Acción y contemplación Ampliación del discurso liberal
La lectura de los textos liberales del siglo XX (y mucho mas de los anarcocapitalistas actuales) deja una extraña sensación de “retórica de la Guerra Fría”, que al menos en el continente europeo resulta no solo anacrónica, sino obviamente contraproducente.
Lo que caracterizo el siglo XX fue que las fuerzas irracionalistas, asociadas en el pasado a las mitologías religiosas y a los corporativismos gremiales y tribales, se transformaron en adoración de la colectividad encarnada en el Estado.
Pero en términos históricos, el Estado como estructura política centralizada e intervencionista es de aparición reciente.
Si uno mira hacia atrás en el tiempo, e incluso si dejamos que nuestro ojo se pose en ese continente de la desolación que es Africa, no encontramos Estados poderosos, ideológicos e intervencionistas, sino mas bien una anarquía general en medio de la cual prevalecen colectivismos tribales y descentralizados, que no obstante son aun mas infernalmente eficientes a la hora de reprimir la libertad y la iniciativa del individuo.
Cuando el liberal piensa en represión, una imaginación traumatizada por la experiencia del s.XX europeo, genera una imagen convencional de comisario político vestido con gabardina de cuero. Y aunque esta es una de las caras del colectivismo, no es en términos históricos la más corriente: a nuestro comisario soviético y a nuestro oficial de las SS debemos sumar los jefes mafiosos de Colombia y Sicilia, el chaman polígamo y esclavista de una tribu del Congo, y por supuesto la estrella del s.XXI: el ulema sunnita de Arabia Saudi o de los suburbios de Paris.
Superar la confusión entre colectivismo y estatismo es la primera condición de modernización del discurso liberal. Una y otra vez, fascinados por la belleza abstracta de la moral individualista, los liberales olvidan que la coacción es la primera industria del mundo (y que es mayor aún en los Estados fallidos, donde se manifiesta en forma de caos feudal, que en los socialismos, donde se manifiesta como lobbismo y corrupción) y además la violencia es una forma de relación cotidiana entre seres humanos (no olvidar el tratamiento que reciben las mujeres por ejemplo de los islamistas).
Cuando uno observa el mar de violencia extra-estatal, la definición del Estado como “monopolista de la violencia” resulta una jactancia ingenua, que no obstante muchos liberales han aceptado como piedra angular de su ideología. Y dando un paso mas allá han creído que desaparecido el monopolista de la violencia…desparecería la violencia misma (¡!)…
No voy a entrar ahora, aunque lo haré en otro momento, en la lógica del “income seeking” y de la extorsión, solo quiero señalar que una recta interpretación del término liberal debería estar basada en la “minimización de la coacción”, no en la “minimización del Estado”, que no es la única, ni la más aguda de sus formas.
En el momento actual la retórica ingenua del liberalismo, con su insistencia en la libre circulación de individuos, en la libertad educativa y en la limitación del aparato de seguridad de los Estados, no tiene porque “minimizar la coacción”, sino debilitar una estructura de poder abstracta y políticamente controlada por una coacción orgánica, aun más perniciosa y eficaz.
Por ejemplo…¿De veras la ecolarización doméstica islámica es algo a defender? ¿Es razonable dejar a un niño sufrir un género de educación que no solo esta basada en mentiras factuales, sino que conduce inevitablemente a la violencia? ¿Nos podemos permitir ignorar las externalidades violentas que algunas doctrinas producen? Porque aún considerando que una educación basada en el aislamiento intelectual y el desprecio religioso como algo moralmente aceptable (¡!), no se puede negar que genera un entorno de violencia. ¿Es razonable la acción preventiva o debemos dejar que los problemas se hagan irresolubles antes de atacarlos?
No hace mucho, hacia referencia a los neocon americanos, y lo hacia con admiración por su pragmatismo y porque habían intentado cuadrar el circulo de sumar moral individualista y realismo político. Otros, más bien, se guían por la vieja regla de nunca permitir que un feo experimento estropee una bonita teoría.
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