En esta legislatura, la campaña electoral ha durado cuatro años. Los temas de enfrentamiento han ido variando con la volatilidad con la que ahora sube y baja la bolsa. Ya nadie se acuerda de qué era lo que nos atormentaba el primer año, o de si había vida antes del “Proceso de Paz”. Nos cegaron con la luz blanca de “Men In Black”, que borra la memoria, y la deja lista para ser reescrita. Pero los electores no cambian de equipo; igual que en el fútbol. Nadie ve el penalti en contra, en área propia, y los electorados no se mueven.
Pero el partido se acaba, estamos en el mes de descuento. Ahora los políticos hacen lo que saben, que es hablar lo mínimo para evitar errores, e intentar transmitir alguna idea suelta. El PSOE parte con la ventaja de que por mucho que sacuda al PP nadie le dice nada. Es más, si en lugar de proponer ideas, sacude fuerte, moviliza a su electorado. El PP, en cambio, hasta quedándose quieto se le acusa de juego sucio. Rajoy esconde a sus compañeros más polémicos, por miedo a El País. El PSOE, en cambio, mientras recuerda la “deriva a la derecha” de sus adversarios, saca a la palestra a Bermejo, que como todo el mundo sabe es un centrista. Gabilondo acorrala al barbado Mariano en una butaca roja con almohadón de pinchos, interrogatorio para faquires, y le dispara andanadas de capitales, por ver si hace el ridículo. Acierta, pero eso no es salir victorioso, sino vivo.
El PP ha hecho los deberes con el programa electoral, y toma la iniciativa en la campaña. Dispara al aire cartuchos electorales, propuestas dispares para todos los públicos. El electorado que vota por ideas en lugar de por partidos —que es poco— tiene que mirar hacia otro lado. El PSOE se ha dejado la asignatura por recomendación de su comité de sabios. Su campaña consistirá en cercar a la oposición, criticar sus propuestas por “racistas” o “machistas”, y proponer versiones edulcoradas de lo mismo.
Rajoy ha propuesto estos últimos días algunas propuestas que dosifica con cuentagotas. El “contrato de inmigración”, por ejemplo, un compromiso al estilo europeo. Me alegra por haber abierto el tema, que sólo se oía en los pasillos de la universidad y en los bares. La inmigración es lo único que puede salvar a una economía envejecida, y a un sistema de pensiones avocado al colapso. Los políticos tienen miedo al asunto por lo fácil que es de criticar. Pero Mariano ha metido la mano en la cesta de las serpientes. Un “tufillo a xenofobia” —como dijo acto seguido Rubalcaba—, que quiere decir que no es xenófobo —pues es lo mismo que ellos defienden—, pero la propuesta no debe quedar impune. El “contrato” es una colección de perogrulladas, pero eso está a la orden del día. El inmigrante debe cumplir la ley, para alivio de todos. Pero igualmente el PSOE ha puesto en marcha un paquete de medidas destinadas a que un marido no debe matar a su esposa, y aún así hay alguno que no hace caso. También lo ponía en la ley, pero eso no ponía medallas.
Integrarse es cumplir la ley; las personas no integradas son las que no la cumplen. Muchos no están integrados, pues la costumbre es fuente de legislación, y hay lugares en los que las costumbres —las leyes, por tanto— son distintas. A veces opuestas. También hay españoles que no se han integrado en su propio país, lo que puede ser considerado una costumbre que los de fuera deben firmar. Evito como puedo apoyar una “normalización” de la cultura, una homogeneización de las costumbres. Los países más totalitarios —la mayoría, islámicos— tienden a eso, y creo una obligación intentar parecerme lo menos posible a ellos. Ponerse a su altura es, de todos modos, la opinión de muchos. El multiculturalismo también tiene sus problemas, como se pone de manifiesto ahora en el Reino Unido. Confieso que me he quedado atrapado entre las dos posturas, a la espera de nuevas noticias, o de envejecer un poco.
Si hay tantos liberalismos como liberales, el mío es un liberalismo solitario. Debo ser el típico elemento que hay que mirar con inquietud entomológica, pues un liberal preocupado por el medioambiente —redundancia en una misma palabra, por cierto, proveniente de las distintas acepciones del diccionario: «medio, ambiente»— no es lo abundante. Y lo entiendo, porque el problema es peliagudo. El ecologismo es la nueva excusa de la redistribución de la renta, el aumento de la presión fiscal, y el intervencionismo feroz, retomada por quienes apoyaron lo que había al otro lado del Muro de Berlín, y nunca admitirán que no hizo demasiado bien al obrero. Pero —hoy, puestos a llevarse collejas, que sean más de una— el problema está ahí, y para un liberal es como meter la cabeza en la guillotina. Pensé que Mariano Rajoy daría alguna propuesta razonable, pero se quedó en el resultado: un 20% de la energía proveniente de fuentes renovables, una reducción de la emisión de los gases de efecto invernadero en una buena cuantía, etc. Ni una mención a lo importante, que es cómo pretende conseguirlo, si nos quitará más dinero para lograr esos resultados, o si meterá la mano en el ejercicio de los mercados.
Va a plantar, eso sí, quinientos millones de árboles, más de diez por habitante. Los árboles se queman en verano, y se replantan en las campañas electorales. La ardilla que recorría la península de copa en copa puede volver a sonreír. Mariano quiere volver a hacer de España un lugar a la sombra, donde tumbarse después de comer. Es algo que los inmigrantes deberán firmar, si quieren integrarse. Para que luego digan que Rajoy se va por las ramas a la hora de disparar sus cartuchos electorales.


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