Hace unos días trató de argumentarme un amigo su postura sobre el ‘caso Gallardón’ de una forma peregrina, pero sin embargo habitual y ampliamente aceptada. Aprovechó que tenía a mano una pizarra, y trazó un segmento. Sobre él, escribió PP a la derecha, y PSOE a la izquierda; bajo las siglas PP, situó una G —representando a Gallardón— en el centro del segmento, y una A —Aguirre— en su parte derecha. Tachó a Gallardón, y con eso trató de hacerme ver que el PP, no poniendo al alcalde en la lista del Congreso de los Diputados, “se escoraba a la derecha”.

Dejo a un lado el asunto de las listas, que, pese a que los tertulianos de turno decían que condenaba al PP a la oposición de por vida, ya está olvidado por la gente, y muestra de ello es el hecho de que los ‘populares’ pisan los talones al PSOE en las encuestas, y llevan la voz cantante en las propuestas. Pero me sirve para exponer una idea que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

Está muy asentado el hecho de simplificar las ideologías a términos geométricos: izquierda, derecha o centro. Pudo tener sentido en su momento, cuando la ruptura con el absolutismo se ramificaba en dos tendencias, y tomaron el nombre según la posición que ocupaban tradicionalmente en las Cortes. Sin embargo, no tiene sentido seguir utilizando antiguas denominaciones. Ahora se mantienen para encauzar los votos en las democracias. La izquierda y la derecha se han etiquetado con múltiples calificativos, pero nadie sabe definir ambos conceptos. Algunos creen zanjar el tema definiendo a la izquierda como lo ‘progresista’, mientras la derecha es ‘conservadora’. ¿Pero es la izquierda del BNG o de ERC progresista? Es de hecho, el nacionalismo, la ideología más conservadora que existe: se basa en la exigencia para regresar a antiguos derechos colectivos de los territorios —hayan existido en el pasado o no—. Por otro lado: ¿por qué Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia, o los Países Bajos, naciones típicamente —según dicen— de derechas, son las que más han progresado a lo largo de los últimos siglos?

La izquierda y la derecha son dos sacos donde se vierte todo lo que tengan dos partidos particulares, al menos en España, tratando de extenderlo así al terreno de la ideología. Es una estrategia interesada para agrupar la nebulosa que se quiere combatir, y asestar el golpe en lugar certero. Sirve para neutralizar a las personas que tratan de razonar las cuestiones políticas por ideas, y para crear fanáticos de los partidos al margen de las ideas. En España es una de las realidades, uno de los dramas, más constatables hoy en día. Hagan lo que hagan los partidos, aunque pongan en marcha un grupo terrorista como el GAL o ingresen sus ministros en prisión, o se constate que manejan la mentira para controlar la opinión de la ciudadanía, no se produce apenas movimiento en los electorados. Sirve a los que quieren tener razón sin esforzarse, a los que tienen que tirar de tópicos para zanjar un debate. Según eso, por lo visto, hay que creer en el Dios cristiano si apoyas bajadas de impuestos, hay que negar los efectos del cambio climático si estás por la flexibilización de los contratos, y hay que ser antiamericano si optas por las discriminaciones positivas —vaya una contradicción, por cierto— . Y esa clasificación artificial está siendo asumida por la gente. Sirve también para descalificar políticas sin tocar las ideas: «su propuesta es humo con tufo a xenofobia, que está en consonancia con el desplazamiento del PP a la derecha», que dijo Rubalcaba hace escasos días. Es decir, que la derecha es xenófoba por definición, y usted es de derechas; por tanto es indecente y hay que votar en su contra. En ningún caso se entra a debatir la propuesta en cuestión.

No creo en esa reducción geométrica de las ideas. Creo que hay múltiples ideologías, cada una con sus rasgos, y que entre ellas pueden tener unos aspectos en común y otros diferentes. Liberales, socialistas, anarquistas, comunistas, democristianos, conservadores, nacionalistas, fascistas, centristas, socialdemócratas se basan en distintas combinaciones de principios determinantes, o en distintos tratamientos prácticos de esos principios. Son, a su vez, ideologías que no se tienen por qué asumir en su totalidad, sino que se pueden tomar ideas de unas y de otras y elaborar nuevas combinaciones. La combinación entre el socialismo y el nacionalismo, por ejemplo, es una muy habitual, y de las más trágicas, si atendemos al partido nacionalsocialista de Alemania de la primera mitad del siglo XX.

Muchas veces esa reducción geométrica de las ideologías la asume la gente de buena fe, y después sucesos absolutamente lógicos se contemplan como si fueran contradictorios. Por ejemplo, en un pueblo de Málaga llamado Ardales, la alcaldía se sustenta por un pacto entre Izquierda Unida y Falange Auténtica. ¿Cómo puede ser, si un partido es de izquierdas y otro de derechas? ¿No son lo contrario? Algunos tratan de simplificar geométricamente afirmando que “los extremos se tocan”. Se tratan como si fueran extremos de cosas distintas, cuando en realidad son lo mismo, basados en los mismos principios. Si miramos los programas, y las líneas ideológicas, son partidos casi clónicos: ambos se apoyan en el intervencionismo en la vida privada de los ciudadanos, en la planificación central de la economía, y en considerar al colectivo un ente superior al individuo. Hay diferencias anecdóticas, sentimentales, pero no son sustanciales. A muchos sorprende el hecho de que el lema del partido Alianza Nacional —extrema derecha, afín, según socialistas, al Partido Popular—, sea “Nación. Raza. Socialismo”.

La caricatura es una efectiva arma política y electoral. Pero es necesario despertar ante esta “segmentización” de las ideas políticas. Los grandes partidos actuales no son sino conglomerados ideológicos diferenciados por matices. Eso lleva siempre a la contradicción. El pensamiento liberal está tan lejano al conservador, al centrista, o al democristiano como al socialdemócrata, y todos se reúnen, por ejemplo, en el Partido Popular. Luego se potencian las diferencias entre los partidos, o se encauzan los distintos movimientos dentro del mismo de una forma determinada, propia, que le dé sentido. Siempre se puede argumentar que lo que no recoge el PP, por seguir con el ejemplo, es el nacionalismo periférico, y ello sí que es un factor de acogida. Pero pese a ello las contradicciones no son evitables en esta situación. Un liberal que defienda el recorte de subvenciones a la cultura, y que para ello se cobija bajo el “aura liberal” de Esperanza Aguirre, se ve de pronto apoyando la millonaria subvención que ésta, recientemente, ha dado a Garci para producir una película sobre el Dos de Mayo.

Vivimos en un tiempo en el que lo razonable es ser “centrista”. El centrismo es un modo de supervivencia política, que actúa como si fuera una ideología, pero que se encuentra en constante cambio. No es más que tomar las dos opciones que se discuten y hacer la media aritmética. Pero esto se basa en dos errores. En primer lugar, suponer que la virtud esté en el término medio. Esto se puede aplicar para muchas cosas, pero no para otras. Entre la libertad y la opresión, lo bueno es la libertad, no el término medio; entre la salud y la enfermedad no está lo razonable. Como decía Asís Tímermans en este mismo diario, ente la comida y el veneno, se encuentra la comida envenenada. El otro error se asienta en que, al pretender ser el punto medio entre la izquierda y la derecha, da por hecho que éstas existen. Lo que hacen es una media entre las posturas de dos partidos que modifican constantemente sus posturas, el colmo de la influencia del entorno mediático en las ideas de una persona. Por ello se ven continuamente apoyando cosas distintas, dirigidos con determinación desde los llamados creadores de opinión.

Hay que dejar a un lado las posiciones sobre partidos —derecha, izquierda o centro—, y regresar a las ideas. Con ello se anularía una importantísima herramienta de manipulación. Cada individuo vive en una burbuja que todos tratan de hacer rodar, o de pinchar. De todas partes se trata de influir en la opinión de la gente. Es legítimo, y en ocasiones un deber, siempre que se respete la libertad del prójimo. Pero cada uno debe tratar, basándome en la teoría expuesta, de evitar reducir algo tan importante, tan básico como la política —el autogobierno de los ciudadanos libres, que es a lo que hay que aspirar en todo momento— a posiciones geométricas, a etiquetas, a pensar en “los nuestros”, y dar paso a las ideas, a las propuestas y a los proyectos. ¿En qué creo? ¿Quién puede representarme mejor? ¿Quién no me quitará mi capacidad de autogobierno para atribuirse mayor poder? Esas son las preguntas que hay que plantearse cuando las urnas se avecinan, y no dejar que los demás las respondan por uno mismo. Sinceramente creo que dejando a un lado tópicos y etiquetas, fanatismo y partidismo, y no dejando que los demás piensen por ti, avanzaremos hacia un sistema democrático menos servil, con el poder en los ciudadanos en lugar de en manos de los políticos, y seremos, por tanto personas más libres.