Tenía cerca de 10 años y me llevaron unos días de visita a Alta Gracia. En los años 60, esta villa serena y tranquila se distinguía por producir una bebida refrescante llamada Terma Cola. El fabricante tenía una antigua amistad con mi familia, tal vez desde allí surgiría este relato. La bebida era un jarabe edulcorado, dulce, de tono parecido a la Coca Cola que la diluían con agua o sifón.
La fórmula secreta se componía de extractos vegetales, que -según decían- los ríos serranos alimentaban con sus aguas dulces y curativas. Pero, como a buen turista, me llevaron a visitar un monumento construido en memoria de una piloto de avión, fallecida en los años 30. Su esposo, el Barón Biza, un acaudalado señor, lo hizo construir para recordarla. Desde aquel momento, quedé prisionero del influjo de ese extraño amor.
Debo decir que subir los 200 escalones y luego bajar hasta el sótano para ver dónde descansan los restos me produjo una impresión que definiría como la visión de una locura incierta e insegura, en la cual aparece el amor y la resistencia a admitir la pérdida.
Esta ciudad, además, fue el domicilio donde vivió unos años el Che Guevara y el famoso músico español Manuel de Falla. ¿Habrán ellos sentido lo mismo que este humilde servidor?
Sea de una manera u otra, el barón fue un millonario que nació en 1899 en la ciudad de Córdoba (Argentina). Este interesante personaje responde al arquetipo del millonario, que, en los años 30 –del siglo XX-, ya había visitado varios países. Su actividad le coloca en un arco desde la política, a la escritura o el simple juerguista. Era también un exponente del sueño argentino; de las vacas, el trigo y una oligarquía enriquecida por la cuota de mercado que obtenía el país en el reparto mundial. Su actividad se desarrolla en el período más blasfemo de la cultura elitista de aquella época, y la inmigración multicolor que el sueño de los europeos expresan por América. Ese momento se dará de bruces con la aparición del peronismo a finales del año 1945 y el comienzo de un nuevo imaginario ¿o nuevo dueño?: la dictadura democrática, al estilo del Chávez venezolano de nuestros días.
Dirá al respecto Ricardo Canaleti en el periódico Clarín que el Barón Biza(1) “en 1928 conoció en Venecia a Rosa Martha Rossi Hoffmann, una novel actriz austríaca (¿o suiza?) (2) que usaba el apodo de Myriam Stefford. En la basílica San Marcos se casaron en 1930, pero se radicaron en Córdoba.
La Stefford, en 1931, antes de terminar su curso de piloto de avión y dos días antes del primer aniversario de casados, se mató con su pequeño biplaza alemán bautizado Chingolo II, en San Juan. Fue sepultada en el camino que une Alta Gracia con la ciudad de Córdoba.
La tumba no pasa inadvertida, pues el Barón, en su memoria, hizo levantar un obelisco de granito y mármol de 82 metros de alto. Se dice que allí también están sepultadas todas las joyas de Myriam, hasta el famoso diamante Cruz del Sur de 45 quilates”. ¿Con ello surgirá el mito? Para algunos, estaría asociado a las joyas enterradas en la base del monumento. Pero nuestro Barón proseguirá su epopeya personal publicando varios libros que serán juzgados por ser demasiados audaces para la época. En uno de los que ha tenido acceso este autor, nos dice:
–“¿Es posible, Sergio, que usted hable así… que me niegue un mendrugo cuando su mesa está repleta… que me niegue usted que tanto tiene?
–Y bien –me respondió colérico– dices que yo soy rico… Es cierto, mi fortuna es inmensa, pero el hecho de que yo posea dinero no me obliga a llenar la boca de los hambrientos, ni a vestir a los desnudos… ¿Acaso la razón de tener impone la obligación de dar? Implora ayuda al clero, a los ensotanados… a los que piden para dar… y verás cómo ellos también te la niegan.
Nadie da nada por nada en la vida.”
Una singular descripción del egoísmo de la sociedad. Este autor prefiere recordar la fuerza mística que impone la escalera que nos transporta en esos 82 metros hasta dar con un ventanuco estrecho, desde donde divisamos una tierra ondulada y firme. Visión tan recia –la del altivo monumento- como el recuerdo de una de las primeras aviadoras de Sudamérica.
(1)
(2)Nota del autor
Imágenes de Myriam Stefford y el barón Biza
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