Artículo publicado el 12 de noviembre de 2006

Una película que he visto recientemente y de la que todavía me estoy recuperando. Una obra maestra dirigida por Jim Jarmusch y protagonizada por el mágico Bill Murray. Para muchos, por las críticas leídas, un bodrio pretencioso, de escenas interminables, como la vida misma.

Un seductor maduro y exitoso en los negocios es abandonado por su joven pareja. Ese mismo día, recibe una carta de color rosa sin remitente de una mujer del pasado que le comunica que tiene un hijo y que éste ha iniciado un viaje para buscar a su padre. A partir de ese momento, el protagonista emprende una búsqueda de su hijo convertida en un regreso al pasado a través de las cinco mujeres que, cree, pueden ser la madre de ese muchacho de diecinueve años. El resultado no puede ser más demoledor. La crudeza del pasado en forma de cuatro rostros y una tumba.

Los últimos minutos de la película son especialmente duros porque en ellos se puede identificar cualquier persona. Todo lo que no se hizo en su momento y que ya es tarde para construir se nos escapa. Ahí es cuando pensé en España. La joven fue quien, en realidad, le dejó la carta y se inventó un hijo que no existe en un último intento por hacerle viajar al pasado y luchar por un presente de compromiso. Ese rostro del protagonista en los últimos instantes me hizo pensar en esta España que se nos muere y que ni tan siquiera es capaz de darse cuenta.

Mientras reflexionaba sobre la carga de profundidad de todos esos planos, silencios y miradas, me preguntaba si acaso la lucha de unos cuantos ciudadanos por saber la verdad del 11M no será como esa carta.