El miedo es una faceta que parecía imposible en el vocabulario de izquierdas. Si Vd. me permite, podemos convenir que este sector social había asumido hasta hace poco el rol de movilizar… las expectativas. Fue hasta Mayo del 68 en que todo marchaba bien; luego algo se torció. Deberíamos hacer un breve recorrido. Desde el distanciamiento de nuestra especie del tronco animal, varias ilusiones nos han precedido.
Primero, provenían del ámbito mágico, luego, desde el religioso. Aquello aparecía –y aún aparece- cual deidad que nos explicaba el origen del ser y nos ataba ante el frío sentimiento del ocaso. Nos costaba observar y reconocer la pérdida vital, y la inutilidad de nuestra existencia. Luego, desde el racionalismo, aparecerían respuestas que surgían desde Descartes. Este autor plantearía algo tan básico: ¿de dónde extrae la razón el conocimiento que contradice los sentidos? Esta pregunta precedería a la ideología del progreso, con su máscara de artilugios tecnológicos, atrayéndonos en un giro de sorpresas sin fin.
¡Pero, qué remolacha se niega a sentir un corte profundo y la respectiva caricia que le produce una gota de aceite!
Es así como el mito de Superman nos ha atrapado y el coste medioambiental o energético ya describe el final. La mágica piedra de color verde que causaba estragos en el gigante volador está cada vez más al acecho.
¿Será que estamos condenados a hablar de nuestro propio Apocalipsis?
Cada cierto tiempo, los profetas afean nuestra libertad. ¿No acabamos hace bien poco de escapar de la bruma de la izquierda? Aún retumba esa lata del Socialismo científico, de libertad del hombre, de crecimiento de las fuerzas productivas, de cambio en las relaciones de producción y un revolucionario o gradual camino al Paraíso. De aquellas ilusiones, que, ahora, aparecen trastocadas… en miedos. Cuando escuchamos el discurso de izquierda: que si viene la derecha. ¡Que hará trizas nuestra libertad! ¿A qué se refieren? ¿Al control por el Estado de la velocidad en la autopista?, ¿a una educación pública degradada y mediocre?, ¿a una sanidad de colas e hipocresía que surge del stress de sus profesionales?, ¿al verbo marchito e insípido de sus dirigentes?, que recitan: ¡ellos!, ¡ellos vendrán! O, unas universidades donde las aulas estan semi-vacías de las pocas ilusiones ante el sistema de cooptación de los amigos. O al derroche de infatuo discurso, que cree que la verdad es la propia porque ellos la elaboran.
¡Cuán histérica es la cigüeña cuando suelta su hosco graznido desde el campanario!
Pero no nos escandalicemos. El tiempo se mueve sin cesar dando cabriolas intensas en el pozo de la vida.
¿De qué hablamos, amigos? De la astucia de los dirigentes ante el miedo irreflexivo de las buenas gentes de izquierda. De tanto repetir que sus obras son reformas para la sociedad –desde el Estado por supuesto, han asumido que la maquinaria estatal y burocrática es neutral. Cuando, muy al contrario, es una próspera sociedad de señores que se defienden en la maraña de normativas ante el desabrido y normal ciudadano. ¿O apolítico?
Pero, en este último medio siglo, de tanto llamar a la revolución –la del 17, la del 36 y, así, sucesivamente. A la guerra –tantas e infinitas, promovidas por los líderes de hace unos años: Lenin, Mao o el Castro de Angola o el Chávez actual. O a la religiosidad –la alianza de las civilizaciones*, o a la independencia, creando un espacio multiestelar de pequeños estados –ver Kosovo.
De todo ello, hemos descubierto un nuevo don:
Es tan maquinal y fiera la astucia de los humanos para esquivar a los profetas del cambio, que, de tanto escucharles en la plaza virtual, el iris graba una misma musa de apatía y desden.
¡Y el rey del consumo anima sus almas!
*Si hablamos de civilizaciones, suponemos que aceptamos una división por valores.


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