A pesar de que mis obligaciones particulares me impidieron ver el debate pugilístico entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, lo escuché en su totalidad manifiesta a través de la radio de mi automóvil.

El avezado televidente, o radioyente, se daría cuenta enseguida de que, tras la primera parte del debate, comenzaron a calentarse los ánimos del presidente y éste acudió a trucos bastante sucios para librarse de la aplastante avalancha de meteduras de pata –hasta el zancarrón, si me lo permiten- de que le acusaba el líder popular. Uno de estos ruines subterfugios fue el de explicar que el famoso Estatut de Cataluña incluye un apartado en el que dice que todo el mundo tiene derecho a recibir cuidados paliativos y a morir con dignidad. La acusación de Zapatero hacia Rajoy no era otra que la de haber votado en contra del Estatut y, por tanto, de lo antes descrito. Da la casualidad de que un servidor se leyó el documento de marras de cabo a rabo y, además de lo argumentado por el presidente, también dice que –hablo de memoria, no es textual- el catalán será utilizado como lengua vehicular en la enseñanza, los poderes públicos tendrán la obligación de extenderlo por Cataluña, España y el resto del mundo. No bromeo, sé que tiendo a la ironía pero en este caso es verídico, pueden ustedes comprobarlo. También habla de sancionar a los funcionarios que no utilicen dicha lengua y, por lo demás, parece un calco del Plan Ibarretxe. Convierte el derecho de todo Catalán a hablar en su lengua en una obligación suprimiendo de forma automática el componente democrático que tenía cuando era una opción libre para quien quisiera tomarla. Pero centrémonos en el debate, que del Estatut ya se habló largo y tendido en su momento.

Varios periodistas televisivos coincidieron en la gravedad de que a un presidente del Gobierno le acusen de mentiroso y éste responda con un sepulcral silencio. Así es, la imagen que dio fue abrumadoramente negativa. Al referirse a la economía quien se acercó más al electorado fue don Mariano que habló, con datos irrebatibles (se lo digo yo, que hago la compra diaria y semanal), sobre los precios del pan, la leche y la carne de ave, entre otras cosas. Zapatero, sin embargo, hizo referencia a términos que, a quienes no somos economistas, nos resultan extraños. Esta fue la tónica general del Presidente, faltó transparencia. Aludió además, de forma constante, al pasado cuando lo que nos interesa a los españoles es saber qué ha hecho por nuestro futuro. En el segundo tiempo del combate, con un ojo hinchado y sangrando de la nariz, el socialista Rodríguez comenzó a ponerse nervioso y a lanzar puñetazos al aire. Llamativo fue el momento en que repitió de forma pertinaz “yo no he agredido a las víctimas” hasta que el moderador tuvo que llamarle la atención y prorrogar el tiempo de la intervención de Rajoy. Si después hubiera explicado sus motivos, si hubiera enumerado las medidas tomadas en beneficio de quienes han sufrido el terrorismo en sus carnes, habría salido airoso de la previa acusación de Rajoy. No lo hizo, no podía, tales medidas son inexistentes y, en opinión de este sencillo juntaletras, el Gobierno Socialista ha agredido, humillado e insultado a las víctimas. Las demonizó, las acuso de “fascistas”, “sectarias” y otros adjetivos degradantes por oponerse, entre otros despropósitos, a que un asesino anduviera suelto, de compras por San Sebastián o a que ETA volviese a percibir subvenciones públicas a través de los ayuntamientos vascos, como ahora, repentinamente, han descubierto las autoridades y Garzón.

Volviendo al tema principal, y terminando, nos encontramos a un Zapatero que a medida que progresa el debate va perdiendo argumentos, compostura y honestidad. Por el contrario, su oponente mantiene una templada firmeza, claridad en sus exposiciones e inteligencia en sus respuestas. Para mí está muy claro quien sería mejor presidente. Lo más curioso de todo es que lo que acaban de leer no son las conclusiones de un afiliado al Partido Popular sino de un socialista. Nuestras ideas no deben cerrarnos los ojos.