Dice Cebrián hoy, en El País, que en la actual campaña electoral se ha puesto de manifiesto la voluntad de los grandes partidos por agitar el voto del miedo: el miedo a la derecha; el miedo a que Z rompa España; el miedo a los nacionalismos; el miedo, en definitiva, a que gane las elecciones el adversario. En este sentido, señala el autor que los grandes partidos nacionales miran al electorado como una gran masa de trémulos votantes amedrentados por los grandes demonios que medran a su alrededor amenazando su plácida existencia con terribles males. Los grandes partidos políticos de ámbito español se postulan en ese escenario terrorífico como adalides del bien, supremos protectores de la indefensa humanidad que vienen a salvarla de sus demonios, ofreciendo refugio y abrigo al afligido.
Mucha gente está próxima a sucumbir a los cantos de sirena de los intoxicadores profesionales de esos partidos y empiezan a creerse la cantinela de que en el caso de ganar el adversario todo se habrá acabado y el mundo dejará de existir tal y como lo conocemos. Es comprensible que haya mucha gente que se sienta en peligro, desvalida ante los grandes horrores que dicen le amenazan por todas partes, y corra rauda a refugiarse en el castillo que le han construido a salvo de las saetas del cruel e infiel enemigo. También entiendo que haya calado en gran parte del electorado la falacia de que en caso de ganar un partido determinado se va a iniciar una purga masiva en la que a buen seguro será consagrado al anatema todo aquel que se haya alineado con el bando perdedor. Pero en todo caso, por encima de cualquier miedo atávico, todo es mentira, falso, un engañabobos, una engañifa para persuadir a personas susceptibles de serlo.
Frente al voto del miedo, inspirado por el terror ancestral al futuro incierto y provocado por intoxicadores profesionales a sueldo de la maquinaria electoral de los grandes partidos españoles, que apela a lo más profundo del cerebro reptiliano donde anidan los impulsos instintivos, animales, yo quiero instar a la ciudadanía a la reflexión racional, al voto de la esperanza. Votar con miedo supone entregar una confianza secuestrada, que no es sincera porque no se razona sino visceral porque surge del instinto de conservación. Votar con esperanza supone, en cambio, entregar la confianza porque se ha llegado a la conclusión razonada y razonable de que el proyecto político que solicita esa confianza responde a nuestras expectativas, y de que las personas que lo representan nos ofrecen un aceptable grado de honradez. El voto de la esperanza es un voto meditado, que ha buscado entre las diferentes opciones políticas aquella que da una razonable respuesta a nuestras necesidades y aspiraciones, frente al voto del miedo, que apela al terror, al instinto, a lo atávico, anacrónico y antediluviano.
Si me permiten la sugerencia, voten ustedes con la razón y no con el instinto, porque el ser humano se diferencia del resto de animales en su capacidad de reconocerse, en su racionalidad, en que es consciente de ser. Sean ustedes conscientes de ser, sean ustedes humanos, voten por un proyecto político que les convenza y no hagan caso de llamamientos desesperados que apelan al miedo y que les convierten en animales de rebaño. Y, si pueden, si les convence el proyecto, si les parece bien el programa político, si les gustan sus candidaturas y el 9 de marzo no tienen mejor cosa que hacer, voten ustedes a la coalición de izquierdas Bloc-Iniciativa-Verds con esperanza y no con miedo.

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