de ideología.

Siempre digo que, partiendo al principio de la legislatura desde la distancia —en mi artículo “El ruedo ibérico”, escrito en época de la coronación de ZP cuando aún no podía ni votar, daba un voto de confianza al presidente que tomaba las riendas—, destacan dos puntos de inflexión. Si en el anuncio de la reforma fiscal del PP comencé a inclinar mi confianza hacia Rajoy, cuando Zapatero anunció que pretendía negociar con ETA y romper el Pacto Antiterrorista le retiré toda mi confianza. Como sabemos, ese error fue a peor, y acabó en un estrepitoso fracaso. Zapatero quiso ser el Gran Timonel de un proceso ingenuo. Es imposible que los terroristas, después de jugarse la libertad —a veces la vida— con sus actos asesinos, cedan porque sí, porque se lo piden con buenas formas, y vayan terminar de concejales en algún ayuntamiento perdido en el monte, sin poder alguno. Es desconocer el pensamiento totalitario: o todo, o nada. Nadie en su sano juicio negociaría con Al-Qaeda sus exigencias, por amplias que sean sus amenazas, o por devastadoras que sean sus ejecuciones. Sería legitimar la violencia como instrumento político, enterrando la democracia y la libertad. El punto de partida, la negociación, fue grave, pues volvía a encender la llama de la esperanza de los etarras, que estaba casi apagada. La esperanza de que alguien negocie lo que piden a cambio de dejar de matar es lo que les mueve, y ahora no sólo se ha resucitado, sino que no se desmiente que se vaya a volver a hacer. El Presidente nos ha mentido continuamente en ese tema para que su fracaso no quedara a la vista de todos, y, siendo él quien tiene nuestra soberanía en sus manos, quien nos representa, no debería dejar a nadie indiferente. La mentira de Estado es la negación de la esencia democrática.

A estos dos puntos de inflexión han acompañado muchos otros asuntos, formando altibajos en la tendencia marcada. No en vano, economía y terrorismo son las mayores preocupaciones de los españoles. Se ha alimentado a los nacionalistas alegando que así se calmarían, y se han radicalizado. Ahora hay dos referéndums de autodeterminación anunciados, una financiación autonómica descompensada, y un desequilibrio legal que apunta al confederalismo asimétrico. Son muchos otros los problemas que hay que abordar, y que no sólo tocan a la clase política, sino que también afectan a la libertad de los individuos.

El futuro presenta retos que deben abordarse cuanto antes. En algún artículo he propuesto la reforma de la Ley Electoral. Creo que sería bueno plantearlo, de forma que no conceda beneficios a los partidos que se aglutinan en un territorio concreto —nacionalismos y regionalismos—. Es la entrega de una ventaja a quien en lugar de ideas porta exigencias territoriales. No reniego del bipartidismo; algunos de los países que mejor funcionan son bipartidistas. Aún así soy más partidario del modelo inglés —dos grandes partidos y uno bisagra de corte liberal—, aunque también tiene sus contras. Sin embargo, nuestro modelo es el peor, hecho de tal manera que da la capacidad de elegir gobierno —que debería corresponder a la soberanía nacional— a partidos nacionalistas radicales. También debería abordarse una honda reforma en materia de separación de poderes. No sólo el judicial del “político”, sino que a su vez el político debe estar separado en ejecutivo y legislativo de forma estanca.

Muchos ciudadanos, y muchos jóvenes, cuando se encuentran ante las urnas, tienden a pensar en otro tipo de cuestiones. El liderazgo de la persona a elegir, por ejemplo. Yo considero que el representante político no debe ser un líder de masas, sino una persona responsable, predecible, trabajadora, preparada, culta y movida por principios. No debe actuar de una u otra forma según vaya a repercutir en las encuestas, o según convenga a sus intereses electorales. Debe ser consciente de que no es sino el representante de unas determinadas ideas y de unos proyectos que debe llevar a cabo. El carisma tal vez sea más atractivo, pero los líderes que mandan por el peso de su presencia son un sumidero de votos de sumisos, no de ciudadanos. Están bien para ser capitanes de fútbol americano, o para ser monarcas o dictadores revolucionarios, pero no representantes políticos.

En ese sentido, cuando alguien me dice que Rajoy, o cualquier otro, no es un líder, o que “no le cae bien”, se tiende a separar de la cuestión que hay de dilucidar. Conste que a mí el perfil de Rajoy me gusta, y me gusta más que muchos de su partido que otros parecen venerar. Me parece un parlamentario extraordinario —algunos dicen que uno de los mejores desde la Restauración—. Pero le doy mayor importancia a su compromiso contraído con sus votantes, a diferencia de Zapatero, que poco le ha importado hacer una cosa u otra según le iba interesando. Rajoy se ha batido en esta legislatura en debates plenarios contra siete, y ha sabido defender asuntos importantes en solitario. Las presiones que ha sufrido por todos los lados no le han hecho abandonar una causa en la que representaba mis ideas —y las de muchos otros—, por fácil que hubiera sido. Ha logrado algo que nunca nadie había conseguido en nuestra joven democracia: plantear un proyecto alternativo capaz de crear el apego suficiente para que un presidente pueda abandonar la Moncloa en su primera legislatura. También ha cometido errores, y ha representado valores e ideas que no comparto. Pero el balance, para mí, es positivo. Por eso el domingo le daré mi voto, y evaluaré lo que hace con él sin caer en el seguidismo y en el partidismo, manteniendo siempre viva la visión crítica.

Los proyectos y las ideas están sobre la mesa electoral. Tan solo me queda desear que los ciudadanos, y los jóvenes, se hagan las preguntas correspondientes con honestidad, despegándose de la española tradición del voto identitario, para hacer un balance antes de votar. ¿Qué proyecto deseo? ¿Quiero una legislatura como la anterior, o un cambio? ¿Quién estará más capacitado para afrontar la dura crisis que viene? ¿Quién será más fiel al voto recibido? ¿Quién me representará mejor? Si esta reflexión se produce con sinceridad se encenderán nuevos resplandores de brillantez en esa “maleza” joven y ciudadana, y surgirá —de eso estoy seguro— una sociedad más democrática y más libre, capaz de afrontar cualquier reto que traiga el futuro.