Artículo publicado un lunes 11 de septiembre de 2006

En una entrevista a Arturo Pérez Reverte y Viggo Mortensen con motivo del estreno de Alatriste, se le pregunta al actor qué significa ser español, a lo que Mortensen contesta: “saber perder”. Esa reflexión, confieso, me dejó fascinado durante un tiempo. El danés estaba imbuido, probablemente, en la majestuosidad de una escena de la batalla de Rocroi, en la que el ejército francés le ofrece al Tercio una rendición llena de honores como reconocimiento a la nobleza en la lucha, a lo que Alatriste contesta con estas palabras: “agradecemos mucho el ofrecimiento pero éste es un tercio español.” A partir de esa entrevista, no he podido dejar de preguntarme si ser español, en vez de significar saber perder, podría equivaler algún día a saber ganar.

Confieso que, en estos momentos, no le veo futuro a España. No, al menos, a la España que conocemos. Tras unos años de optimismo, en los que España se alineó con los países del eje Atlántico y abandonó su absurda supeditación al eje franco-marroquí -lanzándose de lleno a la escena internacional sin complejos a ocupar el puesto que le corresponde-, el 14M nos devolvió, de la mano del Partido Socialista, a las épocas más oscuras; a una política de alineamiento con estados parias, dictaduras de distinto pelaje y al despropósito doméstico que todos conocemos. En definitiva, España no asumió su nuevo papel de ganadora y regresó al estatus de los últimos siglos: el de nación perdedora y acomplejada.

La reacción del 14M evidencia la huída hacia adelante frente a grandes responsabilidades históricas. El regreso al terruño tras ocho años de paseo por el mundo de la mano de José Maria Aznar. La sumisión ante el terrorismo. El miedo a luchar y, sobre todo, el miedo a vencer. Porque ganar significa administrar la victoria con humildad e implica un ejercicio de responsabilidad continuada que no permite una vida fácil y abocada a la candidez en la que ha caído buena parte de la población española.

Saber ganar, en cambio, significa volver a las raíces para compartir la victoria con quienes nos precedieron; esos millones de españoles a los que debemos nuestra existencia, parte de lo que somos. Y eso sólo es posible con conocimiento y con espíritu de trascendencia. Retomando el pasado, interesándonos por la historia, el legado, la cultura, la religión, los valores. Sin orgullos pueriles y desmesurados, pero conscientes de que hay semillas de sonrisas plantadas hace muchos siglos que esperan un cuidado para florecer.

El futuro de España no puede esperar más. España no tiene futuro porque le han borrado el pasado. Y, una vez borrado, han inventado otro que no existió para así acomplejar y postrar a los españoles. Sí, es cierto, muchos creemos que nuestra época es especial; que el espíritu de los tiempos que nos han tocado vivir ha llegado a un punto distinto a todo lo anterior. Seamos consecuentes, pues, con tal sentimiento, por equivocado que sea. ¿Cómo hacer que florezcan las semillas de sonrisas tantos siglos maltratadas en la oscuridad de la tierra? Con educación. Recuperemos la educación de nuestros hijos, de nuestros nietos, de los que aún no han nacido, y la nuestra propia, tan maltratada. Mostrémosles que no han venido al mundo sólo a cumplir un ciclo vital y a abstraerse de las preocupaciones. Ayudémosles y ayudémosnos a asumir que todos somos trascendentes, que hemos nacido aquí, en este momento, y que a todos nos corresponde cuidar las semillas de sonrisas. Hagamos de la escuela y del hogar dos santuarios para la educación, que no es otra cosa más que abono, agua y cuidados.

Abandonemos el placer por la derrota y lancémonos a la gran responsabilidad de la victoria. Victoria entendida, no como hybris, sino como el derecho a brotar y a florecer en paz. Es una gran responsabilidad. Entraña el abandono de la vida fácil, pero también suicida, en la que ha caído España.