Aunque les parezca extraño, especialmente a los tres lectores –contando a mis padres- que me siguen habitualmente, hubo un tiempo en que voté al PSOE. Para concretar más, lo hice durante diez años. No soy, en el tiempo actual, acérrimo de ningún partido, no, no es mi voto para una formación concreta haga lo que haga.

Dejé de acudir a las urnas voluntarioso y febril papeleta del Partido Socialista en mano por varios motivos: en primer lugar me di cuenta de que ya no existen buenos y malos dentro de los demócratas, la política está hoy regida por un descomunal sistema económico y el que se mueva de ahí no sale en la foto. Por tanto, las diferencias entre políticas de izquierdas y derechas se han difuminado tanto que ya no se aprecian salvo en ciertos individuos que tienden al radicalismo. El empeoramiento más que considerable de la situación del país frente al terrorismo fue el punto determinante para que, finalmente, abandonase mi antigua fe, porque ser de izquierdas –tal como lo entiende la cúpula del PSOE- es lo más parecido a la religión que existe dentro de la política, al menos en lo que a la aceptación de dogmas se refiere. Esto último resulta especialmente válido si nos referimos a fechas recientes en que las posturas se han radicalizado, desde el Gobierno se ha conseguido crear “tensión”, enfrentando a dos bandos cuyas finalidades murieron hace setenta años pero, por desgracia, no su odio. Rencorosos como somos, sentimos furia y desprecio por lo que hicieron nuestros abuelos y Santiago Carrillo, claro. Encontré aquí un motivo más para no votar al partido del poder, la puñetera insistencia del mismo en no dejarnos escapar del pasado, en obligarnos a revivir aquello que ni siquiera presenciamos con el fin de proyectar la frustración de una nación apaleada por los cuatro costados, transformándola en inmerecida repulsa hacia la mitad de nuestros compatriotas. Ya no se trata de aversión hacia un partido sino también hacia quien simpatice con él y eso, queridos lectores, además de una cochinada, es un atentado contra la libertad del individuo para pensar lo que le de la gana, derecho constitucional donde los haya.

El Partido Socialista traicionó su propia ideología y, lo que es peor, hizo lo mismo con sus conciudadanos. Puedo perdonar los errores de un Gobierno cuando los motive la creencia en que la decisión X era lo mejor para el país pero nunca cuando son buscados, cometidos a sabiendas de sus consecuencias catastróficas, por el apego a la palestra.